San Antonio de Prado, una historia en seis generaciones (crónica)

Durante más de un siglo mi familia ha vivido, luchado, permanecido y salido de este corregimiento. Su historia cuenta la vida misma de esta zona que pasó de comarca bucólica a sufrir los traumas de la acelerada expansión urbana
Por Juan Gonzalo Betancur B.
“Hoy en Prado ya uno no conoce a nadie”, dicen mis tías cada que suben al pueblo que las vio nacer y que hoy es una colmena de personas venidas de todas partes de Medellín. En el parque principal, en el que hace 50 años cualquiera se podía sentar después de misa de doce y quedaba como perdido en una isla solitaria, hoy no caben la gente, los carros, el ruido, los letreros anunciando cuanta cosa hay, el barullo, la música, y los buses de Cootrasana y del Metro abriéndose paso entre el tumulto.


Los abuelos Manuel J. y Gabriela se casaron a comienzos de la década de 1940 con la pompa de entonces. Cortesía familia Betancur

De niño me sorprendía que la gente caminara por las calles porque no había carros y solo reaccionara de un brinco cuando les pitaban encima. Hoy pasa igual, tampoco se inmutan hasta que les pitan, pero el motivo es distinto: ya no caben en esas estrechas aceras de pueblo antiguo al que estos tiempos agarró desprevenido.


El parque principal, posiblemente a finales del siglo 19 o comienzos del 20. Cortesía Corporación Amigos por San Antonio de Prado

Los bisabuelos y los primeros años de Prado

La primera generación de los Betancures a los que pertenezco por la línea paterna, y de la que tenemos información, fue la de los bisabuelos, campesinos que a finales del siglo 19 ayudaron a levantar el pueblo. Los hombres eran jodidos y se cuentan historias que dan pena, pero que hay que relatar porque así eran ellos y seguramente otras personas de su tiempo.

El bisabuelo Eduardo, por ejemplo, fue arriero y carnicero, avezado en los negocios y algo jugador. Gildardo Betancur —quien no es familiar aunque comparte nuestro apellido— lo recuerda como un hombre “de ruana terciada, machete, sombrero y un carriel atravesado en el pecho en el que guardaba unos dados”.


Procesión de Semana Santa. Foto sin fecha. Cortesía Corporación Amigos por San Antonio de Prado

Un día, el bisabuelo Eduardo se paró ante su familia y soltó una perla que los dejó fríos: “Empaquen todo que mañana tenemos que entregar esta casa porque la acabo de perder jugando cartas”. Al parecer no fue la única vez que lo hizo, según relataba mi papá, aunque así como perdía también ganaba. Por eso al morir dejó propiedades y se dice que muy viejo, ya ciego, reconocía el valor exacto de los billetes solo con tocarlos y restregarlos en sus manos.

Como todos por allí, era católico, conservador de espíritu y de partido político, muy temeroso pero a la vez agradecido de Dios. Claro que había unos más que otros, como el otro bisabuelo, Epitacio, que después de tener encuentros prohibidos en los rastrojos cercanos a su casa hacía arrodillar a la dama de sus aventuras para juntos agradecerle al Altísimo por el gusto recibido.


Parque principal en la década de 1980. Cortesía Corporación Amigos por San Antonio de Prado

Aquello era solo fincas de enormes potreros donde era fácil volarse para infringir el sexto mandamiento. Lorencita y Concepción, las bisabuelas, eran unas santas, como varias mujeres que nacerían después.

Esas historias truculentas han llegado hasta hoy como perduran las leyendas: contándose con gracia, repitiéndose cada vez que se puede y sin una sola certeza de que todo lo que se dice haya sido completamente verdad.


El escultor José Horacio Betancur nació en el corregimiento de San Antonio de Prado en 1918 y falleció en Medellín en 1957. Foto sin fecha, de Gabriel Carvajal (1916-2008). Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

Mucho antes, el origen

Por entonces, el territorio actual de San Antonio de Prado era un cruce de caminos de arriería, sitio de tránsito del comercio que se hacía entre Heliconia, Ebéjico y Armenia—Mantequilla con Itagüí y Medellín. Los arrieros, como el bisabuelo Eduardo, transportaban principalmente tabaco, sal, maderas y aguardiente.


