El susodicho

   
  Por: Juan Carlos Orrego  
 
Uno no debería meterse con humoristas. El presidente Rafael Núñez lo hizo, y terminó ridiculizado en estos versos: “Para que a don Rafael / conozcas, cuando lo veas, / tiene tres cosas muy feas, / la boca, la mano y él”. El problema es que, a veces, las columnas se hacen solas en la cabeza, y los párrafos, animados de vida propia, saltan al papel sin que se los pueda atajar. También ocurre que el nuevo nombre de esta columna —el anterior fue abolido por razones que no acabé de entender— me obliga a ensayar una diatriba contra alguna celebridad local, resultando muy lógico enfilar baterías contra un cómico antes que contra un boxeador o una oscura figura de la política o el hampa.
A mí no me gusta el show de Suso, y no tanto por el espectáculo —que alguna entretención depara— cuanto por el personaje. Diré, para empezar, que me decepciona profundamente que un humorista no venda la idea de la más sublime originalidad al primer golpe de vista; pecado que, en el caso del susodicho, se da por partida doble: con atrevimiento, nuestro hombre viste como Don Chinche y lleva una caja de embolar como Heriberto de la Calle. No sé si lo haga por rendir remoto homenaje a ese par de glorias del humor nacional, pero lo cierto es que ni siquiera así podría justificarse: fuera de su contexto nativo, el vestido policromático y de combinación imposible más parece el de un payaso que el de un hombre del pueblo, mientras que la caja, sin uso y nada más que ornamental, señala a la legua el artificio escenográfico. Paradójica falta de naturalidad en un actor que no pocas veces logra ser espontáneo y repentista en sus chistes subidos de color.
Suso finca toda su pretensión de originalidad en esa especie de dislalia que le lleva a poner eses traviesas en medio de algunas palabras (“paspi”, por “papi”, es la más sonada). Pero, justamente, he ahí otro motivo de objeción: aparte de que las eses aparecen caprichosamente y sin sistema (ahora dice “fasmilia”, luego “familia”, en tanto “masmá” y “mamá” pueden ser materia de una misma frase), esa fingida patología del habla resulta poco verosímil. Creo no equivocarme si digo que ninguno de los espectadores ha visto a alguien, que no sea Suso, hablando de ese modo. Ello no revela otra cosa que la escasa etnografía de que se ha valido el actor para forjar su personaje e imaginar sus intervenciones. Para su mala suerte, en el mismo patio hay quienes sí saben sacar de la vida diaria sus carcajadas: Tola y Maruja, figuras cuyo indudable éxito debe más al modo como representan los gestos cotidianos que a los chistes aplastantes. De hecho, fue en virtud de la misma habilidad que recibió Don Chinche sus laureles, lo cual hace más patente el desbalance de la actuación de Suso (un Don Chinche con el histrionismo de Jeringa).
Finalmente, algo falla en la mecánica misma del show, donde el humorista invita a otros personajes para mofarse en sus narices. Por supuesto, burlarse en las barbas de los demás no es propiamente el lío (acaso no haya un gesto social más valiente o, por lo menos, más franco); el quid del asunto reside en la tensión que produce el que una estrella deba robarle el brillo a otra: una pugna que, en el presente caso, se materializa en el seguimiento unilateral y yerto de un guión de preguntas y en las constantes interrupciones de Suso a sus convidados, a quienes no siempre deja responder debidamente las cuestiones que les dirige. El espectador acaba angustiado, tomado por un sentimiento de pudor ajeno, con la incómoda sensación de que el invitado ha servido nada más que de pretexto para la vanagloria de otro.
No puedo decir más: como se entenderá, apago el televisor más temprano que tarde. De hecho, quizá no esté frente a la pantalla cuando a Suso le corresponda el turno de la legítima venganza.

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