El otro “Concierto de Aranjuez” (crónica)

Aranjuez, el barrio que presta su nombre a la comuna 4, ha transitado desde sus comienzos por paraísos perdidos e infiernos latentes. Y sabe lo que significa ser estigmatizado. Por eso se echó al hombro su realidad dura y optó por reinventarse. Ahora tiene presente. Tiene aroma de vida. Tiene “quereme”. Aranjuez es mucho barrio, caramba
Por Adriana Mejía
“Al agüita hirviendo, le echa el café que quiera y ahí mismo le añade una taza de agua fría; tapa la olla y la deja en bajo tres minutos, después sirve despacio. Y le garantizo que no da tembladera ni quita el sueño, porque el ripio y la cafeína quedan en el fondo. Uno saborea es el puro aroma. Me lo enseñó, hace mucho, un médico suizo”.


En su ebanistería, el luthier León Vargas habla sobre el pasado, el presente y el futuro de Aranjuez. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Puro aroma de taller de luthier. Don León Vargas lo es desde que, estrenando los catorce —hace 73—, empezó a trabajar en la ebanistería del papá, con tan prometedores resultados que, cuando menos lo pensó, ya don Julio lo había incluido en la razón social del negocio: Ebanistería Julio y León Vargas (eso sí fue sacar pecho). La misma en la que ahora —delgado y derecho como un ciprés, y curioso e inquieto como un aprendiz—, construye y repara instrumentos musicales, en compañía de tres de sus nueve hijos. Sin que ningún detalle escape a sus ojos sin gafas, sigue siendo el Maestro.

En ese local de la carrera 51 —un sótano largo y espacioso en los bajos de la vía, donde se instaló hace 55 años—, don León da rienda suelta a la pasión que le despiertan los violines, las guitarras, los pianos, las victrolas, los chelos… Todo el día, todos los días. Acompañado siempre de una taza de aromático café, preparado por él en el fogón de dos puestos (en la parrilla de la izquierda el café, en la de la derecha la cola negra, “la única que al secar y pegarse a la madera permite que el sonido circule”) con la receta que vino de Los Alpes. Adobada con una pizca de aserrín, puedo dar fe, aunque nuestro barista de ocasión no lo haya mencionado en la lista de ingredientes.


Fotografía tomada a mediados del siglo 20 en el taller de Julio y León Vargas. Cortesía León Vargas

Mmmm…, es una delicia.

Puro aroma del barrio Aranjuez, uno de los catorce que conforman la comuna del mismo nombre, la 4, en la zona nororiental de la ciudad. Sí, el que en los años duros del Cartel de Escobar y sus Priscos nos daba tembladera a los medellinenses, así como Medellín, a los colombianos. Y a los extranjeros –en especial a los corresponsales que venían a ganar premios a costa de nuestra mala hora— que nos pusieron la etiqueta de ciudad más violenta del mundo. Cómo nos quitaba el sueño Aranjuez en la década de los 90. (“Mis hijos estaban jovencitos y a mi esposa le dio porque nos teníamos que ir; busqué en otras partes para darle gusto, pero en ninguna encontraba una casa como la de nosotros, por el precio de la de nosotros y con el espacio de la de nosotros. ¿Dónde iba a encontrar una mansarda en la que me cupieran mis fotos, mis guitarras, mi música, los tableros de ajedrez? Nos quedamos, entonces, y, por fortuna, pasamos limpiecitos esa época tan brava. No hay como Aranjuez”).

Imposible, piensa uno, cuando lo recorre y reconoce en la actualidad. Gente hospitalaria, jóvenes emprendedores, paredes multicolores, casas con plancha para seguir “pa´rriba”, señoras en levantadora trapeando los balcones y charlando con las vecinas, jubilados jugando ajedrez en las esquinas, muchachitos de uniforme, antejardines con árboles; tiendas donde se venden bolis, gaseosas, chocorramos, cartulinas…, se remallan medias, se arregla de todo, se organizan fiestas, se fabrican ataúdes para exportación… Y, por sobre todo, un barrio perfumado de presente y de futuro.

Porque el Aranjuez de hoy, sin desconocer los problemas que cualquier barrio tiene –combos y microtráfico, en este caso— no da tembladera ni quita el sueño. Es un buen vividero, como dice Alejandro: estudiante de Derecho, miembro del Comité Conciliador y excelente cocinero (qué pollo el que prepara). Es una zona muy viva en la que da gusto trabajar, como afirma Álvaro Morales: abogado, director de la Fundación Casa Museo Pedro Nel Gómez hace ocho años, comprometido con la comunidad que lo rodea.