Urbanizaciones Barichara y El Limonar, en San Antonio de Prado. Foto tomada por Róbinson Henao el 4 de agosto de 2015

Los caminos eran abiertos por el paso permanente de recuas de mulas y caballos, aunque tales rutas existieron desde antes de la llegada de los españoles, ya que en la zona habitaron los Yamesíes, indígenas pertenecientes a la nación de los Nutabes. De esto dan fe caminos en piedra que aún existen y los restos hallados en El Silencio —en la reserva natural de Romeral— donde habitó una comunidad de ellos. También en cercanías a donde está el parque biblioteca, donde al parecer hubo otra población indígena.

Los españoles llegaron en 1541 cuando Jerónimo Luis Tejelo, adelantado de Jorge Robledo, posiblemente cruzó por el actual territorio de Prado en su paso hacia el valle del río Aburrá. Las crónicas de aquellas expediciones no aclaran si pasó por el alto del Chuscal y siguió hasta el actual Altavista o si pudo haber bajado siguiendo el curso de la quebrada Doña María.

Esa vertiente de agua, en lo profundo del cañón donde está el corregimiento, debe su nombre a doña María de Quesada, viuda del capitán Juan Daza, quien en 1616 recibió una merced de tierras que iban desde Ancón hasta Itagüí y parte de Prado.

Lo que pasó en los siglos 17, 18 y 19 es un lento proceso de colonización, disputas familiares por tierras, compras y ventas, y el paso de propiedades de una descendencia a otra. En el libro Historia de San Antonio de Prado, investigación de un equipo coordinado por el historiador Dairo Correa Gutiérrez, el apellido Betancur aparece entre los propietarios en documentos de 1724. Vaya uno a saber de cuáles venimos nosotros: si de los que solo poseían tierras o de los que también tenían esclavos.


Vereda Potrerito. Al fondo, Itagüí, Envigado y parte del barrio El Poblado. Foto tomada por Róbinson Henao el 4 de agosto de 2015

Prado comenzó a tomar forma en 1869 cuando los 246 habitantes empezaron a crear el pueblito donde está hoy la zona central del corregimiento. “A nosotros en la escuela siempre nos enseñaron que el fundador fue Manuel Betancur”, dice muy segura mi mamá, María Teresa Betancur. Él no fue el único —explica el libro citado— pero lideró el trazado de calles y de la plaza principal junto a las familias Arango, Escobar, Espinosa, Garcés, Gil, Gómez, Hurtado, Montoya y Restrepo.

Los abuelos y el nuevo siglo

Los tiempos de finales del siglo 19 tuvieron sus momentos críticos como cuando hubo pestes de viruela y lepra, y una plaga de langostas que se comió todo lo que encontró. Pero a la segunda generación le tocó más fácil: la llegada de la luz eléctrica, el teléfono, carretera de piedra hasta Itagüí, servicios médicos y un acueducto.

Las costumbres nada que se modernizaban: “A mi mamá (mi abuela Gabriela), la amarraban dentro de la casa para que no viera a Manuel, a quien amaba. ¡Manuel, mirá como me tienen!, le gritaba por una ventana cuando él pasaba para la escuela”, dice mi tía Berenice. “Es que no los dejaban acercarse porque eran primos terceros”, aclara. Sin embargo, se casaron. El historiador mencionado advierte que en esa época hubo mucho matrimonio “de Betancures entre sí y de Betancures con Escobares”. Por eso estos apellidos abundan en el corregimiento.


Vereda La Florida. A la derecha, I.E. San José Obrero. Foto Róbinson Henao. Agosto 4 de 2015

En 1903 Prado fue municipio y en 1909 dejó de serlo y lo anexaron a Medellín. El abuelo Manuel, nacido en 1912, trajo a la familia dos enfermedades: la primera, la política. Fue concejal, diputado, representante a la Cámara y al momento de su muerte, en 1950, secretario general de su amado Partido Conservador. Era de los godos de verdad, tanto que Laureano Gómez, el Tuso Navarro y monseñor Miguel Ángel Builes fueron sus amigos.

