Alguien anda por Belén (crónica)

Un periodista, antiguo habitante de Belén, después de muchos años regresa al barrio. Busca el lugar donde vivió y donde trabajó. Encuentra muchas cosas cambiadas, una vida más frenética, nuevos usos comerciales. Esta es una visión de Belén en dos tiempos, en dos ritmos
Por Pedro Nel Valencia
Me había ido de Belén San Bernardo hacía más de 30 años y nunca había vuelto. Por eso me despertaba curiosidad el eterno retorno, saber qué encontraría a mi regreso. Cómo sería caminar por esas calles ahora, calles que en aquella época parecían de una luz delicada, con las muchachas en flor. ¿Me encontraría con María, la chica de una bella sonrisa, en cuya casa yo había vivido pagando arriendo en una pieza? ¿Estaría en el mismo lugar el banco donde trabajé y, en diagonal, el liceo Montini con su animado revuelo de colegialas a la hora de entrada y salida de clases? ¿Qué habría donde mi tío tenía una pequeña tienda de variedades en cuyo fondo vivía él y más al fondo, tras una cortina, había vivido yo algún tiempo?
Es verdad que no volví a Belén, pero el barrio se me aparecía en la memoria a veces. Hasta a Madrid, a donde me fui a vivir en 2001, me llegó su viva imagen, cuando el 29 de mayo de 2003 un mail me anunció una mala noticia. Era un mensaje de Óscar, mi hermano:

Hola, Pedro Nel:
Afectuoso saludo

Te cuento que falleció nuestro tío Toño. De enero para acá se encontraba muy mal de salud. Por estos días estuvo en Medellín, hasta el pasado lunes que fue trasladado al hospital de El Peñol para hacerle exámenes por medio del Sisben. Hoy a las 8:30 de la mañana murió al parecer por una enfermedad de los pulmones.

Hasta pronto,
Muchísima suerte,
Óscar Iván.

>>Tarde de juegos en Belén Rincón. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

Me hubiera gustado ir al entierro, pero no podía salir de España porque aún no tenía permiso de residencia y si pasaba la frontera ya no podría volver. No quedó más que rumiar algunos recuerdos, el más antiguo, ya envuelto en las nieblas del tiempo, cuando era niño y vivía en El Peñol. Por alguna razón, Toño se había ido lejos y regresó un día al pueblo a visitar a su hermana Inés, mi madre. Fueron dos días que todos mis hermanos y yo pasamos jugando con él, un tío joven y bromista. Pero se fue de nuevo y
por muchos años no volvimos a saber nada de él, incluso ni mi madre.

Se convirtió en una intriga, una leyenda. Que estaba en la Costa Norte, que lo vieron en el barrio Aranjuez de Medellín, que había abierto una tienda en la 45 de Manrique, que vivía en Cali. Eran rumores y ninguna certeza.
La verdad la trajo, por fin, un familiar lejano de nosotros. Nos contó que Toño tenía un pequeño negocio de cacharrería en Medellín, en el barrio Belén Las Playas. Alguien de la familia lo visitó en un reencuentro feliz. Después mis dos hermanos más pequeños estuvieron donde él paseando algunos días. Entonces yo había entrado a la universidad, estudiaba Periodismo a primera hora de la mañana y en la noche, mientras en el día trabajaba en el Banco Agrario, que por la época figuraba como Caja Agraria.

Visité a Toño; su pequeño negocio quedaba en una esquina. En la parte delantera estaba la mercancía que vendía, en el fondo su cama y a un lado un mesón con una estufa de dos puestos en la que hacía su comida. En ese reencuentro con el tío experimenté

su gran simpatía, la misma que le conocí en mi niñez.
Toño era un personaje en esa zona de Belén. Todos lo llamaban ‘El Mono’, por su piel blanca y ojos claros. Tenía una voz fuerte pero amable.


