La 45 de Manrique

La ya casi centenaria avenida Carlos Gardel es eje articulador del barrio Manrique; vía agitada y vital que siempre ha respirado tango, cual banda sonora de cuatro generaciones, aunque ahora su bar insignia amenaza extinción
Por Ricardo Aricapa

A lo largo de la carrera 45 del barrio Manrique, bautizada Avenida Carlos Gardel por Acuerdo Municipal, en las 20 cuadras que van de la calle 66 a la 86 hay, bien contados, 307 establecimientos de comercio y servicios, casi todos tamaño garaje.

Se encuentra de todo: 42 almacenes de ropa, 28 tiendas de variedades y cacharrerías (una se llama Gardel), 12 almacenes de bolsos y zapatos, 9 de perfumes y productos de belleza, 7 de peluches y piñatas, 13 de otro tipo de objetos, 28 discotecas y tabernas, 20 barberías y peluquerías, 19 tiendas de barrio, 17 cafeterías y negocios de comida rápida, 13 panaderías (una se llama Gardel), 12 expendios de carnes, 10 restaurantes (uno chino), 10 ventas de helados, 9 droguerías, 8 ópticas y consultorios médicos, 8 puestos de Gana, 7 tiendas para mascotas, 7 prenderías, 7 establecimientos financieros, 6 ferreterías, 5 mercados de autoservicio (uno se llama Súper Gardel), 6 tiendas de rancho y licores (una se llama Gardel, a secas), 5 casinos, 4 papelerías, 4 billares, 3 tiendas naturistas, 2 depósitos de materiales, y un solo bar de tangos: el Alaska que, aferrado a su pasado, como desafiando el tiempo, sobrevive como mejor puede en su esquina de la calle 79.


En algún momento los planificadores decidieron que en las laderas nororientales se construyeran barrios obreros. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Y por todo el centro corren los buses del metroplús, que allí tiene cuatro estaciones, una llamada Gardel. Pero corren más las motos, que aparecen por todas partes como avispas y se atraviesan en una vía que, se supone, es solo para el metroplús. Cómo será, que hay motociclistas que les pitan a los buses para que se muevan. Y otro dato: una moto estuvo involucrada en la mayoría de los 93 accidentes de tránsito ocurridos en La 45 en el primer semestre de 2015, y una cuatrimoto en uno de los casos.

Así que más veloz que nunca, La 45 sigue en su función de siempre: eje referencial de Manrique. Una avenida viva, llena de ofertas y trajines; y transeúntes, sobre todo al caer de la tarde, cuando sus aceras se congestionan con gente que viene o va para el trabajo, y asoman coloridos los uniformes de las colegialas que, en grupitos alegres, se dirigen a sus casas.

Y es más viva aun las noches de viernes y sábado, pero solo en un tramo de cuatro cuadras: de la calle 69 a la 72, donde se apiñan 24 discotecas y tabernas. Es la zona rosa de Manrique, que empieza a bullir y llenarse de gente después de que el metroplus termina operaciones y deja libre el espacio para la rumba y las motos. Se ven muchas de éstas, tantas como de día, algunas corriendo a todo pulmón, casi siempre con una hermosa chica encaramada atrás. Y otros, para alardear, paran las motos en una sola llanta y les hacen bramar el motor, como caballos relinchando.


Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Trópical, Éxtasis, Mango Biche y El Cubo son las discotecas que más gente atraen. Se llenan tanto que se dificulta bailar, pero se baila porque a la hora de bailar todo el mundo cabe. Las mujeres son mayoría, jovencitas, de mucho tacón alto, mucho maquillaje y mucha ropa breve. No pocas llegan así para aparentar más edad de la real, y con la anuencia de los porteros evadir el requisito de la cédula de ciudadanía.

Y hay efluvios de póper, hay aromas de cripi, hay perreo, y hay ráfagas de reggaetón en el aire de La 45. De cada diez canciones seis son reggaetón. De tal suerte que en la misma avenida donde por más de cuarenta años el tango mandó la parada, hoy la mandan Ñengo Flow, Nicky Jam y al resto de la tropa reggaetonera. Ya la pedregosa voz de Óscar Larroca no se escucha cantar “Lágrimas de sangre”, hoy las que resuenan son las arenosas voces de Lito y Polaco cantando “Maniática sexual”.


