Esto piensan de su barrio

Varios personajes que vivieron o aún viven en algunos de los barrios de la comuna 11 hablan de sus recuerdos y de la transformación de la zona

Darío Valencia
“Después de vivir unos diez años en el barrio Prado, mi familia se trasladó en 1973 a Laureles. Antes, habíamos adquirido en la Cooperativa de Habitaciones un lote cercano a donde hoy se encuentra el almacén Éxito. En ese lote se construyó una casa que pudiera acomodar una familia numerosa, como era lo normal en la época, y allí vivimos un total de 20 años. Se sabía que los suelos no eran nada favorables para una construcción, de modo que fue necesario utilizar pilotes de cierta profundidad para la fundación de la casa.
El principal recuerdo está asociado a la tranquilidad del vecindario, con una mínima circulación de vehículos y prácticamente sin locales comerciales. También vuelven a la memoria las imágenes de un barrio de espaciosas avenidas, parques y bellos árboles, lo cual invitaba a las salidas a pie o en bicicleta. Y quienes estábamos acostumbrados al diseño rectangular de calles y carreras, tuvimos la sorpresa de encontrarnos un trazado radial que nos obligaba a emplear una nueva nomenclatura con circulares y diagonales.
Volver al barrio de la juventud produce una mezcla de nostalgia y tristeza. Muchas de las bellas casas que propiciaban relaciones de vecindad y animaban el espíritu comunitario han desaparecido para dar paso a edificios de vida más impersonal. Los negocios comerciales compiten cada vez más con las viviendas y la circulación de vehículos es ya muy intensa. Como ha ocurrido por lo general en la ciudad, el concepto de barrio ha venido despareciendo, sustituido por un urbanismo que favorece el transporte particular y la mayor renta de la tierra”.



Darío Ruiz

“Hace 30 años vivo por aquí. Primero en Carlos E. Restrepo, como uno de los pioneros que fuimos capaces de crear ese barrio, consolidarlo, darle un espíritu, defenderlo frente a los atropellos que siempre está tratando de hacer la municipalidad, y luego, desde hace ocho años, vivo en Suramericana.

Esta sigue siendo un área de la ciudad muy consolidada, ha construido una malla urbana de vecinos extraordinaria pero que, como siempre, está en peligro de ser asaltada por los constructores de nuevo cuño, aquellos que no respetan la escala de las manzanas, de las edificaciones y quieren densificar sin ningún escrúpulo. Creo que la municipalidad debe volver los ojos sobre la ciudad construida, descuidada y olvidada en ese afán de estar haciendo cosas nuevas.

Suramericana es el conjunto de arquitectura y el planteamiento urbanístico más importante en la historia de esta ciudad. Tiene una poética impresionante en sus jardines, en la convivencia de sus ciudadanos, en su equipamiento de mercados, farmacias, lugares que con El Estadio forman un conjunto de funciones extraordinarias. En la relación de estos dos barrios hay una afirmación de vecindario. Lo más importante que pide el Medellín construido es que la municipalidad lo defienda de los constructores espontáneos que van apareciendo y destruyendo la malla urbana (…). El POT tiene demasiados errores encaminados simplemente a satisfacer el mercado de vivienda que no tiene en cuenta al ciudadano, pero creo que eso se puede ir enfrentando sobre la marcha, y, sobre todo, creo en una cosa muy importante: la economía de última hora de una ciudad, como sucede en Medellín, conduce inevitablemente a una burbuja inmobiliaria que les va a reventar en la mano y que va a impedir que sigan destrozando la ciudad”.



Esteban Carlos Mejía

“Viví mi infancia y parte de la juventud en San Joaquín (1959-1975), en la 67 entre calles 42 y 43. Hoy se ve desde allí la torre Makro pero cuando estaba niño se veía Tejicondor. Todo el mundo dirá esto de su propio barrio, pero igual a San Joaquín no hay en Medellín: plano, con calles corticas, con pocas lomas si uno está montando en bicicleta cuando niño, pero con inclinaciones suficientes para tener que pedalear; con vecinos completamente relajados, abiertos, con hijitas divinas –yo era un mojigato pero aprendí a desmojigatarme con las vecinas–; era un barrio seguro, tranquilo. Fui monaguillo del padre Jorge González y me tocó la construcción de la iglesia a punta de empanadas y bazares; primero era una capilla muy sencilla de ladrillo y luego el padre Jorge contaba en qué iban los planos de la iglesia, decía ‘ya tenemos el mármol, ya pedimos un vitral –que son espléndidos–, ya pedimos el órgano, uno de los más suntuosos de Medellín’. Yo estuve en la ceremonia de inauguración de la iglesia, participaba en las procesiones y recorría todas las calles del barrio Laureles a las cuatro de la mañana con el Rosario de la Aurora”.