Cruce de la carrera 76 con la calle 30, en la estación Belén, de metroplús. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

De pura casualidad el banco me asignó a la sucursal situada a media cuadra del Parque de Belén. En ese trabajo me encontraba bien, aunque la labor era intensa, más sumándole mi asistencia de madrugada y de noche a clases. En el banco trabajaba con Zoila, quien hacía los tintos y el aseo en la oficina; era una mujer negra, entrada en edad, de baja estatura, robusta, de andar rengo y hablar lento, que se quejaba de algunos achaques, hermoso personaje. El cajero era Gonzalo, quien por las tardes echaba calle arriba a estudiar Contabilidad en la Universidad de Medellín, situada cerca. El director de la oficina, Orlando, un tipo de El Carmen de Atrato, Chocó, simpático y hablador. La contadora, Amparo, una mujer solterona que parecía vivir añorando a algún hombre de su pasado. En cuentas corrientes laboraba Ramón, un muchacho llegado de un pueblo lejano del occidente antioqueño, noble y jovial. Era auxiliar de ahorros Lilian Sofía, hija de un alcalde todo terreno, de esos que nombraba la Gobernación de Antioquia cuando aún no había elección de alcaldes, y ejercía de pueblo en pueblo. Yo era a la vez auxiliar de ahorros y ‘patinador’, el que hacía las vueltas en otros bancos y llevaba en la tarde a la sede principal de la Caja Agraria, en Colombia con Carabobo, en el Centro de la ciudad, el canje que era un montón de cheques de otros bancos que habían consignado los clientes. Una tarde, en un bus de Belén en el que iba con el canje, se me perdió ese manojo de cheques que tenía en alguna tula, y vaya rollo se armó.

Iba a almorzar a la Plaza de Mercado de Belén, en la carrera 76, a un restaurante de un cliente del banco. Vendía un sancocho espectacular, aunque yo pedía otros platos y el sancocho lo comía una o dos veces a la semana.

De la oficina también solíamos ir a tomar café en leche con buñuelos a la cafetería Los Bachilleres, en una esquina del parque. Era de varios hermanos, con peinado y estética de The Beatles, que ponían baladas de Beto Fernán… “Te llevaré muchacha hacia mi tierra natal…”, algo así.


Belén Rincón, rodeado de urbanizaciones. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

Belén estaba totalmente unido a Medellín, aunque al parecer le quedaban rezagos de pueblo pues antiguamente había estado aislado de la ciudad por quebradas, mangas y arenales. Entre las mujeres de más edad que yo atendía en el banco aún se les oía preguntar: ¿Vas a ir esta tarde a Medellín?, aunque el Centro de la ciudad sólo quedaba a 25 minutos en bus, dependiendo de si había o no trancón.

Por el parque pasaba la carrera 76 que se iba hacia Belén San Bernardo y llegaba a Belén Rincón y a la antigua agencia estatal de seguridad DAS, cuyas calles adyacentes permanecían llenas de una multitud que estaba en los engorrosos trámites para sacar el certificado de antecedentes penales, que lo exigían para muchas cosas, hasta para ingresar a un trabajo.

… Más de 30 años después he vuelto a Belén. Mi hijo me lleva en su carro y nos acompaña un hermano mío. Por unas calles pequeñas de un costado de la Iglesia del parque subimos y salimos a la 30 A…
Por esos días el tío Toño se trasladó con su negocio y su cama de la carrera 72 a la 76, a unas cuatro cuadras del parque, luego de pasar un puente sobre una quebrada.

La 76 era una de las vías más movidas de Belén en tráfico vehicular y también peatonal. Se veían carros y gente a toda hora hasta altas horas de la noche, que iban o venían del parque. Así que la cacharrería de Toño estaba bien ubicada y no le faltaban los

clientes, graneaditos en semana, con una afluencia mayor los sábados y domingos.
Con el tiempo me pasé a vivir a Belén San Bernardo. Una señora, doña Eufrosina, que tenía cuenta de ahorros en el banco donde yo trabajaba, me ofreció alquilarme una habitación y acepté, pues yo vivía en un barrio lejos del trabajo. Quedé a unas cuantas cuadras de mi tío Toño.

