Lágrimas de amor en Altavista (crónica)

Un retrato sobre este corregimiento de 34 mil habitantes, a través de una visita que el autor de esta crónica hizo dos años después de haber sido testigo de un acontecimiento trágico
Por José Guarnizo Álvarez
A Julián lo velaron en un sencillo salón comunal atestado de niños y vecinas que lloraban desconsoladas. A medio día —bajo la opresión de un calor pegajoso— entró al recinto Laika, la perra pastor alemán que el joven difunto había criado en el diminuto sardinel exterior de su casa, en el barrio El Concejo, del corregimiento de Altavista.

El animal revoloteaba de un lado a otro, inquieto, mientras los deudos se preguntaban cómo era posible que hubieran matado a un niño de 15 años, que se había pasado media vida aprendiendo el arte de los mimos y los payasos.

Cuando Rosa Amelia Nanclares, la mamá de Julián, decidió abrir el ataúd, Laika se acercó moviendo la cola y luego comenzó a ladrar desesperadamente. Amelia, en medio de su propia tragedia, intentó separar a la perra, pero resultó inútil. Ahí, ante el escándalo de unos ladridos que me atrevo a decir eran de dolor, me di cuenta de que para un animal nunca podrá ser indiferente la muerte de su amo.

Pero aún más portentoso fue lo que ocurrió después. Camilo Baena, el muchacho que le enseñó a Julián los trucos y las peripecias de la pantomima, se apareció en el centro de la sala, de cara al féretro. En medio de un círculo de niños que se fue armando, Camilo abrió un maletín y sacó maquillaje para blanquearse la cara y proceder con un acto en honor a Julián.

Bastó que Camilo destapara el tarro de glicerina y dióxido de titanio, esa mezcla de pintura con la que los mimos se cubren el rostro, para que Laika se le tirara encima. El olfato le indicaba, no me cabe duda, que se trataba del mismo olor al que su amo la acostumbró cada vez que se alistó para alguna presentación de clown.

Laika solo se vino a calmar cuando en la pared proyectaron una foto de Julián en la que se veía parado sobre un escenario, maquillado, peinado con una cresta de gallo que lo hacía ver como un Drácula, pero chistoso. Laika entonces se echó debajo de la imagen. Y así se quedó, mansa, impávida, como sabiendo que algo de su amo sobrevivía todavía.


Laika, durante un homenaje a su amo Julián Taborda, el día de su velación. Solo se calmó cuando vio su imagen proyectada en la pared. Foto José Guarnizo, 10 de enero de 2013

Esa ha sido la única vez en mis años de periodista que no he podido contener un llanto en la mitad de un trabajo de reportería. El escenario, los niños, los cinco hermanitos menores de Julián, el llanto de las señoras, el féretro, Laika, el traje de payaso de Julián colgado de un gancho en una esquina de la sala, todo junto, me produjo una opresión en el pecho, muy parecida a la de alguien que se está asfixiando. Mientras le tomaba fotos a Laika, en un acto más mecánico que consciente, sentí el sabor cobrizo de las lágrimas que se me descolgaban a chorros por las mejillas.


En 2013, el asesinato de un menor que soñaba con ser payaso y mimo conmovió a Altavista. Foto José Guarnizo, 10 de enero de 2013

A partir de ese momento perdí la concentración y me di cuenta de que ya no estaba ahí para hacer entrevistas ni para escribir una crónica. Gracias a esa escena, que presencié el jueves 10 de enero del año 2013, experimenté la culpa. ¿Dónde estábamos todos antes de que asesinaran a Julián? ¿Por qué Altavista nunca estaba en las noticias que publicábamos los medios de comunicación? ¿Por qué como sociedad habíamos permitido que mataran a un niño? ¿Qué tuvo que ocurrir en Medellín como para que una banda armada se tomara la potestad de eliminar artistas a punta de bala? Aunque demasiado tarde, fue entonces cuando me propuse saber todo lo que pudiera de la vida de Julián Andrés Taborda Nanclares, un jovencito desconocido de 15 años, a quien la ciudad no volteó a mirar para salvarle la vida.

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Desde el Ecoparque La Perla, uno de los puntos más encumbrados de Altavista, la ciudad de Medellín se ve perfectamente como una planicie a la que las montañas le rinden pleitesía. Difícil encontrar una perspectiva más abrumadora de lo que significa la extensión del Valle de Aburrá.

Dicen que por estas trochas descendió por primera vez el expedicionario Jerónimo Luis Tejelo, quien, según los españoles, descubrió lo que hoy se conoce como Medellín. En la vereda La Buga, un poco más al norte de La Perla, sobrevive un camino de herradura por donde se supone llegaron, en el siglo 16, los conquistadores.

