Fiesta del libro sin libros

  Por: Juan Carlos Orrego  
 
Por más que escribir columnas sea oficio para quisquillosos, hay cosas de las que difícilmente se puede hablar mal. Puesto en la tarea de encontrar uno de esos rosáceos asuntos di con la idea de zurcir algunos párrafos sobre la última Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Van, pues, unas líneas optimistas como terapia para el hígado, a las que en todo caso sumo un párrafo escéptico con la idea de balancear el azúcar del plato servido.
Poco importa que nuestra feria libresca no tenga la dimensión del gigantesco carnaval bogotano de Corferias: la frescura del Jardín Botánico, con sus senderos ocultos y sus estanques de ranas, compensa con creces lo que es un simple problema de escala. Tengo para mí que el ambiente de aquel pulmón verde del barrio Brasilia hace posible lo que no ocurre en la sede de ninguna otra feria: que uno se sienta tentado a buscar el cobijo de alguna sombra y una cama de flores de guayacán para echarse a leer lo que, como pan caliente, acaba de comprar. El prodigio no es menor: los feriantes profesionales sabrán que, paradójicamente, lo que menos le pasa a uno por la cabeza después de estarse todo el día entre tenderetes de libros es sentarse a leer. Pero allí es pecaminoso resistirse.
No menos atractivo que el escenario es el decorado circense de la feria, sembrada de carpas, tiendas con cojines árabes y barcos tripulados por piratas eruditos, y recorrida por gigantones con zancos, payasos estafadores y —según vi— una que otra mujer barbuda. Todo eso neutraliza la atmósfera gris producida por las pipas de los sabios, siempre circunspectos y con la mano derecha prendida a su hirsuto mentón de chivo. No podría ser de otra manera, pues, si los adultos van a la feria inevitablemente ganados por sus incurables manías y obsesiones, nuestros niños precisan aún de un señuelo jugoso que los arrastre a la gran trampa de la lectura. Desde ya me ilusiono pensando que, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, mi hijo recordará aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer los libros.
Donde hay libros hay milagros y fantasía. No de otra manera puede interpretarse el hecho de que en aquel jardín de las delicias corra, caudaloso, un fresco río de cerveza. La cartilla mojigata del gobierno citadino —la misma que proscribió la cerveza del estadio (como si se tratara de una catedral) y la interrupción de embarazos no deseados de la Clínica de la Mujer (como si se tratara de una basílica)— no ha dictado allí sus amarguras, y por eso es posible que, en aquel rincón en que habíamos decidido sentarnos a hojear el libro nuevo, pueda florecer un vaso espumante. Sin embargo, no se descarta que, para la próxima edición de la feria, algún editorial de El Colombiano clame a gritos por el fin de la recompensa que merece todo héroe literario.
Quién iba a creerlo, pero la mosca en la leche son los libros. Su abundancia atosiga y desanima, pues el genuino placer de la lectura tiene que ver más con búsquedas imposibles que no con la facilidad de un mercado abierto. Para colmo, a ello se suma la hipocresía comercial con que son ofrecidos los volúmenes, vestidos con la piel de oveja de las “promociones” pero, realmente, hechos con carne de precios lobunos. Editorialistas y libreros han elevado las páginas al altar del esnobismo y, consecuentemente, piden por ellas sumas que no pueden pagar la mayoría de los bolsillos. Por la misma razón, tampoco se esfuerzan en ofrecer cosas singulares, y de ahí que las ferias sean apenas un resumen de las vitrinas que pueden verse desde cualquier bus. Por eso no demoro más la sugerencia: que el próximo año nos dejen apenas con los árboles, los payasos y la cerveza. Después del espectáculo ya iremos, con toda calma, a la biblioteca.
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