Doña Ana Velásquez

 

In memorian de Doña Ana Velásquez

 
 

Una pobladeña de pura cepa

 
     
 

El 18 de enero cientos de personas colmaron la iglesia San José de El Poblado. Llegaron en romería de todos los puntos cardinales para acompañar a una de las matronas pobladeñas más ilustres y estimadas. Doña Ana Velásquez falleció a los 99 años, y hasta su último día recibió el más sentido homenaje de los tradicionales habitantes de El Poblado que no dejarán de recordarla por su carisma y amabilidad.

 
     
 
 
 

Doña Ana en la celebración de sus 90 años; una melómana de incansable vitalidad.

 
     
 

.Como volviendo a la semilla, Doña Ana fue despedida en la misma iglesia que construyó su padre, Manuel Antonio Velásquez, un amante de la construcción que ayudó a levantar el templo de San José de El Poblado ladrillo por ladrillo y que con su esposa, Mercedes Cortés, recogió fondos vendiendo los frutos de un árbol de madroños que les compraban las familias prestantes de la época como los Uribe, los Echavarría, los Gaitán, los Olarte, entre otros.
Doña Ana, la menor de 11 hijos, vivió su infancia y adolescencia en una antiquísima casa, de tapia, largos corredores y solar florecido. Ubicada en la vieja carretera principal (hoy carrera 43B, la calle de la Buena Mesa, en Manila) y que aún hoy sigue en pie, como uno de los pocos vestigios de ese Poblado de antaño.

Desde pequeña, Doña Ana fue reconocida por su jovialidad. La música fue su desvelo y su mayor alegría. A muy temprana edad manifestó sus dotes como bailarina de polka, pasillo, tango y un baile tradicional llamado las vueltas, que por la dificultad de sus pasos y una sutil picardía, muy pocos lo bailaban. Doña Marta Londoño, hija de Doña Ana, resalta que la inclinación de su mamá y su familia por la música y el jolgorio vienen de los Velásquez.

En esa época bucólica, Doña Ana pasaba sus días recorriendo las mangas de verde interminable, los caminos de herradura y las fincas de ese Poblado pretérito que era apenas un pueblito campestre. No perdía oportunidad para treparse a los árboles frutales y viajaba al río y las quebradas, en ese entonces eran cristalinas, para acompañar a Mercedes, su madre, que era lavandera.
Ya adolescente, Doña Ana conoció el amor. Por su personalidad fresca y amigable llamó la atención de Carlos Londoño, habitante de El Tesoro, quien tras dos años y medio de noviazgo sería su esposo. Al principio Doña Ana mostró alguna reticencia a su pretendiente. Entonces Carlos decidió pedirle al papá de Doña Ana por carta, como se estilaba en ese entonces, la entrada a la casa paterna. Finalmente la persistencia de Carlos se ganó el corazón de Doña Ana y juntos formaron una familia de 10 hijos.

En 1937 se fueron a vivir al marco de lo que hoy se conoce como el Parque Lleras, donde Doña Ana vivió el resto de sus días, entregada a la crianza de sus hijos y el cuidado de su casa. Una casa que siempre estaba concurrida por familiares y amigas, donde se departía con viandas y colaciones que ella misma preparaba con su aclamada sazón. Siempre fue una mujer madrugadora, abnegada e incansable en los oficios domésticos. Combinaba la crianza de sus hijos con la preparación de alimentos para ayudar en los gastos del hogar.
Sus hijos resaltan su afición melómana, la cual transmitió a su prolífica descendencia desde los hijos hasta los bisnietos. “Tenía una memoria prodigiosa para aprenderse las canciones, escribía y declamaba poesía, leía novelas y no desaprovechaba ocasión para bailar. Ella nos enseñó a todos los hijos y nietos a modular la voz para cantar y a bailar”, comentan sus hijas Eugenia y Marta.

Gracias a esta sensibilidad para el arte, a su buen sentido del humor, a su generosidad y a su cultura en el trato respetuoso de los demás, Doña Ana se ganó un sitial como una matrona de El Poblado y todo el barrio tenía que ver con ella, aún cuando salía muy poco, confinada voluntariamente en su hogar.

En los últimos años, cuando salía a ese Poblado, ya transformado por el tiempo, y caminaba entre los modernos edificios sobre lo que antes fueron las fincas que conoció en su juventud, Doña Ana habría de recordar las palabras profética de su padre: “El Poblado será el futuro Medellín”.

Dice Eugenia, la hija, que hay gente que por su naturaleza convoca y su mamá era una de estas personas. Sus hijos le valoran ser el mástil que preservó la unidad de la familia y mantuvo integrados a muchos vecinos de la tradicional comunidad pobladeña.
Al morir Carlos, su esposo, en octubre de 1976, Doña Ana tomó valor acompañada por su hija Marta, y renovó la esperanza en la vida al seguir transmitiendo durante 30 años más, esa alegría y sensibilidad que siempre la caracterizó.

Así la recuerdan Marta y Eugenia sentadas en la sala de su casa. Entonces evocan la canción que su madre cantó hasta sus últimos días, quizás como una premonición: “La negra noche tendió su manto / surgió la niebla, murió la luz / y en las tinieblas de mi alma triste / como una estrella brotaste tu…”
Las dos mujeres cantan de corazón, con los ojos cerrados, esta tonada melancólica que hace presente a Doña Ana a través de la música que tanto amó.