El efecto Polícrates

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Cruel y ambicioso, fue en muchos aspectos un buen gobernante e hizo de Samos una impresionante potencia marítima. Su flota de barcos piratas, mercantes y de guerra le proveyó grandes riquezas y le confirió muchísimo poder
/  Alfonso Arias Bernal

Hace veintiséis siglos, Polícrates, señor de Samos, a quien la fortuna siempre sonreía pues no había guerra ni empresa en que se empeñara que no le resultara favorable, terminó colgado en una cruz infame erigida en tierra extranjera. Su amigo Amasis, rey de Egipto, le advirtió que no convenía tentar la envidia de los dioses y le sugirió que buscara, o siquiera fingiera, una pérdida, un fracaso, una contrariedad.

Polícrates se fue mar adentro y arrojó a las aguas misteriosas y azules del Egeo su objeto más querido: una sortija de esmeralda, obra del gran arquitecto y artista Teodoro de Samos, el mismo que erigió el Hereion. Días más tarde le fue devuelto el anillo en el vientre de un pez que le trajo de regalo un pescador. Cuando el faraón Amasis se enteró de este acontecimiento extraordinario, le retiró su amistad; presentía el desastre. Siglos más tarde, alguien dio el nombre de “Complejo de Polícrates” a esa condición psicológica que induce a algunas personas a temer el éxito o, habiéndolo alcanzado, a arruinarlo, a deshacerse de él, consciente o inconscientemente. Se dice que la poeta gallega Rosalía de Castro sufrió de este mal. Por eso pone en sus versos llenos de pesimismo, frases como estas:

Pois consólate, Rosa,
que moito ten que padecer na vida
quen moito dela goza,
e olvidada ha de ser quen foi querida.

(Pues consuélate, Rosa,
que mucho tiene que padecer en la vida
quien mucho de ella goza,
y olvidada ha de ser quien fue querida).

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Friedrich Schiller escribió un poema basándose en la historia del anillo de Polícrates y Erich Wolfgang Korngold compuso la música de una ópera con libreto de Leo Feld sobre el mismo tema.

Polícrates, cruel y ambicioso, fue en muchos aspectos un buen gobernante e hizo de Samos una impresionante potencia marítima. Su flota de barcos piratas, mercantes y de guerra le proveyó grandes riquezas y le confirió muchísimo poder. Hizo levantar un templo de Hera (el Hereion) que Heródoto tenía por el mayor del mundo griego. Sus hombres construyeron también una gran escollera en el puerto, y un túnel de más de un kilómetro de largo que permitía llevar el agua desde el otro lado de una montaña, hasta la ciudad. Todavía este túnel asombra a los ingenieros pues se hizo a la manera de hoy, es decir, trabajando por ambos extremos para encontrarse en un punto medio, lo cual requiere una ejecución y un cálculo muy precisos.



Ilustración Saúl Álvarez Lara

En Samos nació Aristarco, quien más de mil seiscientos años antes de Copérnico propuso una teoría heliocéntrica, con las estrellas y el Sol fijos en el espacio, y con la Tierra y los planetas girando alrededor del Sol. También estimó la distancia al Sol, comparándola con la distancia a la Luna. De Samos son, así mismo, los filósofos Pitágoras y Epicuro. Es admirable, observa Antonio Penadés, que tantos y tan ilustres personajes hayan nacido en una pequeña isla que al día de hoy no llega a los cuarenta mil habitantes.

La isla de Samos pertenece a la actual República Helénica, a pesar de que en algunos puntos dista menos de dos kilómetros de la costa turca. Es un lugar asombroso, no sólo por la magnífica belleza natural de sus altas montañas, sus pueblecitos encantadores y sus playas escondidas, sino por su historia y su cultura.

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Heródoto, el primer historiador, se refugió allí después de escapar de su natal Halicarnaso distante unos noventa kilómetros hacia el sureste. Halicarnaso estaba entonces gobernada por un odioso tirano, y contra él se fraguó una conspiración de la cual hizo parte Heródoto. El fracaso de la revuelta lo obligó a huir; tenía diecisiete años. Al llegar a Samos, tan distinta de su pequeña Halicarnaso, quedó deslumbrado con la prosperidad y belleza de la isla.

Es gracias a Heródoto que conocemos muchos acontecimientos de estas épocas y de estos lugares. A su monumental obra la llamó Historia. Tenía como propósito recoger en ella las “notables y singulares empresas” de los hombres para que no se pierdan en el olvido. Historia es la primera obra en prosa de gran extensión, escrita en griego. El significado original de la palabra “historia”, es “investigación”, nombre muy apropiado puesto que Heródoto pasó gran parte de su vida viajando, leyendo y hablando con la gente, “investigando” realmente, sobre cómo era el mundo y qué habían hecho los hombres con él y con ellos mismos a lo largo de los siglos.


Columna de Hera. Isla de Samos. Foto cortesía

Refiere Heródoto que Polícrates, tirano de Samos, saqueaba y pillaba a todo el mundo, sin hacer excepción con nadie, pues sostenía que se queda mejor con un amigo devolviéndole lo que se le ha arrebatado, que sin quitarle nada. Se podría cuestionar el cinismo de la frase y lo turbio de la ética que la inspira, pero no su eficacia: personas y agrupaciones por décadas activos en la violencia, el robo, la ilegalidad, el terror, el asesinato, el abuso, la piratería, la destrucción y el atropello demandan (y reciben) la gratitud de sus víctimas, que en último término son toda la sociedad en su conjunto. Eso es, en la práctica, lo que podría llamarse el “Efecto Polícrates”.

Nota al margen: Recomiendo la lectura del magnífico libro Tras las huellas de Heródoto, de Antonio Penadés. Editorial Almuzara, 2015.

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