Distraídos

Distraídos
Vivimos en habitual distracción y muy ocasionalmente nos volvemos espiritualmente conscientes

/ Bernardo Gómez

Narra una historia hindú que Dios y un hombre iban bajando a pie por un camino. El hombre pregunta a Dios: “¿Cómo es el mundo?” Dios responde: “Me gustaría explicártelo, pero tengo seca la garganta. Necesito una taza de agua fría. Si puedes ir y traérmela, te diré cómo es el mundo”.

El hombre se dirige a la casa más cercana para pedir una taza de agua fría. Llama a la puerta, y abre una bella y joven mujer. Él pide una taza de agua fría. Ella responde: “Se la daré con todo gusto, pero es mediodía, la hora del almuerzo. ¿Por qué no entra primero y come? Él accede.

Han pasado treinta años. Ellos ya han tenido cinco hijos. Él es un respetado comerciante, y ella, una apreciada integrante de la comunidad. Una tarde están en su casa, cuando llega un huracán y arranca de cuajo su morada. El hombre grita: “¡Auxilio, Dios mío!”. Y una voz sale de dentro del huracán y dice: “¿Dónde está mi taza de agua fría?”.

Una de las características de los seres humanos es estar continuamente distraídos, no es casual que en la actualidad se ofrezcan miles de alternativas que perpetúan ese estado con la promesa de obtener mayor bienestar y felicidad. Viajes cada vez más exóticos y lejanos, parques de diversiones que ofrecen atracciones con mayor vértigo y adrenalina, videojuegos que sorprenden por su realismo y acción… Estos son solo algunos ejemplos de esa pujante industria que pretende saciar nuestra hambre de distracción y que nos empuja a estar siempre “fuera”, sin tiempo para encontrarnos a nosotros mismos, encontrarnos con los demás y mucho menos encontrarnos con Dios. Bien lo expresó san Agustín:

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo!”.
Se puede afirmar que en la actualidad somos personas que vivimos en habitual distracción y que muy ocasionalmente nos volvemos espiritualmente conscientes. De tal manera estamos tan preocupados con las tareas cotidianas o en su defecto evadiendo la rutina que generan esas tareas, que Dios se ve obligado a emplear un huracán para poder presentarse en nuestra vida y llamar nuestra atención. Lewis, ilustrando por qué volvemos a Dios solo cuando hay tormenta en nuestra vida, afirmó: Dios está siempre hablándonos; pero, normalmente, nosotros no nos enteramos, no escuchamos. En consecuencia, el dolor es el micrófono de Dios para un mundo sordo.

Jesús nos enseña a leer los signos de los tiempos, esto es, a ver la mano de Dios –la dimensión espiritual de las cosas– en los acontecimientos de nuestras vidas. Es lo que llamamos contemplación. Toda la gran literatura espiritual hace lo mismo. En la actualidad tenemos acceso a esta rica literatura que poseen la mayoría de las tradiciones espirituales, que nos desafía a estar vigilantes para no ser descuidadamente absorbidos por las tareas diarias de nuestras vidas y a no tener que buscar fuera lo que definitivamente habita dentro.
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