De la indignación a la herejía / Edición 288

En la indagatoria, los reos dijeron no saber “quién era el tipo”, acaso creyendo, ingenuamente, que de tal modo iba a hacerse más leve la condena. Pero uno supone que quien ama la vida agitada y sudorosa del crimen no deja de sentir, por lo menos, un interés general por los partidos de fútbol (pero aclaro: sin que el deporte rey tenga la culpa de nada, ¡no faltaba más!), así que nuestros hombres debían saber, claro, quién era el tipo: en el 2004 apareció todos los días en los noticieros (que la gente sin ley ve, así sea para repasar los goles de la fecha). Y la ácida sensibilidad de los traviesos hace que éstos, cuando visitan la casa de una celebridad, antes que estrecharle la mano o convidarle a una cerveza prefieran arrebatarle su dinero a cambio de la vida.

Bien mirado el asunto, hay que decir que esa curiosidad malsana por la bolsa ajena es algo que, más allá de los antojos de los ladrones, está en la cabeza de casi todos, y quizá se trate de un defecto colombiano o antioqueño. Tengo un primo que, lo sé bien, no ha cometido delito ni lo cometerá jamás; pero cada vez que ve a un famoso, en lugar de comentar sus libros o sus canciones, se lanza a una atormentada especulación sobre el dinero devengado mensualmente por la estrella, y con gastada ironía dice siempre: “Se debe ganar el mínimo, ¿cierto?” Por algo será que un prudente consejo sugiere no preguntar la edad a las mujeres ni a los hombres el sueldo, y por eso, otra vez, Efe Gómez escribe: “Todavía son en Antioquia tan… cómo dijera yo… ¿Todavía hacen tanto escándalo para todo? […] ¿Todavía le preguntan a uno cuándo llega, que cuándo se vuelve, y palpando la tela de que está hecho el vestido que lleva puesto le preguntan que a cómo le costó la vara?”

Sin embargo, dejando a un lado tanto cálculo y mezquindad humana, el destino se permitió en el caso Montoya un aderezo de macabra ironía: parte del botín iba a ser gastado, por parte de una familia regocijada con la suerte, en regalos para niños pobres. Mi esposa, buena y creyente hasta la médula, no ha hecho otra cosa que decirme: “Si eso es así, ¿dónde está Dios entonces?” Hasta la fecha no sé cómo responder esa pregunta (o tal vez sí sé y prefiero no decir nada), pero si el cuentista francés Guy de Maupassant viviera entre nosotros diría, contundente, que ese día Dios estaba en el sudeste de Asia preparando lo del maremoto; en “Moiron”, uno de sus relatos, un personaje exaltado formula que al Creador tanto le agrada la muerte que ideó seres que viven sólo veinticuatro horas y que mueren por puñados, y asimismo permite las tragedias infinitas en que los hombres, como moscas, mueren al buen tuntún. Parece del peor gusto echar culpas sobre un ente abstracto antes que en la humanidad ruin, pero no deja de ser una posibilidad más para explicar lo que es difícilmente explicable. Sospechas semejantes también pasaron por la cabeza del poeta César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios”.

Bien mirado el asunto, hay que decir que esa curiosidad malsana por la bolsa ajena es algo que, más allá de los antojos de los ladrones, está en la cabeza de casi todos, y quizá se trate de un defecto colombiano o antioqueño.

Luis Fernando Montoya: yo celebré a rabiar el último penalty que atajó la “Araña” Henao el pasado 1° de julio, y lo suyo me sigue doliendo así ya no sea noticia de primera página.