Gabo y yo

 

Tuve idea de quién era García Márquez justo en vísperas de que la Academia Sueca le entregara el famosísimo galardón. Alcanzaba yo el uso de razón y me inauguraba en la vida escolar -a los 7 años, en 1981: haga la lectora curiosa la cuenta de mi jesucrística edad- cuando, hojeando los libros de mis hermanos mayores, descubrí que en uno de ellos se contaba, a razón de dos párrafos por unidad, la historia de un náufrago que había tenido que comerse los zapatos. Por supuesto, importaba poco quién hubiera escrito la historia: lo interesante era lo vivido por el desdichado, que hasta -me parece- tuvo que beberse la sangre cruda de un pajarraco. Mucho tiempo después entendí que apenas se trataba del marginal reportaje de un autor de voluminosas novelas, e incluso cuando, por alguna circunstancia, me veo forzado a enumerar los libros de Gabo, olvido o recuerdo en último lugar a “Relato de un náufrago”.

No sé las razones, pero lo cierto es que en mi casa campeaba un conocimiento periférico de la obra del célebre costeño: no se hablaba de obras monumentales como “Cien años de soledad” o “El otoño del patriarca”, pues todos reducían su conocimiento y erudición a alguna lectura apresurada de “El coronel no tiene quien le escriba”. Alguna vez ése fue el tema de conversación en la mesa, y el balance fue implacable: mi madre se quejó de las cartas que nunca llegaron mientras mi hermana, asqueada, se mostró dispuesta a no renunciar a la impresión de que se trataba de un “libro maluco”. Mi hermano remató la conversación describiendo el modo grosero como Gabo había atendido una entrevista de aeropuerto: “Ese cucho es muy vinagre”.

Los primeros años después del Nobel no significaron para mí ninguna revelación: todo seguía siendo gris, pues los muchos ejemplares de “Crónica de una muerte anunciada” que había en el colegio eran usurpados por los haraganes y los frívolos, fascinados con la carátula, que dejaba ver un cadáver bajo una sábana. Yo, entonces, lejos de Macondo, me entretenía con Eduardo Caballero Calderón. Hasta los 15 años aplacé el rito iniciático de abrir ociosamente “Cien años de soledad” y, creyendo que apenas estaba matando el tiempo, recitar aquel conjuro mágico que me obligó a estarme, por varias semanas, tirado en cualquier parte y leyendo como un poseído: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”. Hasta mis hermanos, en los tiempos de su beata soltería, terminaron consumidos en esas páginas, por completo olvidados de los fantasmas de su infancia.

Hace poco, algunos jóvenes escritores colombianos -en su mayoría gente del jet set- dijeron que García Márquez había cometido el error de escribir libros cuando ya no tenía nada qué decir. Olvidan estas divas que solo las ocurrencias del costeño han hecho visible la comarca colombiana en el confuso mapa literario mundial, y que sus letras seniles resuenan más que las anécdotas de cóctel narradas por los neófitos. Convencido de eso, esta misma semana me meteré en la cama con algunas putas tristes.

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