El miedo de Francisco de Roux S.J.

El nuevo director del Centro de Fe y Culturas, ubicado en el barrio La Aguacatala, habla de su trayectoria y el anhelo para la construcción de paz en el país 

Fotos Juan David Caicedo

Por Daniel Palacio Tamayo

El sacerdote Jesuita, Francisco de Roux, llega un poco más tarde de lo estimado al Centro de Fe y Culturas, entidad que dirige tras el fallecimiento del padre Horacio Arango. Después de saludar a algunos visitantes que lo esperan para su primera charla, se disculpa con su equipo de trabajo enseñando la hora en su celular.

– La culpa no fue mía, es del Metro. Cogí el tren que no paraba en La Aguacatala. Y suelta una risotada.

Este sacerdote de contextura menuda, asegura que está dedicado de tiempo completo a promover la paz. Ha vivido los riesgos más fuertes como consecuencia de la guerra de todos los bandos, pero no le preocupa, su mayor miedo, afirma, es que hay poco tiempo para solucionar estos problemas. “El miedo es que no seamos capaces de jugárnosla a fondo por la paz”, concluye.

En algunas respuestas, el padre De Roux, cierra los ojos como en una oración, como muestra de respeto a quienes no están ahora; de fervor con sus palabras, su memoria y sus actos de paz; como un acto de perdón a quienes han errado en la guerra.

Padre Francisco, usted llega al Centro de Fe y Culturas a retomar el legado del padre Horacio. ¿Cómo lo recuerda?
“El propósito mío es ahondar y hacer más sostenible su legado. Horacio estaba movido por el respeto a la dignidad humana, la justicia y la equidad. A Horacio le importó la paz de los barrios y del país. Yo quisiera, por mi trayectoria de vida, ayudar a vincular a Antioquia con la paz de Colombia. Se necesita que todos estén en la paz, porque lo que estamos jugando en La Habana, y en Quito con el Eln, no es el futuro de Santos, ni Uribe, ni las Farc, ni el Eln, lo que está en juego es la posibilidad de que vivamos como seres humanos”.

¿Cómo construir la paz, más allá de una firma de un acuerdo?
“La firma es simplemente el cese al fuego bilateral y definitivo, es sacar las armas de las luchas sociales y políticas, de modo que se hable con la tranquilidad de que a nadie lo van a matar por lo que dice; esa es la firma. La paz es que nos les metamos a los problemas estructurales que por causa de la guerra no lo hemos hecho y son muy grandes”.

Es un reto gigante atacar, por ejemplo, la inequidad.
“La inequidad, la corrupción y la impunidad; otro es que estamos destruyendo este medio ambiente y ecosistema tan hermoso. Nos tenemos que meter de verdad, no dejar que el presidente lo haga, o el alcalde lo mejore, hay que asumirlo como sociedad. Por ejemplo, estar encima con veedurías ciudadanas para que no se roben los dineros públicos”.

¿Es esta la generación de la paz?
“Hasta ahora hemos tenido un error y es dejar que la guerra la asuman los soldados y que se mueran nuestros jóvenes y se acaben unos y otros de cada bando. Vamos a hacer un país distinto y lo vamos a hacer desde nuestras familias y nuestros barrios. Si los jóvenes no se meten con verdadera pasión en esto, no lo logramos”.

¿Qué le falta a Antioquia por aprender en el camino de la paz?
“Yo creo que Antioquia es muy grande y es el momento de que Antioquia sea más grande que ella misma y se ponga en esta tarea de la paz. Sé que para Antioquia, Álvaro Uribe es una persona importante y yo creo lo mismo, él es un líder muy importante en el país, pero justamente por eso se necesita que todos estemos en la paz”.

Usted ha trabajado mucho en temas campesinos y de construcción de paz. ¿Qué le diría a algunos habitantes de El Poblado que no han vivido de cerca la realidad de la guerra en el campo?
“Lo primero es que vengan al centro Fe y Culturas y hagamos cosas por el barrio y el país. Yo me ofrezco con mucha alegría a hacer conversatorios y hablar de estas cosas porque la gente tiene que ser informada, incluida y sentir que es importante. Para la construcción de paz es muy importante la presencia de ellos”.

Padre, para finalizar, un recuerdo a modo de reflexión
“Fue el día que acompañé la liberación de un canadiense, secuestrado por un comandante del Eln llamado Marcos, y perdóneme por lo que voy a decir, pero esa imagen nunca se me olvida. Durante la liberación el comandante estuvo en silencio, cuando nos montamos al helicóptero para venirnos con la Cruz Roja, el guerrillero gritó: -Hermano, perdónenos, pero es que todos estamos atrapados en esta guerra tan hijueputa”.