El mal del siglo

La verdad es que, desde meses atrás, venían manifestándose los síntomas de esta enfermedad en su modalidad futbolística: no de otra manera debe entenderse el hecho de que decenas de muchachos -cuál de todos con más cara de mestizo y de natural de la zona tórrida- se apeñusquen bajo un televisor para reventarse las entrañas y los pulmones a favor de unos remotos y poderosos Barcelona o Milán que, entre otras cosas, solo en broma necesitarían de la fuerza hecha por estos improvisados hinchas de aquende los mares. Para la gente de mi generación y anteriores, las aficiones futbolísticas, más allá del equipo amado -ese club específico que, de una vez y para siempre, algún tío materno clavó en nuestro corazón-, se dirimen según un romántico y valiente criterio de solidaridad que pide simpatizar con el más chico o pobretón de los equipos en contienda. Así, el triunfo de Camerún contra la encopetada Argentina que defendía su título en 1990 fue algo así como un triunfo personal para los nacidos antes de 1980, y asimismo la victoria de Senegal contra Francia en el Mundial del 2002. Estas alegrías pueden cosecharse sin importar los obstáculos geográficos porque, sobre todo, se sufre de corazón durante los 90 minutos de la difícil prueba, aguantando como saetas en la piel los infinitos ataques que el equipo célebre y plenipotenciario dirige contra la humildad del otro.

Pero ese estoicismo es visto como cosa extravagante en el nuevo siglo, y las nuevas hornadas de aficionados jamás comprenderán, por ejemplo, aquel sentido reclamo que hizo un fidelísimo y desdentado hincha del Deportivo Pereira cuando, años atrás, ese equipo descendió a la categoría B de nuestro campeonato: “Millonarios, América, Nacional… ¡ser hincha tuyo es muy fácil!”. La juventud de hoy reputará de patético a este héroe de la raza, pero no adivina lo patética que ella misma se muestra cuando, en furibunda masa, canta los goles que Inglaterra le hace a Trinidad y Tobago (diría Nicolai Gogol: “Como si por ello percibiese sabe Dios qué sueldo”), o los que Francia le hace a una vejada Togo. Dirán nuestros europeístas que sus simpatías están a favor del buen fútbol o algo por el estilo, sin reparar que, por lo que respecta al actual campeonato mundial de fútbol, son los equipos tradicionales de la ufana Europa los que -con alguna que otra excepción- han olvidado las buenas maneras por los procedimientos sosos y calculadores propios de quien, como sea, lo único que quiere es cobrar la bolsa.

Por desgracia, nuestros impúberes simpatizantes son apenas la manifestación de algo todavía más detestable que un salpullido de facilismo. Alemania 2006 ha mostrado que la simpatía por los grandes también es cosa de árbitros y comentaristas deportivos, empeñados todos en ruines actuaciones -con el pito o con la boca- contra los intereses de los equipos de África, Asia y Oceanía. El mundo parece haberse puesto de acuerdo para frustrar los conatos de protagonismo de los pueblos sin historia balompédica, y ha echado a rodar una oscura maquinaria a favor de lo que, se cree, es la tradición futbolística. Y eso es lo que disfrutan nuestros jóvenes hinchas de pacotilla: disfrutan las frutas insípidas de una globalización inerte que en mala hora se coló en nuestras casas de boñiga y techos altos (allí donde, frente a un televisor que no es de pantalla plana, alguien se alegra todavía por la primera estrella del Deportivo Pasto).

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