Aníbal Vallejo
“Laureles ha cambiado radicalmente. Las calles eran amplias, generosas para caminar; hoy apenas caben los carros. A los personajes que vinieron de otros lugares les estorban los árboles, la naturaleza, las casas viejas. Es una cantidad de edificios y de habitantes que no tienen pertenencia por el barrio. El Café (Vallejo) pretende ser un tipo de referente para una generación que no tiene punto de encuentro, no cabe en los apartamentos y no puede caminar porque a Medellín no le han hecho infraestructura para que la gente recorra el entorno. Las casas viejas de Laureles fueron reemplazadas por edificios que invaden todo el paisaje y hasta las corrientes de viento. Ahora ni nacen los árboles porque el sol no entra a los patios, lo vivo en la casa nuestra, que es de los años 40 (…). Muy bueno que haya usos de suelo que le sirvan a la comunidad pero no con un sentido de abandono, de deterioro. Uno de los problemas grandes de Laureles es el manejo de las basuras porque no hay disciplina ciudadana, sobre todo en los establecimientos comerciales (…)”.


Nora Garzón
“Llegué a vivir a Laureles en el 69. Luego me fui 20 años para la loma de Los Bernal y hace siete años regresé. Me encanta Laureles, me parece ideal, el más divino para vivir y me gusta su transformación. Laureles no podía sustraerse al cambio que han vivido la ciudad y el mundo. Aquí tumbaron las casas para hacer edificios, pero es que es que no podemos quedarnos tan románticos, ya no cabemos y eso lo tenemos que asumir todos. En Laureles se puede caminar, todo está cerquita, los supermercados, los bancos, los almacenes de telas, los restaurantes, los cafés. Es de los poquitos barrios donde se puede vivir tranquilamente; a las 10 de la noche ya está todo apagado y todo el mundo está en sus casas. Incluso los fines de semana, a las 12 y 12 y 30 de la noche, todo se cierra y es tranquilo. En mi casa se siente el silencio absoluto. Vivir en Laureles es lo mejor que uno puede hacer. Se lo recomiendo a todo el mundo”.



Víctor Gaviria

“Yo viví diez años, desde el 76, encima del bar El Tufo, en la esquina de la calle 43 con la carrera 69. Me tocó la explosión de la mafia. En la tarde se sentaban esa cantidad de personajes nuevos que estaban alrededor de la mafia. Como por ahí pasaban los aviones que iban para el Olaya, los mafiosos se paraban en la esquina a apostar qué avión llegaba y de qué empresa. Era divertido porque se ponían a beber y apostaban muy duro, sacaban los billetes, se pagaban y se emborrachaban. Luego llegaban sus amiguitas y se iban a sus rumbas ya más fuertes. Antes de la muerte de Lara Bonilla, la 70 era de una rumba interminable; había como una efervescencia, una euforia porque había mucha plata. Recuerdo en la 70 esa especie de farándula pobre, los merenderos y vallenateros que contrataban para las rumbas de los mafiosos; recuerdo a los magos, a todos esos personajes de la calle que están en torno a la bohemia de la noche, a los de las maquinitas de electricidad o ‘baño eléctrico’ con la experiencia de que la luz lo cogía a uno hasta cuando aguantara, o al que echaba agua en un periódico. La 70 tiene una personalidad que no cambia, esa población de la noche como espectáculo, todavía está”.


Pascual Ruiz
“Llegué a vivir a San Joaquín en el 56 pero lo conocía desde el 54 porque mi abuelita compró un terreno en el barrio Bolivariana. Era una completa laguna, un obrero iba abriendo las zanjas para hacer los cimientos y detrás tenía que ir otro para sacar el agua. Me tocó ver abrir las calles y ver construir la iglesia de San Joaquín. Recuerdo que el vaciado del concreto de la torre del reloj lo hicieron presos de la cárcel La Ladera.

Me preocupa que la ciudad haya dejado destruir patrimonio arquitectónico para hacer edificios altísimos que generan problemas como los de El Poblado. Por donde salían dos carros, ahora salen 40. No entiendo por qué con la denuncia de los chanchullos para hacer las VIP no denunciaron a todos los que han construido en la circular segunda, que es estrato 4 y está llena de edificios VIP. ¿Cómo les dieron permiso para hacer eso sin parqueaderos?”