Diatriba contra un hombre sentado

No hace mucho conocí la imagen publicitaria de una campaña contra el sedentarismo: un muchacho de unos 14 años ve la televisión gozosamente echado en un sillón, mientras a sus espaldas sus familiares, vestidos para un velorio, lo lloran. Parece increíble, pero el inocente descalzarse y tumbarse sobre un cojín luego de una extenuante jornada es el nuevo ejemplo de una conducta irresponsable y dañina, y los censores de turno excusan la macabra propaganda con la consigna de que el sedentarismo favorece las enfermedades cardiovasculares, “principal causa de muerte en nuestra ciudad”. No discuto la estadística, pero repudio el mal gusto de la exagerada campaña: ilustrar los líos arteriales con un joven en reposo es casi como advertir sobre los riesgos de la glucosa con un bebé y su compota, o enunciar la criminalidad a partir de los juegos de vaqueros de los párvulos de una guardería. Supongo que, de ahora en adelante, los gimnasios harán su agosto con la matrícula de cientos de colegiales extenuados, forzados a treparse en la bicicleta estática por padres espantadizos que antes los obligaron a tomar cursos de flauta dulce o de origami.

Descubrimientos científicos tomados como dogma -siendo, a veces, tendencias que la realidad solo corrobora a medias-, pretenciosas filosofías que se aplican sin que saludablemente se las haya puesto en duda e informes sensacionalistas difundidos sin control por noticieros ávidos de audiencia han llevado al patíbulo a inocentes comunidades y gremios. Así, en un país perdido por la corrupción de su política, la solapada lentitud de su justicia y la más planificada violencia, quienes aparecen como antihéroes y villanos en el día a día son, más frecuentemente, los fumadores, los taxistas, los gamines, las modelos, los jugadores de fútbol, las prostitutas, los motociclistas, los que acumularon dos facturas de servicios públicos sin pagar, los enfermos de sida, los que se abstienen en días de elecciones, los profesores de cátedra, los que no donan sangre y los que no han querido sacarse las cordales. Posiblemente mañana se descubra que quienes viven en un sexto piso o cerca de una fábrica de confecciones atentan irresponsablemente contra su salud o el orden social, y su modus vivendi será enjuiciado con desprecio. Cualquier cosa es posible en medio de lo que parece ser una aleatoria cacería de brujas.

Por supuesto, algo se ganará con evitar excesos o moderar ciertas actitudes, pero desconciertan las prioridades que dejan ver las advertencias desatadas. Se me antoja ocioso que haya tanta arenga contra los que no trotan los domingos y que se haga silencio frente a otros riesgos como, por ejemplo, el de morir aplastado en el infierno vehicular que el caótico Metroplús arrojó indolentemente sobre Manrique y Belén, o el de reducir a los hijos a la asnal educación que puede prodigarle un politiquero colegio oficial. Desgraciadamente, sin embargo, el irse por las ramas define nuestra idiosincrasia tanto como apuntarse a los triunfos fáciles o poner a cargar las pilas en la nevera.

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