La estufa donde don León Vargas, luthier de Aranjuez, prepara el más delicioso café y la cola negra indicada para la madera de los instrumentos. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Es un barrio que tiene “quereme”, como dicen en la calle.

Son muy escasos los letreros de Se vende o Se alquila. “Si bien de las familias fundadoras muchas emigraron, los herederos no salen de las propiedades. La población es muy estable y tiene orgullo de barrio. Los que nacimos y crecimos por estos lados no nos vamos por nada. Todo lo que se necesita está en el vecindario. Queremos traspasar fronteras, sí, pero desde aquí”, precisa Benoni: exseminarista, estudiante de Derecho, presidente de las Juntas de Acción Comunal de Aranjuez barrio y de Aranjuez comuna.


Las calles de la comuna 4 se han convertido en lugares seguros para los niños. Foto Róbinson Henao, tomada en agosto de 2015

“En estos últimos diez años hemos superado el 60 por ciento del déficit de credibilidad que teníamos, a punta de trabajo incansable; con la Administración Municipal, las JAL, la Arquidiócesis, la ciudad, la comunidad, los combos”, complementa Ómar: estudiante de Diseño, secretario de comunicaciones de Asocomunal, líder del Colectivo Fénix (video y fotografía). Y, publicista nato, se le acaba de ocurrir un eslogan: “Aranjuez, territorio de talla internacional”, para referirse a los visitantes de otras partes que llegan al barrio atraídos por sus iniciativas.


El arte y la realidad se mezclan en el Paseo Urbano Pedro Nel Gómez. Foto Róbinson Henao, tomada en agosto de 2015

La resistencia activa ha sido la consigna del movimiento comunal en la última década. “A cada mala situación que se presenta, se le organiza como respuesta un convite, una marcha, un plantón…”, cuentan al unísono Benoni, Ómar y Alejandro.

Además del Fénix existen muchos otros colectivos, entre ellos Unitango infantil, acreedor de varios reconocimientos en el exterior; DanzAgher, danzas árabes; Cinestrato, apreciación cinematográfica; Crew Peligrosos, escuela de hip hop, famosa dentro y fuera del país; Banda Músico Marcial Prado—Brasilia, promotora de encuentros internacionales; Mesa de la Juventud, organizadora del Primer Festival Juvenil que hubo en Medellín; Red Cultural de la Comuna 4, responsable de los carnavales culturales…
En Aranjuez están pasando cosas. Muchas cosas.


Los vecinos del Museo Pedro Nel Gómez han podido escoger reproducciones de obras del maestro para engalanar sus casas y alegrar su cotidianidad. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Otro sorbo del café de don León y una rápida mirada retrospectiva a la historia menuda del buen vividero.

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Mucho antes de que el compositor español, Joaquín Rodrigo, hubiera escrito Concierto de Aranjuez (París, 1939), el urbanizador antioqueño Manuel José Álvarez había adquirido dos fincas ganaderas inmensas (Medellín, 1919), situadas en el nororiente, allá arriba de Manrique, donde el azul del cielo y el verde de la montaña eran más intensos, el aire más puro y fresco, la luna llena más barrigona; y los grillos, búhos y quebradas, arrullo natural al final de la jornada.


El arte y los juegos de los niños se mezclan en las calles de Aranjuez. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Se llamaban “Berlín” y “Aranjuez”, y el sector era conocido como “Bermejal”, por el característico color bermejo de sus tierras. No se sabe por qué, aunque eran vecinas, don Manuel J. diferenció las dos urbanizaciones que levantaría: Berlín y Aranjuez. Esta última fue la niña de sus ojos. La dividió en terrenos generosos para que los futuros propietarios construyeran casas quintas parecidas a las de Prado, el barrio elegante de la ciudad. Pero lo que más suscitó la atención general fue el trazado de “manzana francesa” (conjunto de casas contiguas que conforman una isla rodeada de calles) tan en boga en la Europa de comienzos del siglo 20 y que tanta organización urbanística le imprimió a Aranjuez.

Aranjuez, el barrio modelo/ Aranjuez, el barrio jardín/ Aranjuez, el Chapinero de Medellín/ Aranjuez, con tranvía, agua, luz y teléfono.


