De buenas maneras/febrero (quincena 1)

    Tantos y tantos momentos, casi mágicos, que ojalá se repitieran de generación en generación. Me siento una afortunada de haber vivido intensamente estas historias que hoy pertenecen a mi propio imaginario. Ese, que quisiera puedan tener mis nietos cuando hablen sobre su estadía en la casa. Cada que se despiden, luego de una temporada armando carpas en el corredor, haciendo galletas de chocolate, fabricando balsas o avioncitos, coloreando con témperas y, sin falta, haciendo comitivas en el patio; dicen adiós llorando y se preguntan ¿por qué nos tenemos que ir, si queríamos quedarnos aquí para toda la vida? ese es un interrogante permanente de Emilio, que a sus cuatro años añora con su hermanita la casita de Medellín.

    Esto de fomentar vivencias cotidianas y semillas de calor de hogar parece que empezó a funcionar. Cuando en esta Navidad su papá les abrió el regalo del Niño Dios, con una nota que decía que su aguinaldo sería un viaje, juntos, al paraíso, Emilio de inmediato concluyó cual sería ese destino: ya se papi, entonces nos vamos para Medellín.

    Mi columna es en esta ocasión, para empezar el año, es un homenaje que exalta los valores familiares a partir de las cosas simples, pero muy grandes, como las que podemos disfrutar y atesorar siempre.

    ¡Ah! lo maravilloso de una casa no es que ella nos abrigue, que nos caliente, ni que uno sea dueño de sus muros. Sino, más bien, que haya depositado lentamente en nosotros estas provisiones de dulzura. Que ella forme en el fondo del corazón ese macizo oscuro del cual nacen los sueños como agua de manantial. Antoine de St. Exupery