Desayunando en carretera

Es así como en los últimos meses he degustado desayunos en carreteras del Valle, Cundinamarca y Cauca y mi último placer opíparo fue en carreteras de Córdoba. En efecto, por asuntos de trabajo y según lo convenido alguien pasó a recogerme en mi hotel de Montería, pues yo tenía una cita en Sincelejo a las 8:30 a.m. Salí del hotel en ayunas con la idea fija entre ceja y ceja de parar a desayunar quibbes, empanadas de leche agria y avena en la famosa esquina de la turca Deyanira. Tremenda decepción me llevé cuando vi que la ventana de la turca no iniciaba labores culinarias hasta las 7 a.m.

Continúe mi viaje con la esperanza de apretarme un buen desayuno en la Ye, pero una decepción más llegó a mi estómago cuando los comedores de aquel lugar apenas los estaban barriendo y hasta el olor de tinto era una ilusión. Empeñada a no desayunar en Sincelejo seguí en mi camino observando a lado y lado de la carretera, hasta que de manera contundente se apareció ante mí en la entrada de Sahagún el más sugestivo comedor sinuano.

En efecto, a mano izquierda y bajo la sombra de una hermosa y centenaria bonga, se movía con la agilidad de una iguana asustada, una menuda morena al frente de un mostrador con más de 4 calderos de gran tamaño, 3 ollas de igual proporción y una pila de bateas y bateitas todas plenas de manjares propios para el desayuno que se acostumbra es esta región, y lo anterior lo autenticaba la fila que en silencio y orden hacían ante la morena 9 ‘‘Mancusos’’ ganaderos, todos de plato y cubierto en mano, esperando de la mano de aquella morena, su turno y su porción.

Cual mujer de la región bajé de mi taxi para observar aquel mostrador criollo… hacía muchos años no salivaba como aquel día.

La morena en cuestión, de nombre Victoria Pacheco, me recibió como si fuese su mejor amiga y me recomendó y sirvió de cada cosa como si fuese su propia hija. Estos eran los sabores de su mostrador: una olla con arroz coloreado con achiote, una olla con postas de carne estofada, una olla con presas de gallina criolla, un caldero con revoltillo de carne y huevo, un caldero con carimañolas, un caldero con tamales de pollo y cerdo, una batea con arepas de huevo, otra batea con arepas de queso, otra batea más con arepas dulces, otra más con yuca cocida y patacones, y finalmente una poncherada de trozos de queso bajero de la más blanca y deliciosa apariencia. Me senté en mi mesa y allí me llevaron un aromático pocillo de tinto, preparado con uno de los cafés mejor tostados de Colombia: Café Córdoba. Quedé plena y completamente satisfecha.

En más de una ocasión he escrito sobre el encanto que esta comida del día me produce. No entiendo cómo existen personas en el mundo que con salud y dinero asumen el desayuno como una rutina más en su vida diaria. En mi caso, vuelvo y repito, desayunar no solo es un placer, sino un auténtico ritual y se me convierte en placer absoluto cuando lo hago en una hermosa carretera con paisaje de árboles multicolores y degustando los sabores de una cocina popular que lo gratifica a uno con la gula.


Página 17 / Edición 292 / Marzo 27 de 2005