Ethel, Pink, Wright

  Por: Jose Gabriel Baena  
 
El septiembre que pasó fue para mí especialmente el prototipo del “fatídico septiembre negro” que entronizaron los temibles fanáticos palestinos en los años setentas: el 13 se fue Miguel, el 15 el pianista de Pink Floyd: Richard Wright, y el 22 Ethel Gilmour. Curiosamente, el apellido del ex guitarrista de Pink es Gilmour…
Ethel era una presencia etérea en el arte de Antioquia, la mayor presencia del arte nuestro, pésele a quien le pese. Y hablo de los artistas de los cinco sexos y de la Cuarta Edad. Ella había adoptado a Colombia como su primera patria espiritual desde 1971, cuando llegó en compañía de su esposo, su alter-ego pictórico Jorge Uribe. Eran uno, “un matrimonio Made in Heaven”. Empecé a conocer a Ethel muy bien cuando en 1997 un grupo de ilusos, acolitados por el entonces rector de Eafit Juan Felipe Gaviria, iniciamos la colección “El Arte en Antioquia Ayer y Hoy”, libros en gran formato, de la cual alcanzamos a editar 10 volúmenes. El libro sobre Ethel, con la autoría académica y enamorada de Imelda Ramírez, se llamó “Visita” y consistía precisamente en eso: un recorrido circular y minucioso, un “scanning” o escudriñamiento al apartamento de la artista en pleno parque de Bolívar, donde vivió tantos años. La casa de Ethel es la casa más bella de un artista en el mundo, y eso que he visto bastantes. El libro se detiene con paciencia en todos los detalles, desde el mural luego del ascensor, la Sala Azul, el Pasillo Amarillo, el Taller 1, el Taller en la nueva casa, Mi Baño de Flores Rosadas, el Dormitorio, el Pasillo Rojo, El Cuarto del Papa, La Cocina: infortunadamente en una cocina hay que cocinar, y la vuelta a la Sala, llena de objetos tiernos, muy femeninos, los conejitos, las ovejitas, el Niño Jesús con sus pastores y Reyes Magos: Ethel, ángel y pastora ella misma, vivía todo el año en ese Pesebre por donde se paseaba en pura levitación, atada a la tierra por las mismas levísimas cadenas de sustancia mística que ataban a Santa Teresa la Española en cuyo día escribo este capítulo, 15 de octubre. Uno abrazaba a Ethel y era como abrazar el aire, un aire de frágil cristal de oro y luz de vitrales Rousseau. Ella me regaló una de sus pinturas, donde aparecen simplemente sus zapatillas de estar en casa, negras, de fieltro, con florecitas rojas: sus zapatitas de cuento, de andar por entre el musgo de su pesebre, coronada de estrellas, Maga Mayor entre las susurrantes sibilas de Dios, de cuyo Hijo y su Madre pintaba sus Misterios. La carátula de su libro era toda Rosado confite insolente y provocador, todo Pink Gilmour, el “rosado Ethel” que se cuela a cada rato en mis pinturas de principiante e ilumina con fósforo lisérgico de mar de fondo mi “bibliotequila”, bendita sea. Y ahora vamos a la parte maldita:
Pues de Pink, Pink Floyd, era el potente y alquímico pianista Richard Wright, sobre quien no diré nada sino que, siguiendo el estilo de esta novela, transcribiré apartes de su mejor canción, “Wearing the inside out”, más o menos tradujible por “usando tu vida interior por fuera”, perfecto autoanálisis de un desbarajuste emocional esquizofrénico (dos o tres o más personas en una misma, como el célebre Espíritu Santo, quien merecería un tratamiento urgente) y la vuelta a las fuentes: La Unidad en la Nada (en prosa):
“Desde la mañana hasta el anochecer yo me mantenía fuera de vista, no reconocía aquello en que me había convertido; más que estar vivo escasamente sobrevivía, en una palabra estaba… requetecorrido. No se oía un sonido de mi boca. He pasado demasiado tiempo con mi vida interior por fuera, mi piel está fría al contacto humano, este corazón ensangrentado no está latiendo mucho… Murmuré un voto de silencio y ahora ni siquiera me oigo cuando pienso en voz alta, extinguido por la luz me vuelvo hacia la noche y uso su oscuridad con una sonrisa vacía. Y con estas palabras puedo ver claro a través de las nubes que me cubrían: démosle tiempo, luego pronuncia mi nombre: ahora puedo “oírnos” otra vez. -Él está enroscado en un rincón, pero todavía la pantalla flamea con una interminable corriente de basura para maldecir el placer. Y en un mar de azarosas imágenes el animal auto-destructor espera el romper de las llamas, de las olas”.

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