Es curioso que el primer lugar por donde ingresó el hombre del viejo continente hubiese terminado, con el paso de los siglos, convertido en un asentamiento marginal, allí mismo donde el desarrollo tocó la puerta tardíamente, allí donde ahora conviven unas 34 mil personas esparcidas en un territorio montañoso de 27 kilómetros cuadrados, según los perfiles demográficos de la Alcaldía de Medellín.

Altavista puede ser un lugar privilegiado o estratégico, depende de cómo se le mire. Si es por el paisaje, este es un corregimiento verde, urbanizado alrededor de un cañón, con acceso a pequeñas maravillas naturales como los charcos de La María, donde muchos habitantes de Altavista recuerdan alguna vez haber ido a un paseo de olla.

Pero también esta zona ha sido estratégica para los grupos armados. Detrás de la montaña hacia el norte está la vereda Aguas Frías y un morro más allá, la comuna 13, uno de los escenarios más conflictivos de la ciudad, desde la década del 80 hacia acá.

Estar tan alejado de Medellín por el noroccidente, hizo que a Altavista la educación llegara muy tarde y la violencia muy rápido. Las mismas bandas de jóvenes armados que aparecieron en las laderas de la gran ciudad, se reprodujeron en este corregimiento de obreros, amas de casa y desempleados. El 85 por ciento de los habitantes hoy vive en casas de estrato 2; y un 15 por ciento, en viviendas que pertenecen al 1. Aquí no hay ricos.

En Altavista hubo oleadas de violencia intermitentes, que alcanzaron su momento más crudo el 29 de junio de 1996, cuando fueron asesinados, a manos de paramilitares, 16 jóvenes en plena vía principal. Fueron acusados de pertenecer a las milicias urbanas del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Según los familiares de las víctimas, en la masacre participaron agentes del Estado. Así quedó registrado en una demanda que llegó hasta instancias de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ahí mismo, donde esa noche tronaron los fusiles en contra de civiles ahora hay un mural que pintó la artista María Paulina Pérez, bautizado con el título de Rugir de risa. Donde hubo muerte ahora están los retratos de muchos de los jóvenes que se dedican al teatro, a los malabares y al clown. Entre los rostros que quedaron plasmados para la posteridad está el de Camilo Baena, el mismo mimo que ejecutó el homenaje póstumo en la sala de velación.


Rugir de risa, mural elaborado por la artista María Paulina Pérez en el sitio donde en 1996 fueron asesinados 16 jóvenes por un grupo paramilitar. Foto Róbinson Henao, agosto 30 de 2015

Por los días del asesinato de Julián, algo de esa violencia de los 90 pervivía todavía. La guerra estaba cantada entre dos bandas armadas que no se podían ver ni en pintura: Los Chivos contra el combo de La Lágrima, como llaman al sector donde vivía Julián.

Han pasado dos años y Altavista luce mucho más tranquilo. En las esquinas aún se ven muchachos que miran atentos a cualquier extraño. Pero la atmósfera es distinta. Una de las razones que me empujaron a volver a Altavista fue saber qué había sido de la vida de Amelia, la mamá de Julián. ¿Cómo estarían los otros cinco hermanitos? Y Laika, la perra, ¿qué habría sido de ella? Antes de encontrarme con Amelia, caminé por la misma calle por la que Julián corrió desesperado a esconderse el día que lo mataron, esa tarde del miércoles 9 de enero de 2013.

Julián, que se había salido de estudiar hacía varios meses, cruzó una frontera prohibida. Hubo personas que dijeron haberlo visto pasar por el sector El Hoyito rumbo a la parte alta de Altavista, donde queda Casa Arte, el colectivo de clowns en el que ensayaba casi todos los días. Se sabe que tres muchachos persiguieron a Julián, quien alcanzó a esconderse en la casa de unos vecinos.

Sin embargo, cuando ya parecía estar a salvo, se percató de que afuera se le había caído la gorra que llevaba puesta. En medio del trance, tal vez sin haberlo meditado bien, Julián salió nuevamente. Y fue ahí cuando le dispararon. Según la Fiscalía, los sicarios le descargaron diez disparos.

Al pasar por el mismo sector, recordé lo que en su momento me contó Amelia. Cuando a ella le avisaron que habían matado a su hijo, prefirió creer que se trataba de una confusión. Salió de la casa corriendo hasta que se topó con una escena ya rodeada de curiosos y de agentes del CTI, de la Fiscalía. “Yo le vi los zapatos de lejos y dije, ‘no, ese no puede ser mi niño’”.

