El rey forastero

Aquel hombre procuró gobernar con discreción y sin soberbia. De manera silenciosa empezó a trabajar para su propio beneficio, buscando la manera de no morir de hambre ni de frío cuando la multitud viniera a desterrarlo
/ Gustavo Arango
El sirio Juan Damasceno –a quien la Virgen le restituyó un brazo que había perdido– cuenta en su Vida de San Josafat que en tiempos antiguos había una ciudad muy grande y populosa cuyos habitantes tenían la costumbre de elegir por rey a un extranjero que no tuviera noticia de ese reino y república. Para tal fin, enviaban a lugares remotos unos emisarios que llevaban consigo la lista de atributos que había de tener el elegido. Cuando encontraban al que buscaban, le hacían esa oferta que nunca se supo que alguno rechazara.

Durante un año los habitantes de aquella ciudad dejaban que su rey forastero obrara libremente. Era frecuente que los recién coronados se comportaran al principio con mesura y quisieran ser ecuánimes. Como estaban convencidos de que reinarían por el resto de sus días, muchos pensaban que ganarían gloria y que su nombre sería recordado por los siglos venideros. Pero era inevitable que con el exceso de poderes y con el paso de los días los reyes empezaran a llenarse de soberbia y de maldad.

Ocurría entonces que, cuando los reyes estaban más descuidados y sin recelo, las gentes de aquel reino llegaban hasta ellos de manera repentina. Los despojaban de sus vestiduras reales y, después de sacarlos desnudos de la ciudad, los llevaban a una isla lejana, donde venían a padecer grandes penurias. La fortuna de esos reyes mudaba en un instante de la riqueza a la pobreza, del gozo a la tristeza, de la vida regalada a la vida atormentada por el hambre, de las túnicas reales a la desnudez completa. Ni uno sólo de esos reyes dejaba de morir en pocos días; ya por las privaciones, ya por el anonadamiento en que los postraba su mudanza.
Sucedió que en cierta ocasión las gentes de aquella ciudad eligieron como rey a un hombre prudente y astuto que aceptó con reservas la oferta que le hicieron de coronarlo. Al llegar al castillo notó que en aquel reino no había memoria de los reyes anteriores: ni un cuadro en las paredes, ni una estatua en las plazas. En los consejos procuró indagar sobre las costumbres de ese reino, pero siempre le respondieron con evasivas.

Con el tiempo aquel rey obtuvo la confianza de un miembro de la corte que le confesó la costumbre de sus conciudadanos. Apenas tuvo conocimiento de esa curiosa inconsistencia, aquel hombre procuró gobernar con discreción y sin soberbia. De manera silenciosa empezó a trabajar para su propio beneficio, buscando la manera de no morir de hambre ni de frío cuando la multitud viniera a desterrarlo.

Aquel rey pasaba los días lleno de inquietud y de recelo, pensando que en cualquier momento llegarían a despojarlo. Con la ayuda del cortesano amigo, empezó a sacar del palacio las riquezas de aquel reino, sus tesoros más valiosos, y a embarcarlos hacia la isla donde habrían de desterrarlo. Fue una labor lenta y sigilosa. El rey no tuvo una sola noche de descanso.

Cumplido un año de su reinado vinieron los ciudadanos con un grande alboroto para deponerle de su dignidad y oficio de rey, tal como habían hecho con sus antecesores, y a enviarle a aquella isla desterrado. El hombre los dejó hacer lo que quisieron, se dejó conducir sin mucha pena, y vivió en su destierro muy próspero y feliz, gracias a los tesoros que había sacado.

Dice Damasceno que esa ciudad es el mundo loco, vano, inconstante, en el cual –cuando uno piensa que reina– de repente lo despojan de todo y a la sepultura va a parar sin nada de lo que tuvo. Los reyes incautos son aquellos que andan ocupados en gozar y entretenerse con sus bienes transitorios y caducos, como si fueran inmortales. Y la isla… ya no importa. La isla importaba cuando la gente tenía alma.
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