El laberinto del mundo

El laberinto del mundo

/ Gustavo Arango
A comienzos del siglo 17 un joven checo decidió buscar un oficio tranquilo que, además de sustento, le diera alegría. Dos guías vinieron a acompañarlo: Ubicuo y Engaño. Ubicuo lo condujo hasta un lugar elevado desde donde podía ver el mundo: una ciudad de trazos laberínticos, rodeada de murallas y de abismo. Engaño le puso mal puestos unos lentes que mostraban las cosas como deben ser vistas.

El viaje comenzó junto a una puerta por donde entraba, del abismo a la ciudad, una fila de seres aturdidos. Un viejo de ojos fieros, llamado Destino, conminaba a cada uno a recibir un papel en el que había una palabra: “Manda”, “Obedece”, “Escribe”, “Labra”, “Estudia”, “Juzga”, “Construye”, “Pelea” y otras más. Ubicuo explicó al viajero que los recién nacidos estaban recibiendo la tarea de su vida. Engaño le dijo que tomara su papel y obedeciera sin protestas. Pero el joven le dijo a Destino que quería ver el mundo antes de tomar una decisión. El viejo accedió con un gruñido. Tomó un papel en blanco, escribió: “Especula”, y lo invitó a marcharse.

Ubicuo propuso que fueran al mercado, “donde tantos oficios y edades y clases y razas se congregan”. El viajero pensó que aquella multitud era como la de las abejas de un panal, pero mucho más extraña: unos corrían, unos paseaban, unos yacían, unos vendían, unos compraban, unos reían, unos cantaban, unos vociferaban, unos formaban grupos numerosos y otros se aislaban. “Aquí tienes”, dijo Engaño, “la hermosa variedad de los humanos, la imagen misma de Dios”. El viajero notó que por debajo de los lentes podía ver las cosas como eran de verdad. Vio las máscaras que usaban para relacionarse, vio las monstruosidades detrás de las máscaras. Cuando protestó por la impostura, Engaño la llamó prudencia. Algunos que estaban cerca miraron al viajero con enojo. Comprendió que debía cuidarse de expresar lo que veía. Así siguieron su viaje.

El joven vio el barullo de las gentes, cada uno queriendo hablar más fuerte que los otros, procurando la atención de multitudes; vio a montones ocupando su vida en necedades; vio gente caminando con espejos para verse caminando; vio gente caer y gente reír por la caída; vio a algunos sonreírse de frente y agraviarse en la distancia; vio los zancos con que algunos pretendían ponerse por encima de los otros, y vio a los otros buscando que tropezaran; vio a unos hombres destruir lo que hacían otros hombres; vio a la Muerte incansable; vio a los hombres decididos a ignorarla.

Ninguna esfera humana se escapa a la mirada desnuda que Comenius nos ofrece en El laberinto del mundo (1623). Ahí están las miserias de la vida conyugal, las desdichas y absurdas tareas que ocupan los días de todos los oficios, la vanidad de las clases instruidas, la corrupción de gobernantes y jerarcas religiosos, el cotilleo, la envidia, la crueldad, el desprecio. Sólo unos pocos hombres silenciosos parecían escapar a esa miseria general, pero Engaño se las arregló para alejar al viajero. Omito aquí el final de la historia porque después del recorrido se antoja inútil hablar de esos asuntos. Sólo quiero decir que El laberinto del mundo es una joya de la literatura alegórica, a la altura de la Divina Comedia, y que si el libro de Comenius no ha tenido un prestigio similar es porque afirma que la vida puede ser mucho peor que el Infierno de Dante. Tal vez por eso se acaba.
Oneonta, mayo de 2013.
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