Doña Eufrosina vivía de la pensión que le había dejado su marido, un jubilado de Ecopetrol, que trabajó toda la vida en Barrancabermeja y había muerto unos años antes. Él era paisa y ella santandereana. No tuvieron descendencia. Con doña Eufrosina vivía María, simpática muchacha que trabajaba en una ferretería y era tratada por la anciana como si fuera su hija. De alguna manera a mí me trató igual, cuando viví en su casa. Doña Eufrosina entonaba una balada: “Siento que una sombra extraña se ha posado en tu mirar…”, y decía que esa era la canción que siempre le había dedicado su desaparecido compañero.

>>Iglesia de Nuestra Señora de BelénFotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

En Belén yo caminaba en la noche sin miedos. Una señora que vivía cuatro cuadras más abajo, en Belén Las Playas, me vendía la cena. Se llamaba doña Amparo y su casa era en ladrillo pelado. Tenía una hija, de 14 años, que se sentaba a la mesa conmigo cuando yo cenaba, pues su madre le decía que me acompañara. Era una niña de piel trigueña, de rostro hermoso y ojos melancólicos que se quedaba todo el rato mirándome, y su madre me decía que yo tenía que esperarla para que dentro de unos años fuéramos novios, lo que no parecía descabellado pues yo sólo tenía 20 años. En la casa había otros personajes simpáticos, un hombre a quien llamaban Pastrana y un par de primas de doña Amparo que vivían allí con sus maridos.

Unos meses después me pasé a vivir donde el tío Toño. Me insistió que viviera con él para que me ahorrara el arriendo y en fines de semana y festivos le ayudara en el almacén. Me llamaba mucho la atención ese mundo de Toño, su negocio, sus clientes, las chicas que a toda hora llegaban a hacer bromas con él.

Él puso su cama, plegable, dentro del negocio, y la mía quedó detrás de una cortina, al fondo del local.

El retorno
Más de 30 años después he vuelto a Belén.

Mi hijo me lleva en su carro y nos acompaña un hermano mío. Por unas calles pequeñas de un costado de la Iglesia del parque subimos y salimos a la 30 A, donde dejamos el vehículo en un parqueadero.

Bajamos hacia el parque, pero yo me detengo a cada instante, pues esa calle 30 A, aunque estrecha, se abre como una autopista para mi memoria. En ella, media cuadra antes del parque debe estar el banco en el que trabajé.


Fabiola Sánchez, testigo permanente del transcurrir de Belén. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

En la esquina de la 78 me encuentro una mujer en un puesto de venta de chance, Fabiola Sánchez, quien me dice que lleva trabajando allí más de 20 años. Fabiola me hace caer en cuenta que estamos en la acera del antiguo colegio femenino Montini, una edificación de cuatro pisos, hacia la que alzo la mirada y para mi sorpresa lo que encuentro son ventanales oscuros y maltrechos, un edificio abandonado y casi tenebroso, con un letrero en el centro de “Se vende”. Fabiola me cuenta que hace varios años ese colegio dejó de funcionar allí e instalaron una comisaría de menores, pero los muchachos se volaban fácil, y la cerraron. Mientras dialogo con Fabiola, mi hijo y mi hermano se adelantan hacia el parque.

Fabiola me entera de cambios en el barrio. La Plaza de Mercado (donde hacían aquellos sancochos de los que uno no dejaba sino el hueso chupao) ya no existe; el sitio lo ocupa un bloque de apartamentos. Igualmente, un almacén de gran superficie que estaba a un lado de la Plaza había pasado de dueño en dueño y ahora se llama de otra manera.


El paso del metroplús ha vitalizado la calle 30, en Belén. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

La mujer, pelo teñido de amarillo y muy corto, me dice que cumplió 60 años. Nació en Olaya, Antioquia, joven se instaló en Envigado, pasó al barrio París, de Bello, y luego a Belén, donde vive desde entonces, en los últimos años en una habitación alquilada. Tiene una hija y dos nietos que habitan en la zona noroccidental. En su puestecito de chance en la acera ha visto nacer y morir negocios en el local justo detrás de ella que ha sido cafetería, licorera, restaurante, tienda naturista, venta de carnes frías, venta de helados y ahora Droguería Ecodescuentos Belén.