Panorámica del barrio Manrique. Fotografía de Horacio Gil Ochoa, tomada 1978. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Así es pues La 45 hoy, versión 2015. Porque ha tenido múltiples versiones a lo largo de su existencia, la mitad de ella al compás de la banda sonora del tango. Una existencia extensa, de casi cien años, si asumimos que el origen de todo fue el tranvía eléctrico.

Manrique nació con el tranvía
Los primeros cables de energía llegaron en 1923 y con ellos las catenarias y los rieles del tranvía. El paisaje era rural, de casafincas y mangas en las que pastaban vacas lecheras, de quebradas limpias donde los muchachos iban a nadar y las señoras a lavar ropa, y de árboles frutales y zarzamoras que por todas partes crecían silvestres.

Todo eso cambió con la llegada del tranvía. En un principio a su vera se edificaron casafincas, para gente de modo, pero después su uso cambió por la acelerada industrialización de Medellín. Los empresarios constructores, que en aquel tiempo fueron quienes en la práctica planificaron y trazaron la ciudad, decidieron que en las laderas nororientales se construyeran barrios obreros, casas pagaderas a cómodas cuotas. Así nacieron, con el tranvía como eje articulador, Manrique y sus vecinos Campo Valdés y Aranjuez, que a su vez crecieron a lo largo de otra línea del tranvía medio kilómetro más abajo.


El ánimo de lucro domina en todo el sector: la 45 es un inmenso centro comercial lineal. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

De modo que cuando murió Gardel, Manrique era un barrio en ciernes. El día del accidente, desde allí la gente alcanzó a ver el incendio, la humareda que se levantó a lo lejos, al otro lado de la ciudad, en el aeródromo de Las Playas, cuando el avión en el que iba el Zorzal Criollo chocó contra otro que estaba estacionado.

Ese fue el Manrique al que llegó a vivir la familia de Conrado Ramírez procedente de Concordia, su pueblo, de huida de la violencia partidista. Tenía él tres años cuando eso. Y será el mejor testigo de su evolución porque nunca se fue de Manrique. Se mudará de una casa a otra pero no a más de tres cuadras de La 45.

Recuerda que era un barrio consolidado cuando lo trajo su familia, en 1942, tanto que el tranvía ya empezaba a quedarse corto para atender la demanda de pasajeros, por lo que también había buses de escalera. No olvida a los conductores del tranvía, unos señores elegantes, con uniformes color caqui y corbatín negro, que cada vez que el vagón llegaba a la estación debían bajarse para trocar la conexión de la catenaria y poder devolverse por la misma línea; no había otra. Por eso los asientos tenían el espaldar intercambiable, de modo que en cualquier dirección los pasajeros quedaran de frente.


Un aspecto de la construcción del Señor de las Misericordias, que ocupa un área de 1.216 m2. Fotografía Rodríguez tomada en 1924. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

El vetusto sistema de transporte finalmente fue derrotado por los buses, el nuevo servicio público que los usuarios prefirieron porque era más rápido y cómodo. En 1951 se recogieron los rieles y La 45 quedó habilitada como vía arteria para buses. Recuerda especialmente a un conductor, tan afiebrado a la aviación, que la vez que una avioneta cayó en una manga de Bello, con el fuselaje más o menos completo, él fue, se lo trajo y adaptó como carrocería de un bus. Le puso bancas adentro y afuera lo pintó con las siglas y los colores de la Flota Manrique; además lo manejaba disfrazado de aviador. A Conrado le gustaba verlo pasar veloz por La 45, porque tenía la ilusión de presenciar un avión a punto de alzar vuelo, como en las películas. Él con su imaginación le ponía las alas.

Fue por esa época cuando conoció a Martín Emilio Rodríguez, antes de ser conocido como Cochise, el campeón de las Vuelta a Colombia. Ambos vivían en la carrera 43, estudiaban en la misma escuela y sus familias se conocían; tanto que un hermano suyo terminó casado con una hermana de Martín. Los domingos en la mañana se reunían con otros niños para ir al cine, y en una de esas fueron al Teatro Manrique, en La 45, a ver El hijo de los llanos, una película del oeste que a todos les encantó. Contaba la historia de un guerrero apache llamado Cochise que peleó contra los soldados, y que al niño Martin fascinó tanto que ese fue su tema para toda la semana. Y así se quedó: Cochise Rodríguez. Conrado fue quien le puso ese apodo.