Y la segunda enfermedad: el periodismo. Dirigió entre 1941 y 1949 uno de los periódicos más radicales e incendiarios que ha tenido Antioquia: La Defensa. Fue tan dura la lucha de ese vespertino contra los liberales, que en la tarde del viernes 9 de abril de 1948, apenas se supo en Medellín que habían matado al caudillo Jorge Eliécer Gaitán, las turbas rojas se fueron en tropel hasta La Defensa —que funcionaba en un segundo piso a un costado de la iglesia La Veracruz— y le prendieron fuego a las instalaciones. El abuelo se salvó porque no se encontraba. Dos generaciones después, algunos heredamos esas enfermedades.

Prado siempre fue su feudo porque era conservador y católico, que en esos tiempos venía siendo lo mismo. Durante la primera mitad del siglo 20, los sacerdotes tenían más poder que un alcalde porque manejaban las cosas del alma y los asuntos de la vida mundana con una autonomía que nadie osaba contradecir. Familia que se respetara tenía cura y monjas (por supuesto, la mía también) que no faltaban en las fotos y que siempre comían de primero.

Quizá porque en Prado no había liberales, allí no hubo crímenes ni persecuciones políticas: la gente moría de vieja, por enfermedades o por problemas derivados de las malas condiciones sanitarias.
Mi abuela Gabriela enloqueció con la muerte súbita de su marido, que le dejó solo las deudas de un caserón en San Antonio de Prado que todavía existe y que iba a ser supuestamente para 24 hijos. En esa casa vivimos después casi todos los primos, cuando éramos niños. En su locura, la abuela vistió de negro a sus cuatro pequeños (mi papá, Gonzalo, y mis tres tías, Rebeca, Berenice y Flavia) y se encerró con ellos en un cuarto, sin comer, a esperar que su esposo viniera a llevárselos.

Esa tragedia familiar era nada frente a lo que se vivía en los años 50 en el país: el desangre de La Violencia, que llevó al asesinato de más de 200.000 colombianos. Como en Prado no había liberales, no hubo crímenes ni persecuciones políticas: la gente moría de vieja, por enfermedades o por problemas derivados de las malas condiciones sanitarias.


Hernando Montoya Betancur (San Antonio de Prado 1921-1994). Músico, profesor de Historia Musical y organista de la Catedral Basílica Metropolitana de Medellín. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Don Diego Echavarría Misas —de la familia fundadora de la textilera Coltejer— construyó el hospital en 1948, más tarde el ancianato y fue benefactor de esta región donde también era dueño de tierras. La vida apacible siguió para los seis mil habitantes que había en la década del 50 y comienzos de los 60.

A lo que más se temía era a las brujas, a las que se atribuyó la desaparición de un niño por la laguna de la vereda Potrerito, que fue hallado a los días entre un zarzal con la cara toda rayada. La bruja de mi familia fue Concha, prima segunda de mi papá, quien se encaramaba en los árboles de noche y lanzaba unas carcajadas que hacían orinar de miedo a cualquiera. “¿Vos todavía seguís con esas pendejadas?”, le preguntó una vez mi papá, estando ya viejita y en el ancianato. Ella le respondió sonriendo con malicia: “No mijito, yo ya dejé eso… Esas eran cosas de la juventud”.

Las consecuencias de la violencia se sintieron porque empezaron a llegar familias que venían huyendo de la chusma liberal, principalmente de pueblos vecinos del Occidente cercano, pero también de más lejos. Seguramente Gildardo Rico (tío político cuya familia también es tradicional en el pueblo) trajo a muchos en el camión de escalera de siete bancas que manejaba hasta Heliconia. En 1952, entre los llegados estaba la familia de mi mamá, con ella de nueve años.