Parque Biblioteca de Belén. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

Me muestra lo que yo estoy ansioso por ver, aunque ya lo sospechaba: “Vea, allá era donde quedaba el Banco Agrario hasta hace varios años, lo que antes fue la Caja Agraria”. Me despido de Fabiola y paso a la acera del frente en busca del sitio donde había trabajado tres décadas atrás. Me encuentro nuevos vecinos: una cerrajería y una carpintería. Luego, entre una tienda naturista y un negocio de telefonía celular, está el local donde quedaba el Banco Agrario, en el primer piso de una edificación de cuatro pisos… Ahora funciona en el sitio una tienda de artículos de cuero, ‘Artecueros’. Conserva las puertas amplias, estilo garaje, que tenía el banco: en una está la vitrina del negocio y la otra la forman dos alas de vidrio que apenas las franqueo activan un sonido de campanillas alegres que me recuerda a alguna casa en la playa. Adentro están pegados a las paredes los estantes con bolsos, correas, zapatos, chaquetas, billeteras… Todo ese espacio era donde antes teníamos los puestos para atender a la clientela del banco. Una joven sonriente me recibe y le confieso que sólo quiero curiosear y conocer qué hay allí donde trabajé hace muchos años. Le hago una pregunta y me remite a un hombre que está atrás, donde el local se estrecha, trabajando en una máquina artículos de cuero. El tipo, amable, me hace seguir y me cuenta que ese local está ampliado pues los dueños compraron un solar más atrás que les sirve de bodega. Junto donde está él, veo la pequeña cocina en la que Zoila hacía el café y la recuerdo de nuevo con toda claridad, su andar cansino, su voz pausada, su bondad. ¿Qué habrá sido de Zoila y de todos los demás? ¡Ha pasado tanto tiempo!


Aquí quedaba hace más de tres décadas la sede de la Caja Agraria. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

Regreso a la parte de adelante, veo en una vitrina pequeños objetos de cuero. Aprovecho para comprar una billetera como me gusta, pequeña, sin muchos compartimentos, que no forme un morro en el bolsillo del pantalón. Me cuesta 48 mil pesos. Doy las gracias y salgo, me despiden las campanillas alegres.

… La 76 es un solo mercado, una sucesión de negocios de toda clase, cacharrerías, mueblerías, tiendas de ropa; una carrera saturada de comercio como no era antes…
Bajo hacia el parque. Ante mis ojos ya no se ven tantas viviendas como antes; desfilan negocios de venta de colchones, una cooperativa, un laboratorio clínico, una boutique, una papelería, y en la esquina ya no está la cafetería Los Bachilleres. Llego al parque y me encuentro con un montón de cajas de plástico y en medio de ellas tres vendedores de frutas y verduras. Están uniformados con delantales y gorras de color beige. A un costado, la iglesia gris con su reloj marcando las 3:05 de la tarde. El parque me parece el mismo de siempre, con árboles frondosos, con algunos letreritos en los que figura la especie. Troncos y follaje inmensos. Árboles de cocuelos o bala de cañón gigantes; a uno de estos se le cayó una rama, en aquellos años, y fue suficiente para que dañara siete taxis de un acopio que había en el parque. Hay bancas por todas partes, la mayoría ocupadas por jubilados, algunos conversan. Lo normal, las palomas y los niños corriendo tras ellas.

Busco a mi hijo y a mi hermano y vamos a almorzar a un restaurante cercano. Me sorprende que vendan ajiaco; en el tiempo en que viví en el barrio habría sido imposible de conseguir. Pido uno. Mientras sirven los almuerzos les muestro a mi hijo y a mi hermano mi adquisición. Aprovecho para pasar a la nueva billetera los documentos de la vieja que está que se deshace en pedacitos. La arrojo a un recipiente de basura del restaurante.