El encuentro con el tango
Para el niño Conrado los bares fueron unos sitios misteriosos que nutrieron su fantasía. Escuchaba la música y los ruidos que producían, el choque de las bolas de billar, la vida que bullía adentro, pero no la podía ver porque las puertas tenían cortinas de madera. Una vez se agachó para tratar de descubrir algo, pero una señora le pegó tal regaño que no lo volvió a intentar.


En medio del batiburrillo de mercancía, un tiempo para el solaz y la camaradería. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Tendría que cumplir quince años y alargarse los pantalones para poder entrar a los bares; y al tango por ahí derecho, porque era la música que más se escuchaba. Bares de hombres, a los que raramente entraban mujeres distintas a las coperas; destinados solo para escuchar música y tomar trago, por lo que la mitad de la clientela era de copisoleros. Pero no faltaba el fulano que bailaba y hacia demostraciones, bailarines de barrio hechos a pulso porque en esa época no se disponía de academias como ahora.

Él se amañaba en esos bares, que por lo general eran tranquilos, lo que no quitaba que en cualquier momento estallara una pelea a puños o a puñal, como en el tango. Estaban el Alaska y el Bajo Belgrano en el cruce de la calle 79, el Río de Oro y La Cita en la esquina de la 78, y más allá El Perlita, todos bares frecuentados por choferes porque ahí quedaban los paraderos de taxis y buses. Estaban también Cien Guitarras y el Rincón de Buenos Aires, y un poco más retirados el Templo del tango, el Café Manrique y El Molino. Y el bar D`arienzo, el preferido de Conrado. Su propietario era un tanguero que se ufanaba de tener toda la música de Juan D`arienzo, que en Medellín no se conseguía. Él mismo viajaba a Argentina a traerla.

En 1958 Conrado consiguió empleo como chofer de bus, y entonces ya pudo frecuentar más los bares. Y se inició como coleccionista de música argentina. Compraba discos y grababa casetes que ponía a todo volumen en el pasacintas del bus que manejaba, cual cantina ambulante. Tenía pasajeros que viajaban con él solo por el gusto de escuchar tangos. También coleccionó la revista argentina Grandes valores del Tango, la misma que los dueños de las cantinas deshuesaban para sacarles los pósteres de los artistas que traía en sus páginas, y con ellos engalanar las paredes de sus bares. Por eso todos ostentaban los mismos posters y los mismos artistas.

>> Conrado Álvarez  es tal vez el mejor testigo de la evolución del tango y de su altar, la carrera 45. Fotografía Juan David Caicedo

Recuerda que casi no tenía música de Gardel, porque el tango criollo, el que éste cantaba con guitarras, estaba descontinuado. El tango que molía la industria disquera era el de las grandes orquestas: Canaro, D´Angelis, Enrique Rodríguez, Biagi, Varela, Troilo… Y sus cantantes estelares, el primero de todos Óscar Larroca, que en el gusto popular de Medellín es más importante que el mismo Gardel. Y por supuesto Juan D`arienzo, el Rey del Compás, tango viril, tango marcado al cincel, tango de arrabal, el preferido de Conrado.

Y empezó a asistir a las tertulias del bar Alaska, donde no menos de diez coleccionistas de música se reunían todos los domingos a botar cháchara y a escuchar las novedades que cada uno conseguía. Recuerda a Oscar Posada, un agente de policía que tenía una de las mejores colecciones, y además era todo un personaje en el barrio, sobre todo en sus años de camaján.