Moravia hoy. Foto tomada por Róbinson Henao, en agosto de 2015

Y vaya si calaba hondo esta estrofa promocional. Familias muy prestantes de Medellín fueron apareciendo con sus corotos, en busca de mayor espacio, tranquilidad y exclusividad. Sobre todo después de 1922, cuando la llegada del tranvía a la estación El Cairo dinamizó la cotidianidad, y la presencia aplastante del Manicomio Departamental, ubicado en el techo del Bermejal, pasó a ser secundaria ante semejantes promesas de buenos aires. (En 1958, el Manicomio en el que murió hace un siglo el autor de la letra del Himno Antioqueño, Epifanio Mejía, que había sido construido en 1892, fue reemplazado por el Hospital Mental de Bello. Y en 1997, Comfama abrió al público el antiguo edificio, luego de una intervención realizada por el arquitecto Laureano Forero que le mereció un premio de la SCA).


El Basurero Municipal, localizado en el mismo barrio Moravia, cerrado en 1984 cuando fue reemplazado por el relleno sanitario Curva de Rodas. Foto sin fecha, de Gabriel Carvajal. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Tiempos aquellos en los que Tomás Carrasquilla escribiera: El panorama que desde estos campos se disfruta abarca la ciudad, varias poblaciones circundantes, la cuenca y el sistema de cordilleras que la guardan; abarca los detalles más interesantes, los paisajes más amenos y esas lejanías medio azules, medio borradas, que ensanchan e idealizan la mente.

Su plano, ejecutado con mucha atención y no poca maestría por habilísimo ingeniero, es hermoso, peregrino y de inusitada novedad…
Afuera solo habrá verjas y vallados, dunas y murallas, portadas y alambrado…


Iglesia de San Nicolás de Tolentino, en el Parque de Aranjuez. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

No es un barrio para el proletariado ni menos, todavía, para gentes del hampa. Mas, como quiera que hay lo
tes pequeños, todo pobretón ahorrativo y ordenado podrá hacerse a su vivienda en este barrio retirado e higiénico…

(Futurismo, 1922)

(Qué pena con don Tomás, pero, seguro, más temprano que tarde tuvo que tragarse las palabras, en lo que a la selecta clientela se refería. En el libro Aranjuez 80 años (1997), su autor, Hugo Bustillo Naranjo, cuenta que debido a que para ir del Centro a Aranjuez había que pasar por Lovaina, el Fundungo, la Curva del Bosque y la entrada a las Camelias –“batacazo que no aguantaban las esposas”—, los jefes de familia aprovecharon urbanizaciones nacientes en el sur y el occidente de la ciudad para emigrar y sacarles el cuerpo a los frecuentes problemas nocturnos. “El lugar, entonces, fue cambiando de dueños; llegaron nuevas personas y costumbres diferentes”).


Poco a poco Aranjuez se va convirtiendo en un barrio museo, gracias al trabajo de la Casa Museo Pedro Nel Gómez. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Tiempos aquellos en los que este Aranjuez comenzó a colgar de los alambres de la ropa, que cruzaban como pentagramas extendidos los patios de las viviendas, las sábanas recién lavadas y las primeras notas de una composición musical salpicada de agitatos, passionatos, maestosos, tranquillos, vigores… El otro Concierto de Aranjuez. El inconcluso, el de nosotros. El que con sus bemoles refleja a la perfección la violencia y la resiliencia que han caracterizado a la capital de la montaña, y que para bien y para mal la han convertido en objeto de deseo para informadores y observadores de distintos rincones del planeta.

Tiempos aquellos en los que la abuela de Benoni lavaba la ropa blanca de las salesianas en aguas de La Bermejala.


Donde antes quedaba el Manicomio Departamental, funciona Comfama de Aranjuez desde 1997, tras una intervención del arquitecto Laureano Forero. Foto Róbinson Henao, agosto 2015

Pero el capricho español del urbanizador Álvarez –que, según cuenta Bustillo en el libro, se le notaba en sus modales, sus costumbres, sus ropas— no quedó satisfecho hasta que los nombres de otras ciudades de la península aterrizaron repletos de zetas en la nomenclatura del barrio. Para muestra: Zaragoza, Badajoz, Girón, Teruel, Balboa…, las calles 85, 86, 86 A, 87, 88 y Tarragona, Cartagena, Málaga, Zamora, Salamanca…, las carreras 49, 50, 50 A, 50 B, 50 C.

Y olé.

Solo que, a la larga, esa nostalgia castellana no pegó. Terminó por sucumbir a la vocación tanguera que medio clandestina se escapaba por las hendijas de las puertas de los cafés que frecuentaban los hombres: Rinconcito Argentino, Cuartito Azul, Calle Corrientes, El Faro… Y de las casas de citas legendarias, distinguidas por bombillos rojos en las entradas: American Club, El Colegio, Las Dos Palmas, Casablanca… Lunfardo en estado puro. Caliente, caliente.