 “Esa perra no hizo sino llorar parejo conmigo”, dijo Amelia en la sala de velación
Antes de que llevaran a cabo el levantamiento del cadáver, Laika saltó en medio de la romería y comenzó a rodear el cuerpo de Julián, que en ese momento yacía tirado sobre el asfalto. La imagen que de ese instante se le quedó a Amelia en el recuerdo, es la de Laika ladrándole, iracunda, a los muchachos del CTI.

A decir verdad, Amelia nunca vio con buenos ojos que Julián tuviera una perra tan grande en una casa tan diminuta, en la que había tantas bocas humanas que alimentar. “’Ay, Julián, cuántas veces le dije que no se pusiera a traer animales. Yo no sé usted qué va a hacer para darle comida a esa perra’”, le dijo Amelia a su hijo cuando lo vio llegar por primera vez con Laika recién nacida.

Dos veces, en un lapso de seis meses, Julián había logrado que en la casa le dieran 25 mil pesos para que se comprara unos zapatos. En ambas ocasiones regresó sin nada, con los mismos tenis rotos de siempre. Todo vino a tener sentido con la llegada de Laika.

—¿Y usted de dónde sacó la plata para conseguir una perra de raza? —le preguntó Amelia.

—¿No se acuerda de las dos veces que me dieron de a 25 mil pesos para que me comprara unos zapatos? Bueno, pues esta perrita me la vendieron por 50 mil— contestó Julián, esa vez.
Y Amelia tuvo que recibir a Laika a regañadientes. Pero algo de esa percepción cambió a partir del día que mataron a Julián. Cuando los agentes del CTI estaban montando el cuerpo en la parte trasera de la camioneta, Laika ladró sin parar. Uno de los funcionarios tuvo que empujar a la perra con algo de violencia para que les permitiera terminar el procedimiento.

Laika no se resignó y se metió debajo de la camioneta. Fue un momento incómodo y desesperante que Amelia percibió como la confesión de amor de parte de un animal hacia su dueño. Amelia interpretó la actitud de Laika como la de un miembro más de la familia que no se resigna a la pérdida de un ser querido. “Esa perra no hizo sino llorar parejo conmigo”, dijo Amelia en la sala de velación. 

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El primer domingo de cada mes, el Ecoparque La Perla se llena de vecinos que asisten a una fiesta particular: el festival de la olla, la imaginación y la abundancia. Es la concreción de una idea que se le ocurrió a Augusto Díez, el hombre que se soñó para Altavista una fiesta en la que no faltara la comida. Unas 400 personas de todas las edades, llegan hasta este sitio para tomarse un chocolate, un canelazo o una aguadepanela con pan, mientras ven pasar por el escenario a los muchachos de Casa Arte, de Utopía, o de cualquier otro grupo teatral invitado.

Díez, un personaje salido del molde, fundó la Universidad Lúdica de Frontino, el único claustro académico del mundo cuya sede siempre fue imaginaria. El estudiante que se inscribiera podía asistir, indistintamente, a la Facultad de la Ilusión, a la de Zancos o la de los Malabares. Incluso, cualquiera podía inventarse una facultad, si quisiera.

Antes de su muerte, Díez alcanzó a planear cómo podría llevarse a cabo la fiesta que actualmente se celebra en La Perla. Para que fuera un éxito, los organizadores debían comprar una olla Imusa, referencia 144, es decir, la más grande del mercado.

Para la inauguración, Díez se imaginaba a artistas, payasos, mimos y locos cargando la olla, en un desfile que saliera desde el almacén de Imusa, en Medellín, hasta las calles de Altavista. Así, tal cual, se hizo la primera fiesta. Muchos tildaban a Díez de desquiciado. Menos, eso sí, los muchachos de Casa Arte. Para ellos era totalmente válido y sensato que Díez, una persona de 64 años, se parara en la mitad de una autopista concurrida, con un letrero en la mano que decía: “Exigimos del Gobierno Nacional una olla para hacer la fiesta más grande del mundo”.


Casa típica en el corregimiento de Altavista. Foto Róbinson Henao

Díez se suicidó el 16 de noviembre de 2011, el mismo día en que cumplía años. Se tiró a las aguas del río Cauca, después de haber mandado a hacer su propia lápida. “Yo me voy a organizar una fiesta con Dios porque aquí a mí nadie me cree”, alcanzó a decir. Pero en Altavista quedó su legado, su espíritu, su impulso sembrado en la cabeza de un montón de pelaos para quienes el arte comenzó a ser tan importante y tan serio como la vida.