Ahora caminamos por el costado oriental del parque, por donde va la carrera 76. No veo los bancos que había antes en ese costado, a los que yo iba a llevar cheques de mi banco. Nos alejamos del parque, cruzamos la 30 y seguimos hacia Belén San Bernardo en busca del local que tuvo el tío Toño y donde viví con él. La 76 es un solo mercado, una sucesión de negocios de toda clase, cacharrerías, mueblerías, tiendas de ropa; una carrera saturada de comercio como no era antes. Llegamos a la 27 A, por donde baja una quebrada, cruzamos el puente y entramos en territorio de Belén San Bernardo. Pasamos por la acera de unos cuantos almacenes y pronto estamos frente al local que ocupó el tío Toño, su tienda variada, a la vez papelería, cacharrería y venta de regalos y juguetes.

Sigue siendo un negocio parecido al de mi tío, una tienda de variedades, ahora atendido por dos mujeres jóvenes. Como es sábado en la tarde, está lleno de clientes. Afuera, la calle con mucho tráfico de vehículos y buena afluencia de gente por las aceras.
… Una tarde de sábado, hace 30 y pico de años, cruza los temporales del tiempo y la memoria. Estoy leyendo una novela recostado en mi cama, detrás de la cortina. Adelante, en el negocio, el tío Toño juega ajedrez con un amigo, juegan al estilo que llamamos ‘pinponeado’, rápido movimiento de fichas, mueve uno y mueve el otro de inmediato. Los oigo desde donde leo.

–Jaque– dice el amigo.
–No… pues ganó– dice en tono burlesco Toño.
–Mono, muéstreme qué esmaltes tiene –dice una muchacha que acaba de entrar a la tienda.
–Tengo los que querás, preciosa.
Se oye a Toño dando unos pasos.
–Vea este qué bonito.
–Ahh, pero tan oscuro… mostrame otros.
–Jaque– dice Toño mientras se oye descargar la ficha en el tablero.


Tertulias y buena música hacen de Bonanza una fonda referencial. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 28 de julio de 2015

Juega y vende, vende y juega… Así se pasa la tarde de sábado y parte de la noche. Si hay congestión de clientes salgo y le ayudo un rato. Y vuelvo a leer. En algún momento Toño entra a la trastienda a hacerse de afán un café. Me ve leyendo, sonríe y exclama: ¡Cómo harán para meterse tantas letras en la cabeza!

Sale y vuelve a la partida de ajedrez. Sigue el golpeteo de fichas…

Con mi hijo y mi hermano vamos de regreso al parque para subir por la 30 A a buscar el carro. Sé que unas cuadras más arriba están Los Molinos, un moderno centro comercial de varios pisos. El barrio ha cambiado mucho. No estoy en capacidad de concluir si para bien o para mal. Posiblemente no cabe ninguna lamentación. Belén, en su parque, en la 76, en la 30 y 30 A y en muchos otros sectores se montó en el tren veloz, ruidoso y medio desordenado de la vocación comercial de la capital antioqueña. Seguro no hay la tranquilidad de hace 30 años, pero es un barrio vital. Ni mejor ni peor. Ahora… no quiere decir que no hagan falta los buñuelos de la cafetería Los Bachilleres, hoy en día ocupada por una agencia de arrendamientos; y se extraña al tío Toño y a mis compañeros del banco, con Zoila que iba por ahí quejándose no sé de qué mal…



El cronista

Pedro Nel Valencia (El Peñol, Antioquia). Periodista de la Universidad de Antioquia. Se inició como reportero en 1978 en El Espectador, cuando empezaba la carrera y laboraba en un banco. Trabajó también en el periódico El Mundo, en el noticiero TV Hoy, en la emisora Todelar, en el diario El Tiempo (como director del noroccidente del país) y en la revista La Hoja. Entre 2001 y 2011 residió en Madrid, donde trabajó en varios medios y dirigió el periódico Latino, con 500 mil lectores. Realizó una maestría en Migraciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas, de Madrid. Publicó el libro Días de fuego y, con otros periodistas, Medellín Secreto. Ha dado cátedra en universidades de Medellín y ofrecido conferencias en universidades españolas y en Casa de las Américas, de Madrid, sobre periodismo narrativo y periodismo e inmigración. En 1984 ganó el Premio Simón Bolívar en la categoría Crónica y Reportaje. Una crónica suya figura en la Antología de Grandes Crónicas Colombianas. Ahora es editor de El Meridiano, de Montería.