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Otro trago de café humeante, sin ripio y sin cafeína, la Segunda Guerra Mundial y la llegada del maestro Pedro Nel Gómez —en compañía de su esposa italiana, Giuliana Scalaberni y sus hijos— a la calle Badajoz (84) con carrera Tormes (51B), entre Berlín y Aranjuez. Marcó territorio e impregnó los alrededores de pintura, escultura, música, poesía, tertulias de intelectuales. Y echó raíces hasta su muerte, en 1984. Benoni recuerda que, cuando niño, se montaba con los amigos a los árboles de ese lugar inalcanzable, a robar mangos, y un señor cascarrabias salía a perseguirlos con un bastón. Y ellos a correr, como almas que lleva el diablo. La figura del pintor, trepado en su isla, les producía miedo y atracción al mismo tiempo.

Tiempos aquellos en los que la abuela de Benoni lavaba la ropa blanca de las salesianas en aguas de La Bermejala.

Con Álvaro Morales y su incondicional equipo en la dirección de la Fundación, se despejaron los alrededores y se abrieron las rejas. “No llegamos a imponer soluciones a la comunidad, sino a escuchar cuáles eran sus propuestas y apoyarlas”. Y nada mejor para conjurar cualquier reticencia que organizar la exposición itinerante Comuna 4, somos historia, con fotografías y recuerdos de los propios vecinos. “El barrio es nuestro epicentro y el Museo, un patrimonio que Aranjuez le aporta a la ciudad. Aquí nadie tiene que tocar, ni pedir permiso para entrar. La gente usa los espacios, a veces hasta para hacer travesía entre las calles de arriba y de abajo”.


Manicomio Departamental, en el alto de Bermejal, en Aranjuez, donde funcionó entre 1892 y 1958 (hoy funciona allí una sede de Comfama). Se observa al poeta Epifanio Mejía. Fotografía anónima, tomada en 192? Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

A los talleres de formación que imparte el Museo, se suma el respaldo que brinda a cerca de cuarenta agrupaciones que se reúnen en sus instalaciones. Sean ustedes bienvenidos: los estudiantes para hacer tareas; las señoras de la tercerísima edad para hacer gimnasia; los bailarines, cantantes, músicos para afianzar sus habilidades; los que no tienen ninguna gracia especial, para conversar en la cafetería… Y así, los unos y los otros se encuentran con las obras de Pedro Nel Gómez en cualquier rincón (3.027 piezas: planos, tallas, esculturas, dibujos, pinturas, el mural de 160 metros, la casa), y aprenden a apreciarlas.

El sentido de pertenencia y el respeto por el Museo es general. “Es que aquí todo el mundo, los muchachos de los combos también, tiene algún pariente cercano que va al Museo o que se beneficia de él. Incluso que trabaja en él”, pontifica en voz baja una abuela que va los miércoles a ejercitar los músculos. De ahí que el problema de inseguridad más grave de los últimos años haya sido el robo continuado de la tapa de un sanitario. Tapa reemplazada, tapa evaporada. A la quinta vez descubrieron que el fantasma era un señor mayor, asiduo visitante, que la estaba sacando escondida por entre el saco enorme que llevaba puesto. “Se puso muy nervioso porque pensó que íbamos a llamar a la policía, pero le dijimos: devuélvanos la tapa y váyase tranquilo. Y vuelva cuando quiera, eso sí, teniendo cuidado de que a los sanitarios no se les pierdan las tapas”.


Paseo de la familia Rodríguez Márquez, en el sector del Bermejal en Aranjuez. De pie, en el centro, el fotógrafo y arquitecto Horacio Marino Rodríguez. Fotografía Rodríguez, tomada en 1895. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Publica Piloto

¿Su mayor logro al frente del Museo? “Llegué aquí con siete sueños, de los cuales cinco se me han cumplido: no cerrarlo; activarlo y ponerlo al servicio de todos los públicos; inventariar y controlar el patrimonio del Maestro; organizar el Paseo Urbano desde Moravia; y publicar el gran libro de su vida y obra (¡espectacular!), en el marco de la mayor muestra que hasta ahora se ha hecho del Maestro. Me faltan: la ampliación del Museo, única y exclusivamente para el uso de la comunidad, y la conversión de Aranjuez en un Barrio Museo”.

Poco a poco se vislumbra el fondo de la taza, dos sorbos y listo.