Y Julián fue uno de ellos. Luego de su asesinato, el semillero de niños que habían comenzado con él en Casa Arte, se fue desintegrando. Unos porque crecieron y vieron como plan de vida nuevas opciones, otros porque se quedaron en la esquina consumiendo drogas. Solo uno entró a la universidad. Pero si se mira bien la lista, la mayoría de los compañeritos de Julián aún hoy siguen añorando estudiar Teatro o dedicarse de lleno a las técnicas de mimo.

Juan Diego Guerra también es experto en malabares con patines. Foto Róbinson Henao

Juan Diego Guerra, de 16 años, es el mejor ejemplo. Me lo encontré subiendo unas empinadas escaleritas y cargando por la espalda el marco de una pesada ventana, bajo un sol incandescente. Desde que se salió del semillero dedica la mitad del tiempo al colegio. En los ratos libres trabaja con su padre en un taller. Juan Diego o “Buñuelito”, como le decían en Casa Arte por su baja estatura, es experto en malabares con patines. Es capaz de hacer saltos mortales y acrobacias propias de un profesional. Sin embargo, es posible que su futuro esté en el servicio militar, pues no se vislumbran oportunidades para que estudie Teatro. Desde hace varios meses dice estar ahorrando para comprarse unos patines con los que pueda seguir practicando sobre rampas o barandas, pero los poquitos pesos que se gana nunca le darían para ello. Unos patines de tales especificaciones pueden costar unos 700 mil pesos, toda una fortuna en Altavista.

Alejandro Castañeda, el mejor amigo de Julián, ya tiene 18 años. Está por terminar el bachillerato y dice que está resuelto a estudiar Teatro, a como dé lugar. Pese a que no hay muchos recursos en la casa, Alejandro cuenta al menos con el apoyo de Fátima Zapata, su madre.

Para ella, una mujer afable, de facciones finas y actitud bondadosa, la muerte de Julián ha sido el golpe más duro que ha tenido que soportar en la vida. Fue como si le hubieran matado a su propio hijo. El hecho de que Alejandro fuera la persona más cercana a Julián, hizo que Fátima, una vez ocurrido el crimen, huyera del barrio.

En la penumbra de las 3 de la mañana, Fátima y Alejandro salieron de Altavista, vistiendo sacos con capucha y cargando unas cuantas maletas. “Cuando me llegó el comentario de que mi hijo era el próximo artista que iban a matar, me fui sin pensarlo dos veces. Estaba muy nerviosa, totalmente llena de miedo”, recuerda Fátima.

El destierro duró un mes. Fátima volvió con su hijo solo porque los miembros de las bandas armadas del sector le garantizaron que Alejandro no debía nada. El regreso de la familia se dio en el transcurso de un momento social nunca antes visto en la historia de Medellín.

Y es que después de la muerte de Julián, unos 200 grupos y colectivos artísticos de la ciudad y del país, voltearon los ojos hacia Altavista y emprendieron una cruzada por tomarse el corregimiento. La idea, que contó con el apoyo de un sinnúmero de organizaciones sociales, era llevar a cabo una programación artística durante todo un fin de semana, a lo largo de todos los barrios de Altavista, sin importar las fronteras invisibles o la presencia de los combos. A ese evento lo llamaron Convidarte.

“No les pedimos permiso a los grupos armados. Simplemente hablamos con ellos y les dijimos, ‘vea, vamos a traer a todos los artistas de Medellín y todos van a poder atravesar los barrios sin ser molestados. Vamos a comenzar el jueves a las 12 de la noche y terminamos el domingo. Durante ese lapso, nos tienen que respetar la vida. Después de eso, ustedes verán qué hacen”, cuenta Camilo Baena.

Camilo, apoyado todo el tiempo por los artistas, logró que el jefe de Los Chivos hablara por celular con el líder del combo La Lágrima. Cuando alias “el Negro”, de Los Chivos, terminó de conversar con su archienemigo, tiró el teléfono contra la pared. “Listo, vamos a hacer una tregua”, dijo.


Camilo Baena, líder del colectivo Casa Arte. Foto Róbinson Henao

Fue como un milagro. Convidarte pasó a la historia como el único evento que trajo un respiro necesario luego de un largo e insufrible lastre de violencia, el mismo que le quitó la vida a Julián. Desde el jueves 31 de enero hasta el domingo 3 de febrero de 2013, jóvenes y viejos de Altavista pudieron desplazarse por el corregimiento sin temor a ser sospechosos de algo.

