Diciembre

Las calles del centro se tupen de vehículos más allá del volumen habitual. Aumentan la negra contaminación y el concierto infernal de bocinazos. En los andenes —invadidos por tendidos, cajas, carretas, baúles y vitrinas rodantes—, los transeúntes se apiñan, restregándose mutuamente el sudor, lanzándose resoplidos de cansancio a la cara y compartiendo sus virus de fin de año. Todos se desvían del camino, arrastrados por los ríos de pechos y espaldas, no se entienden las palabras pronunciadas a más de treinta centímetros de distancia, y los pisotones menudean con más generosidad que los apretones de manos en una misa dominical.
Hombres de todas las cataduras y formatos —obesos, raquíticos, bajos, espigados, de voz gangosa o silbante, desenfrenados, mesurados, bienintencionados o maquiavélicos—, en todas las esquinas o cada diez metros, se visten de Papá Noel y vociferan a través de un megáfono gangoso o de un micrófono ensalivado la monótona letanía de la gran oferta navideña. Mientras tanto, anunciando el espíritu festivo de cada almacén —numerosas como colonia de abejas locas—, miles de luces cruzan las vidrieras y los mostradores, con el mismo frenesí y variedad que exhibe la luminotecnia en un show de desnudistas. Y sin importar si se trata del afuera o del adentro de los almacenes, las demostraciones de los más prodigiosos juguetes se enredan entre los tobillos de los paseantes: patrullas en miniatura que se abalanzan como máquinas podadoras, bebés hipertrofiados que chillan como si su alma fuera un radio transistor, aviones kamikaze que se precipitan en picada a lo largo de la cuerda que un vendedor ha enredado entre dos postes de luz, casas de muñecas que se convierten en cualquier otra cosa con solo chasquear los dedos.
Todo puede percibirse en medio del inaudito carnaval: inciensos índicos, ramas santas tostadas a fuego lento, emanaciones de entrañas de lechones, aires de panadería que se confunden con tufos de pólvora, carnes asadas mil veces, buñuelos que se perciben en un radio de dos kilómetros, confituras rodeadas de un dulzor que marearía a la cucaracha más glotona, una espesa atmósfera en que se combinan olores a canela, juguete nuevo y transpiración rancia. Y entre tanta manteca y eructo, monedas pegajosas van de mano en mano, a veces envueltas en billetes desdibujados por el terciopelo de la mugre y el manoseo. Regateos van, exigencias vienen, riñas, alegatos en torno a un negocio imposible.
Para peor, bajo la confusión creada por tanta luz, tanto movimiento y tanto obstáculo tirado en el camino, se amparan bandidos de todos los pelajes, inspirados por conmovedoras hambres familiares o por brutales instintos de canibalismo. Amparados por armas de todo tipo —desde pistolas de película hasta limas para uñas— espían el movimiento en bancos y cajeros, a la espera del incauto que habrá de cederles, por las malas o por las más malas, su prima.
Todo eso es diciembre, cuya llegada todos añoramos. Pero cualquier cosa sea bienvenida con tal de no estar fatigándose en la oficina, el colegio o la universidad.
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