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En Aranjuez el que se aburre es porque quiere y el que se mete a los combos también. (No es un secreto que en el sector operan dos de los grandes: La Oficina de Envigado y los Pachelli de Bello). Opciones las hay para todos los gustos, edades y condiciones; el barrio se está reinventando, en cualquier esquina se oyen las burbujas que suelta su variopinta actividad. Bueno, se oye es un decir, si en el momento pasan veloces montones de jóvenes azotando el pavimento, montados en sus ruidosas y alegres patinetas. (El Skatepark de Aranjuez es poderosa fábrica de campeones). “Con el apoyo de la Iglesia, la Consejería de Paz y Redepaz –se arrebatan la palabra Benoni, Ómar y Alejandro— hemos hecho un gran avance en materia de convivencia. Los muchachos (los integrantes de los combos) siguen estando, pero ahora con mucha madurez social. Participan en eventos para la comunidad, incluso organizan cada año la fiesta de los niños el 31 de octubre, partidos de fútbol interbarriales, etcétera”.


Capilla de Jesús Nazareno en el barrio Sevilla (comuna 4). Su construcción se inicio en 1894. Era destinado a diversos actos, como la penitencia pública. Foto de Manuel A. Lalinde, tomada en 1922. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Publica Piloto

¿Y las fronteras invisibles? “No existen. Todo el que quiera, pasa de un lado a otro sin problema. Usted, por ejemplo, puede caminar por donde quiera y a la hora que quiera sin que le vaya a suceder nada. Lo máximo, es que si la ven por ahí mirando mucho, alguien le pregunte: ¿está perdida mamita? Lo que pasa es que quedamos marcados. Todavía sí hay gente que se sigue creyendo dura y actúa así, más que todo los cachorros (adolescentes recién vinculados a los combos) que estrenan moto o fierro. Pero con los jefes y los veteranos la relación es de respeto, y hasta de amistad –muchos son parientes o compañeros de infancia o habitantes de la misma cuadra—, aunque en público se guarden las distancias. A todos nos interesa que el entorno esté tranquilo, sobre todo porque este es un barrio de puertas abiertas”.

Y de arraigadas creencias, es evidente. Los límites están marcados con imágenes religiosas. “Casi todas las cuidan los muchachos que son muy devotos y más juiciosos que los sacristanes para mantenerlas limpias y adornadas. Las misas de los domingos se llenan y las Semanas Santas son pomposas, tipo Popayán. La mayoría de las familias se involucra con la organización de las ceremonias y hay cofradías que trabajan durante el año en los pasos de las procesiones. Además, dos de las trece iglesias que tenemos en la comuna son Patrimonio Nacional: la de los carmelitas en Manrique y la de San Cayetano”.


Vista aérea del Museo Cementerio San Pedro, en el barrio San Pedro (comuna 4). Fue construido en 1842, declarado Museo en 1998 y Monumento Nacional en 1999. Foto de Gabriel Carvajal, tomada en 1954. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Publica Piloto

Y siguen enumerando valiosas posesiones: canchas de fútbol, instituciones educativas públicas y privadas, la Escuela de Ciegos y Sordos Francisco Luis Hernández (90 años de funcionamiento), centros de salud, unidad hospitalaria, catorce sedes sociales, zona rosa… La lista es larga. Con razón los llaman, con tonito mal disimulado, el Laureles de la Comuna Oriental. “Estamos catalogados como estrato 3, pero las apariencias engañan; hay mucha pobreza de puertas para adentro, gente que ni siquiera tiene para mercar”.

Caería redondo Carrasquilla si resucitara y con esta confesión topara.

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Ahora sí es verdad que esto se acabó y no queda ripio en la taza, tiene razón don León.

Quedan, sí, muchas cosas por contar, dos de ellas realidades inminentes. La próxima terminación del puente de la Madre Laura, frente al cual existen expectativas encontradas: de un lado la emoción de pasar al frente de la ciudad sin tener que dar semejante vuelta y, del otro, el susto de que de Castilla les llegue un barco cargado de… problemáticas ajenas. Y el proyecto de extender el Paseo Urbano hasta las rutas camineras del Metro; las voluntades de la Alcaldía, el Museo y la Acción Comunal apuntan en esa dirección, solo falta que los vecinos se comprometan a facilitar la intervención de las fachadas para materializar el Barrio Museo imaginado.

El nuevo Aranjuez, el que huele y sabe a lo que huele y sabe el café de un anciano luthier.



El cronista

Adriana Mejía Londoño es comunicadora social – periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y especialista en Estudios Políticos de Eafit. Con experiencia en prensa, radio y televisión. Actualmente es columnista de Vivir en El Poblado, columnista y miembro del Comité Editorial del portal Las2Orillas y cronista freelance. Ha sido ganadora en dos oportunidades del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, categorías crónica y reportaje, y del Premio Iberoamericano de Periodismo (Madrid-España), categoría investigación. Autora del libro De tacón en la pared.