Con el paso de los meses, la Policía fue capturando a los principales cabecillas de Los Chivos, una banda legendaria que tenía como área de influencia la parte baja del corregimiento. El 13 de julio de 2013 capturaron a 14 integrantes, que fueron acusados de concierto para delinquir, extorsión, homicidio y tráfico de estupefacientes. “Pipe Trino”, “Moquillo”, “Ojón”, “Nea”, “Calucho”, “Titico”, “Diego rata”, “Caposan”, “Jerson” y “Pipe Gomina”, se fueron para la cárcel.

Lo anterior no quiere decir que los combos se hayan acabado en Altavista. El cobro de vacunas, el control territorial, los homicidios selectivos cada tanto, son fenómenos que se siguen presentando, aunque de manera más velada.

Pero algo sí cambió. Nadie volvió a meterse con los artistas. Actualmente, hay incluso sobreoferta de actividades lúdicas para los niños los fines de semana. Ya no solo está Casa Arte, que en dos años ha crecido y ejecutado proyectos tan grandes como el Festival de Circo al Aire Libre. Los más pequeños ahora se debaten entre asistir a las actividades del Inder, el coro de la Iglesia, el grupo de guardabosques, las corporaciones culturales, los grupos de danza.

Al tocar a la puerta donde vivía Julián, sale Amelia en pijama. Es su día de descanso. Para sostener a los cinco hijos, que ahora tienen 11, 9, 7, 6 y 4 años de edad, Amelia se ayuda lavando ropas ajenas a mano. En la sala hay un bulto enorme de prendas para entregar.


Amelia Nanclares aún no asimila la muerte de Julián, el mayor de sus seis hijos. Foto Róbinson Henao, agosto 30 de 2015

A juzgar por sus palabras, Amelia no ha podido superar la muerte de Julián. El fin de semana anterior estuvo en el cementerio y se dio cuenta de que, para el bien de su estabilidad emocional, es mejor no volver. “Siento mucha angustia de pensar que adentro de esa tumba está mi niño. Cómo estará su cuerpo, su pelo. Ese pelo que tanto se cuidaba. Me dio muy duro ir a visitarlo”, dice.

Aun así, Amelia sabe que, junto a su marido, tiene que seguir luchando por sacar a los niños adelante. Jeison, el mayor de ellos, se la pasa esculcando y sacando los disfraces y trajes de Julián. “Mami, yo quiero ser mimo y payaso”, ha dicho varias veces. Adentro de ese niño uno percibe una especie de fuerza inconsciente que lo empuja a seguir los pasos de su hermano.

—¿Y Laika? —le pregunto a Amelia, luego de haber esculcado con la mirada cada rincón del oscuro cuarto—.

Y es que después de la muerte de Julián, unos 200 grupos y colectivos artísticos de la ciudad y del país, voltearon los ojos hacia Altavista y emprendieron una cruzada por tomarse el corregimiento
—Laika se murió de pena moral. Falleció un año después de que pasara lo de Julián— contesta. Luego de un silencio, Amelia cuenta que una vez enterró a su hijo, se apegó mucho a la perra. Tanto, que le mandó a hacer una casita de madera en la pequeña verja exterior y se aseguró de que nunca le faltara el cuido. Pero Laika dejó de comer y poco a poco se fue enfermando hasta quedar en los huesos. Ya luego vino la agonía, el veterinario y los medicamentos, hasta que finalmente dejó de respirar. Por un momento dejo de hacerle preguntas a Amelia y me quedo pensando en la única y última vez que vi a Laika, echada debajo la imagen de Julián proyectada en la pared en pleno velorio, momento del que me quedó una fotografía que ahora desempolvo. Es el retrato vivo de un animal que ama profundamente a su amo. Un animal que, sin tener la capacidad física de llorar, llora.



El cronista

José Guarnizo es comunicador social de la Universidad de Antioquia. Fue reportero del diario El Mundo, de Medellín, editor de investigaciones de El Colombiano y es corresponsal en Medellín de la revista Semana.

Sus crónicas han sido publicadas en El País, de España, en la revista Don Juan, y en la revista Semana. Ganador del Premio Rey de España de periodismo, en 2011, y del Premio del Círculo de Periodistas de Antioquia, en 2012.

Es autor de los libros La Patrona de Pablo Escobar (editorial Planeta), obra que fue adaptada a la televisión por RTI; y de Extraditados por error, texto de la misma editorial publicado en 2014, cuyos derechos fueron adquiridos por Sony Pictures para realizar una serie televisiva.