En ese entonces los camajanes de Manrique eran de fama, tenían hasta imitadores en otros barrios. Óscar fue uno de ellos. Su oficio entre semana era de albañil, pero el fin de semana se ponía su mejor pinta: pantalón bien planchado, camisa satinada de colores vivos, abotonada en los puño y desabotonada en el pecho, donde brillaba una medalla de la suerte; zapatos de dos colores, pelo engominado, esclava en la muñeca, loción de pino silvestre en la nuca y un cigarrillo en la boca. Y así se iba para los bares de La 45 a tomarse sus guaros con los amigos, a echar chistes que él mismo celebraba con risa estruendosa, y a cantar y bailar tangos cuando estaba inspirado, con una voz que parecía de profesional. Era además un as en el billar, varias veces campeón en los torneos del Alaska. Y en la pelea tampoco le ganaban, porque era grande y poseía una fuerza descomunal, tanto que en la inspección de policía le tenían multada la mano. Hasta que se casó, tuvo su primer hijo y con él la obligación de sentar cabeza, y entonces dejó la camajanería y se metió de policía. Era la más alta traición que un camaján podía cometer, pero él la cometió, la vida lo obligó, decía. Ya era policía y coleccionista de tangos cuando Conrado lo conoció.

Gardel vuelve a nacer
1968 fue un año crucial para el tango en Medellín, y para Manrique en particular. Ese año se celebró el primer Festival Internacional de Tango, evento que por varios años atrajo a la ciudad los grandes cantantes y orquestas del momento, y fue considerado el festival más importante fuera de Argentina. Para su primera versión la embajada ese país quiso rescatar la memoria de Carlos Gardel y rendirle un homenaje en la ciudad que lo vio morir, y escogió La 45 de Manrique para instalar un busto suyo.


Así nació, entre 1921 y 1931, el templo dedicado al Señor de las Misericordias. Fotografía tomada en 1941 por Francisco Mejía. Cortesía Archivo fotográfico Biblioteca Pública Piloto

En esa decisión seguramente tuvo algo que ver la referencia de los futbolistas argentinos que jugaban en los equipos de la ciudad, a quienes los domingos después de los partidos les gustaba tomarse sus chorros y escuchar tangos en los bares de Manrique. Entre ellos el “Charro” Moreno, una leyenda del fútbol que se paseaba por las canchas con el mismo agrado con que lo hacía por los bares, incluso antes de los partidos. Dicen que no pocas veces lo sacaron amanecido de un bar para llevarlo directamente el estadio, e igual salía figura de la cancha.


El metroplus modernizó la  45, la calle tradicional de Manrique. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Si bien en ese momento Manrique era un reconocido barrio tanguero, no era el único; le competían el mismo Guayaquil en el centro, donde hervía la milonga y el tango. Pero con el busto de Gardel plantado en mitad de La 45, ya nadie pudo discutirle al barrio su condición de epicentro tanguero de Medellín.

Pero ese busto no le gustó a nadie, porque no se parecía a Gardel. Parecía un obispo, dice Conrado, y por eso los Zorros grises, como se llamaba una barra de choferes tangueros a la que él pertenecía, decidieron que ese busto no le hacía ningún honor a su ídolo y menos al barrio; entonces una noche, en medio de los tragos, consiguieron lazos y fueron a tumbarlo. “Después sí montaron el propio, el que era”, rememora Conrado, refiriéndose al Gardel de cuerpo entero que reemplazó al busto.


Fotografía de León Francisco Ruiz, tomada en 1969. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Un importante animador de los festivales y de la aventura del tango en Medellín fue Leonardo Nieto, un gastrónomo argentino que se amañó en la ciudad y montó el Salón Versalles, en Junín, donde todavía sigue exitoso. Allí se reunía con amigos tangueros y algunos intelectuales de la Asociación Gardeliana, que en una de sus discusiones concluyeron que Medellín ya merecía un sitio de tango de calidad, y se pusieron manos en esa obra. Pero finalmente fue Nieto quien asumió todo el riesgo y se metió la mano al dril. Montó el establecimiento en La 45, treinta metros arriba del monumento a Gardel. Lo llamó Casa Gardeliana y lo inauguró en 1973, casualmente el mismo año en que Mejía Vallejo publicó su novela Aire de tango.


Así luce hoy, entre las calles 67 y 68 y entre las carreras 47 y 48, el Señor de las Misericordias, imponente edificación de estilo neogótico. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Pronto la Casa Gardeliana se convirtió en el referente del tango en Medellín, y en Colombia; epicentro de espectáculos de gran factura, pasados con buenos vinos y un jugoso churrasco que se hizo célebre en la ciudad. Era sitio de mostrar a turistas y personalidades visitantes, tanto que las reservas había que hacerlas con días de anticipación. Llegaban visitantes de Laureles y el Poblado, pero muy pocos de Manrique, porque no era un lugar popular. Un trago allí costaba tres veces lo que en un bar.

