De lo lícito y lo legal

     
      Publicado en la edición 390, 17 mayo de 2009  
         
     
    De lo lícito y lo legal
     
         
     
    Los hechos que han llenado las páginas de todos los medios en las últimas semanas nos han llevado a plantear una serie de preguntas que se refieren, en términos generales, al sentido estricto de las palabras. Qué significado tiene una palabra y cuál es el que se debería entender. Porque, por ejemplo, cuando decimos “casa”, podemos estar hablando de ese lugar en el cual habitamos, o podemos estar refiriéndonos estrictamente a una construcción, o en términos abstractos al lugar donde se constituye la familia. Puede ser que en una conversación al decir “casa”, cada quien la interprete como la imagina.
    Por eso, cuando en estos días se ha usado la palabra “legal” o la palabra “lícito”, para muchos se esté hablando de la misma palabra, como si fueran sinónimos. Legal se acerca a aquello que está conforme a la ley, de acuerdo con la ley o permitido por ella. Lo que está prescrito por la ley y conforme a ella. Ahí, en este país, país de leyes, hay quienes se pegan para decir que no existe un concepto moral implícito en este concepto.
    Si algo se ajusta a los códigos, no tiene por qué ser juzgado a la luz de lo que moralmente estaría permitido. Pero claro, aquí entra un nuevo jugador en este galimatías: lo moral. ¿De qué moral se habla?, ¿los funcionarios públicos pueden hacer interpretaciones morales de las leyes o las normas? A nuestro juicio sí, pues no todo aquello que es legal es necesariamente lícito moralmente, o por lo menos no reprochable.
    Una granizada de definiciones que le dicen a uno, que de pronto es mejor soñar con ese lugar donde las actuaciones de los servidores públicos y de los ciudadanos corrientes, deberían ser no sólo legales sino también lícitas, pues lo lícito se refiere a lo justo y correcto de acuerdo con la ley, la moral o la razón. Así que las actuaciones de las personas no sólo deberían estar amparadas por los códigos, sino por la moral y la razón.
    Acaso es lícita la riqueza hecha a partir de la trampa, de la injusticia o de actuaciones que ponen en ridículo la razón de todos quienes vemos esa irracionalidad y no tenemos cómo ampararnos en ningún parágrafo para demostrar que lo que evidentemente es inmoral también es, seguramente, ilegal, injusto o ilícito.
    Claro que muchos juristas hablan de la obligación de garantizar la ceguera de la ley, que no admite metáforas, comparaciones o raciocinios. Eso en términos abstractos es a veces correcto. Pero cuando se ve que muchos delincuentes son declarados “no culpables”, que no es lo mismo que inocentes, sólo porque no hay manera de probar con algún código el delito, uno esperaría que esa ciega se quitara su venda y usara su espada para decapitar el mal.
    El reino de las palabras es un laberinto en el que la razón se pierde al buscar el camino de la luz. Muchas veces al intentar darle sentido al mundo a través de las palabras, perdemos la posibilidad de exponer con claridad una idea sólo por el hecho de no poseer ese giro exacto que distinga el sentir del alma con la realidad del mundo.