El Forastero

Cuento
El Forastero

Por Luis Fernando Calderón Álvarez
De mis caminatas por esas callejas de la ciudad que habitualmente frecuentaba para matar el tiempo y hacer algunas compras rutinarias solía retornar a casa cruzando la bulliciosa plaza Mayor, donde los edificios tienen en sus bajos numerosas tiendas y hosterías, muy visitadas por gentes de la ciudad y los turistas.

Este es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y ahuyentar el tedio que me invade, especialmente cada vez que me asalta la soledad y la añoranza.

Me entretengo viendo pasar una multitud de rostros, oír la algarabía de los venteros ambulantes, seguir el sonido de los instrumentos típicos, y escuchar los cantos solitarios que se pierden en el aire.
Al detallar el corro de gente joven que se juntaba en uno de los alrededores del parque, vi que permanecían como hipnotizados ante un predicador que intentaba persuadirlos sobre el pecado de Lucifer: “no sea que llevado del orgullo venga a caer en la misma condenación en que cayó el diablo”, repetía, una y otra vez con voz infalible.

Al apartarme un poco del corrillo, y por entre un pequeño espacio que quedaba, eché una mirada en otra dirección; entonces me llamó poderosamente la atención un inusual personaje que recostado a un muro aguardaba inquieto, y como si estuviera al acecho.

Vestía un elegante traje gris oscuro, raros zapatos negros de charol; un pequeño triángulo de diamante pendía de su oreja izquierda y una de las cejas era más alta que la otra. El pelo rojo ensortijado hacía ver más seductora su figura.

Hizo movimientos en círculo y de pronto dio unos pasos hacia adelante, quedó frente a mis ojos. Cuando deparé mejor sobre él, a juzgar por su porte y ademanes, era un forastero.
Me subyugó su enigmática sonrisa, sus altivos ademanes; quería devorármelo con la mirada.

Confieso que nunca me había sucedido algo igual, nadie me había cautivado tanto.

Su imagen se quedó tan grabada en mi mente, que no hice sino hablar de él en las reuniones de amigas, pero eludí tocar el tema con mi esposo.

Una noche soñé que yacía a su lado sobre un lecho de crisantemos, y me le ofrendaba; pero, de improviso, su silueta se desvanecía y sólo quedaba en mí el recuerdo de su espectro encantador.
Toda la semana me persiguió su recuerdo, y aún en sueños se me negaba; en casa permanecía distraída y ajena.

El domingo siguiente volví al mismo lugar tratando de encontrarlo, esperé toda la mañana, pero el forastero no apareció. Luego lo busqué un día tras otro, sin embargo él no apareció.
Una tarde al salir de casa, vi las cifras del día en tres monedas arrojadas sobre la acera; entonces presagié que lo encontraría, y como si fuera para una cita convenida, el corazón me daba vuelcos.
Me encaminé por la avenida; había gente cruzando la calle en todas las direcciones. Hileras de peatones, surcaban zigzagueantes entre la multitud.

De improviso, inmerso en la muchedumbre, irrumpió desasosegado, se aproximó vociferando; vi unas uñas largas y descuidadas que se asomaban por debajo de la manga de su camisa. Su aspecto era lastimoso.
Lo miré sobresaltada y me sobrevino un miedo inquietante, era una sensación que nunca antes había experimentado.

Inesperadamente se acercó, yo retrocedí; sentí su aliento azufrado como el hedor de un animal muerto.

Hizo una enigmática señal, y mascullando entre dientes me dijo:
—Al atardecer conocerás tu destino.

Me asustaron tanto sus palabras, como la forma en que las chasqueó. Como tratando de borrar de la cabeza la misteriosa sentencia, me quedé pensando al lado de una de las vitrinas de las tiendas; mi mente giraba en torno, tratando de entender el significado.

Entonces noté que en el dedo de la mano izquierda donde llevo la argolla de matrimonio se asomaron unos extraños arañazos.

Como un energúmeno, volviéndose a cada instante, se abrió paso entre la multitud; me miró por encima del hombro, hizo un giro inesperado y desapareció entre los transeúntes que a esa hora iban y venían por la avenida.

Declinaba el día, y el sol empezaba a ocultarse.