Cantantes e instrumentistas de la talla de Libertad Lamarque, Hugo del Carril, Pugliese, Irusta, Echagüe y Marchese desfilaron por su tarima. Este último maestro bandoneonista, a quien le gustó tanto el lugar y la amistad ofrecida por Nieto que se quedó a vivir, y durante un buen tiempo animó con su bandoneón las noches fantásticas de la Casa Gardeliana.


Se registra una moto involucrada en la mayoría de los 93 accidentes de tránsito ocurridos en La 45 en el primer semestre de 2015. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Por la Casa también pasaron connotados personajes de la política y el arte. Allí el escritor Ernesto Sábato escuchó tangos y comió churrasco; y también Borges, que como ya estaba ciego no pudo ver la silla donde Julio Tobón, peluquero del Hotel Europa Normandie, motiló a Gardel por última vez, silla que Nieto exhibía entre los objetos curiosos de la Casa, que también fungía de museo.

Tal vez el hecho más conmovedor y de pronto poético, de todos los ocurridos en la Casa, fue la muerte de Guillermo Lamus en pleno escenario. Y no en cualquier fecha. Fue la noche del 24 de junio de 1975, la conmemoración de los 40 años de la muerte de Gardel, el ídolo de Lamus. Este era un buen cantante local, del barrio Aranjuez, que trabajaba como artista de planta en la Casa. Esa noche estaba interpretando “La última copa”, un tango de Caruso que inmortalizó Gardel, cuando de pronto su voz se quebró, se puso lívido, sudoroso, tanto que los músicos que lo acompañaban intentaron parar. Pero él les hizo señas para que siguieran, y siguió cantando: …que ha sido por su amor que mi vida ya se fue, alcanzó a tartamudear antes de que la vida, en efecto, se le fuera. Cayó aferrado al micrófono, pero no por causa de un amor desdichado sino por un infarto fulminante.


Estación Gardel, punto de encuentros y despedidas, como moderno homenaje a la encarnación del tango en nuestro medio. Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Menos de veinte años duró el apogeo de la Casa Gardeliana. Al final correría la misma suerte que Lamus, pero no por muerte súbita sino por una lenta agonía que empezó a finales de los años 80. En 1992 cerró al público y quedó como museo y refugio de los gardelianos. En 2002 el Concejo Municipal la declaró patrimonio cultural de Medellín, y en 2011 el Municipio la adquirió para convertirla en centro cultural, escuela de baile de tango, y eventualmente sede de alguna exposición. La última ilustraba en imágenes el eterno debate sobre si Gardel era uruguayo o francés.

Se puede afirmar que el gran momento final del tango en La 45 fue la Tango-vía, evento oficial de la Alcaldía en el que participaban las organizaciones y los comerciantes de la zona. La primera versión se realizó en 1986, y consistió en cerrar la avenida a los vehículos, montar varios tablados con espectáculos de cantantes y bailarines, e invitar a los dueños de los bares a sacar a la calle las mesas y los bafles. Y la gente se desbordó. Fue un certamen apoteósico, inolvidable, una gran fiesta alrededor del tango, que reunió en La 45 a unas 50 mil personas, con saldo de solo tres peleas y ni un herido.


Fotografía Róbinson Henao tomada en junio de 2015

Pero la Tango-vía terminará mal, o fue la ciudad la que se puso mal. Hacia finales de los 80 se cruzó con ese ambiente de terror y encierro que sembró en Medellín Pablo Escobar, y que en Manrique y barrios aledaños tuvo efecto invernadero: se calentaron al máximo. Y en ese escenario fue imposible que la Tango-vía sobreviviera. Los comerciantes se desanimaron, no la siguieron apoyando, y además hubo incidentes violentos que la volvieron insostenible. Sólo se alcanzaron a hacer cinco versiones, cada vez con menos público.

Y el tango mismo también se marchitó, hasta casi desaparecer de La 45. Los bares se acabaron, no solo por la inseguridad. Eran bares atendidos por sus propietarios, que se envejecieron y se cansaron de nadar contra la corriente, entonces cerraron y se fueron y no hubo quién los reemplazara. Solo el bar Alaska queda en pie, resistiendo, como sigue en pie la estatua de Gardel, que ya nadie voltea a mirar.

