El monje y el pajarito

El pajarito saltaba entre el altar y las bancas y cantaba con dulzura celestial. Parecía estar hablándole al monje y, por los saltos que daba en dirección a la puerta y su elocuente manera de volverse a mirarlo, era evidente que quería que lo siguiera
/ Gustavo Arango
Cuenta el distinguido y olvidado Eusebio Nieremberg –por quien hasta una flor recibió el nombre– que en cierta ocasión había un monje cantando Maitines con otros religiosos cuando dieron con un salmo que lo dejó intrigado:

“Que mil años en la presencia de Dios son como el día de ayer, que ya se pasó”.

Tal vez fue la tisana de papaver, o la falta de sueño, pero lo cierto es que el monje se sintió aterrado al pensar en las implicaciones de ese verso, y comenzó a imaginarse cómo era posible aquello. Olvidado del canto y de los otros, nuestro monje se dio a pensar y pensar en el misterio de ese salmo. Dice Nieremberg que el monje era muy devoto y siervo de Dios, y que tenía la costumbre de quedarse orando un rato más que los otros. Aquel día del salmo, el monje permaneció en el coro cuando todos se marcharon, y le suplicó afectuosamente al Señor que le ayudara a entender las palabras de David.

En esas estaba el monje cuando llegó hasta el coro un pajarito que saltaba entre el altar y las bancas y cantaba con dulzura celestial. Parecía estar hablándole al monje de nuestra historia y, por los saltos que daba en dirección a la puerta y su elocuente manera de volverse a mirarlo, era evidente que quería que lo siguiera. Así fue que nuestro monje, siguiendo al pajarito, salió del monasterio y se encaminó a un tupido bosque que estaba cerca. El pajarito se detuvo a cantar sobre la rama de un árbol, y el monje se acercó y se postró al pie del árbol para escucharlo extasiado. El canto era de una belleza extraordinaria. El monje se preguntó si sería posible poner por escrito aquella música; pero en el momento mismo de escucharla la olvidaba. Después de un rato, el pajarito alzó el vuelo, dejándolo con mucha tristeza. Como no conseguía ver al animalito, el monje se sentía conturbado. Caminó un rato por entre los árboles de aquel bosque, llamando a su amigo:
–Pajarito de mi alma, ¿a dónde te has ido?

Como vio que el pajarito no aparecía, el monje decidió volver al monasterio. Pensó que ya sería hora de Tercia y que los otros monjes lo andarían buscando. Pero al llegar al convento halló que la puerta por donde había salido estaba tapiada, y que había una nueva puerta en otra parte.

Nuestro amigo caminó hasta la otra puerta y, tras golpear un par de veces, le abrió un hombre de cejas gruesas y gesto poco amable. El monje no recordaba haber visto nunca a ese hombre. Impaciente, el portero le preguntó al monje quién era, de dónde venía y a quién buscaba.

–Soy el sacristán de este monasterio–dijo el monje–, que hace un momento salí a aquel bosque, y ahora vuelvo y lo encuentro todo cambiado.

El portero le preguntó el nombre del abad y el del prior y el del procurador; pero las respuestas que dio el monje aumentaron su rudeza: “No acertaste en nombrar ninguno de ellos”. El monje se sintió angustiado y pidió ser conducido en presencia del abad. Tras mucho insistir, el portero accedió a dejarlo entrar, pero ni el abad reconoció al monje, ni el monje reconoció al abad.

El abad le preguntó al monje su nombre y el de sus superiores, y mandó a buscarlos en los anales del monasterio. Fue así como se pudo averiguar que habían pasado más de trescientos años desde la muerte de los que el monje había nombrado. El monje entendió entonces que aquel misterioso hecho había sido la explicación que había pedido, y se sintió confuso y maravillado. Compartió con el nuevo abad y los nuevos monjes lo ocurrido, y todos celebraron el milagro y lo acogieron con afecto y devoción. Cinco décadas más tarde, habiendo recibido todos los sacramentos, nuestro monje “acabó suavemente con mucha paz en el Señor”.
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