El Alaska
Más que un bar, el Alaska es un museo vivo del tango. Tiene 73 años, pero se conserva casi en su estado original. Sigue moliendo los mismos tangos, sirviendo el mismo tinto y usando la mesa de billar con la que empezó, incluso conserva el piso original, ajedrezado de baldosas verdes y amarillas.


Café Alaska. Fotografía tomada por Juan David Caicedo

Decenas de fotos y posters de artistas y motivos tangueros adornan sus paredes. La imagen de Gardel está 18 veces: con sombrero, sin sombrero, con guitarra, sin guitarra, sonriente, serio… Y en medio, varios escudos y fotos de jugadores del DIM, equipo del que el Alaka es hincha fiel, desde siempre, y así se advierte con un aviso sobre la pared del baño: “Si viene hablar mal del DIM, procure que su visita sea corta”.

En toda su historia el establecimiento solo ha tenido cinco dueños, Luis Eduardo Cardona el más recordado. Era un tipo buena gente y de recio carácter, respetado hasta por los malevos más agrios, como Carevieja, Balmore, Ángel Cano, Toñilas, Mono Trejos, el “Pote” Zapata, eximios delincuentes y ladrones que en su tiempo merodearon por La 45 como pedro por su casa.

Su propietario y administrador actual es Gustavo Rojas, quien le heredó a Cardona después de trabajar con él muchos años. Es un hombre cincuentón, de mediana estatura y rostro risueño, delineado por una delgada barba gris. En todo caso un rosto de muchos amigos, porque es amable, buen conversador y sabe todo lo que hay que saber sobre tangos.


Un aspecto del incipiente proceso de poblamiento de la comuna, durante la primera mitad del siglo pasado. Foto Rodríguez, tomada en 1924. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Dice que la música argentina le entró por ósmosis, y desde temprano. Lo arrulló en la almohada porque su casa quedaba cerca de La 45 y hasta su alcoba llegaba el rezongo de los bandoneones de los bares. O los escuchaba los domingos en su casa, cuando su papá llegaba ebrio y ponía tangos a todo volumen en la radiola de la sala. Y ya de adulto los coleccionó. Dice tener cerca de 50 mil canciones, en tres copias: una en el bar, otra en su casa y otra en la casa de su novia, no vaya a pasarle lo de hace años, cuando se le borró todo la música y tuvo que volver a empezar a conseguirla.

A veces llega gente joven que extrañamente gusta del tango, o llegan estudiantes de alguna academia que piden cerveza y preguntan si se puede bailar. Sí, sí se puede, les responde Gustavo, y les corre las mesas para que bailen.
Pero es básicamente un bar de tangueros vieja guardia, que allí tienen su refugio. Hay decenas, muchos octogenarios. Se sientan toda la tarde a tomar tinto, a conversar, a escuchar tangos, a ver hacer carambolas y a entretener la honda amargura de su eterna soledad, como en el tango de Gardel.

Así que solo por simple solidaridad humana debería seguir funcionando el Alaska, porque todos estos viejos no tendrían a dónde más ir, cuando se acabe. Y ese día parece que no está lejano. Puede desaparecer si no se hace nada para evitarlo. El dueño del local ya lo reclamó para montar allí una panadería, con el argumento de que los tangos no dan dinero y la panadería sí. Entonces, si eso ocurre, será difícil entender cómo en la avenida Carlos Gardel no se encuentra un solo sitio donde tomarse un trago y escuchar un tango.



El cronista

Ricardo Aricapa Ardila es comunicador social – periodista de la Universidad de Antioquia. Estuvo vinculado a Radio Caracol, y a los periódicos El Mundo y El Colombiano, de Medellín. Periodista free lance. Director de Comunicaciones Alcaldía de Medellín 2001- 2002. Premio Nacional de Periodismo “Antonio Nariño” 1986, por una serie de crónicas sobre la Cárcel Bellavista. Autor de “El libro del agua”, “Historias de mi estación. Metro de Medellín”, “Medellín es así, crónicas y reportajes”, “La persistencia de las ideas. 70 años de la Biblioteca de la Universidad de Antioquia”, “Comuna 13, crónica de una guerra urbana”, publicada en 2005 y reeditada en 2015.