Alrededores del parque principal de San Antonio de Prado un domingo. Foto tomada por Róbinson Henao el 2 de agosto de 2015

Los papás y las tías, bellos tiempos ya idos

“Nos vinimos de La Granja, en Ituango, por esa violencia que había. Llegamos a la casa de mi tío, José Muñecas, al que le decían así porque tenía un taller de muñecas de trapo y porcelana donde le ayudábamos estando nosotras muy niñas. Es que la familia de mi papá era de Prado”, dice mi mamá.

Se habían venido en bestia durante varios días. Lloraron mucho no solo al salir sino en el camino cuando los alcanzó Muñeco, el perro que habían dejado amarrado y que se soltó y olfateó hasta que dio con sus amos, quienes nunca más fueron capaces de abandonarlo. En Santa Rosa de Osos cogieron un camión de escalera que los trajo a Medellín; esa fue la primera vez que mi mamá vio un carro. Luego se fueron en otra escalera para Prado y Muñeco se mareó en el viaje.

Los muchachos de familias tradicionales y los recién llegados empezaron a crecer en casas de solares grandes donde se sembraba plátano, cebolla, tomate y matas de adorno. Para jugar tenían las amplias mangas y las calles del pueblo donde todos se conocían. En una de esas, mi papá y mi mamá se encontraron siendo adolescentes y después de nueve años de noviazgo se casaron. Junto a mis tías, hicieron parte de la tercera generación.

“Fue una época muy buena porque todo era tranquilo. Las puertas vivían abiertas y en las noches de Luna llena salíamos a caminar por la carretera sin que nunca nos pasara nada”, cuenta mi mamá.

Muchos habitantes empezaron a hacer parte del ejército de obreros y empleados del comercio y las empresas del sur del Valle de Aburrá. El corregimiento era un pueblo total y desde lejos era inconfundible: un nido de casas color ladrillo a mitad de la montaña, en medio las altas palmeras del parque principal y la silueta de la iglesia con su única torre de estilo medieval.


Bar La Tienda. Foto tomada por Róbinson Henao el 1 de agosto de 2015

Nosotros, la generación de la transición

En 1967, cuando nací, vivimos en el viejo caserón que levantó el abuelo para los 24 hijos que quería. Las tías se fueron casando y después de un tiempo se mudaron a Medellín, igual que nosotros. Mucha gente foránea llegó, lo que hizo que entre los años 60 y 80, Prado empezara a romper sus lazos con la vida y la mentalidad rurales. En pocos años, la población se duplicó: los seis mil habitantes de 1964 se convirtieron en catorce mil en 1973 y se poblaron los sectores aledaños a la carretera principal.

La cuarta generación arrancó en la familia de la tía Berenice y su esposo Jorge Castaño, quienes se quedaron y aún hoy siguen viviendo allí: primero nació el primo Héctor y enseguida las primas Ángela y Mónica. Los otros de esa cuarta camada pero en distintas familias —Gabriel Jaime, Andrés, Esteban, mi hermano Pablo y yo— vivimos en la Medellín más urbana.

El mayor de nuestra generación, Héctor, picó en punta en reconocimiento público cuando se convirtió en ciclista profesional. Fue el segundo pedalista destacado del pueblo: antes estuvo Honorio Rúa Betancur, subcampeón en 1955 de la Vuelta a Colombia, coequipero del famoso líder de la escuadra antioqueña, Ramón Hoyos Vallejo.

“Honorio era un monstruo para correr. Claro que yo he sido el único ciclista de Prado en correr el Tour de Francia”, afirma mi primo sin petulancia cuando recuerda sus dos temporadas en Europa en el equipo Kelme, de España. Ambos llegaron a la élite de ese deporte a punta de subir y bajar en cicla todos los días las cuestas de Prado, lidiando con buses y camiones que siempre han transitado a sus anchas por la vieja y estrecha vía.

Como Medellín ya no tenía para donde crecer, se desdobló hacia sus corregimientos, principalmente a San Antonio de Prado y San Cristóbal.
El pueblo siguió creciendo, aumentaron los servicios públicos, la salud, la educación; el conservatismo perdió fuerza como partido político y los curas eran respetados pero ya no tenían poder; se debilitó la economía agraria, se empezó a olvidar la herencia campesina; subió el interés por el deporte, la cultura, y la organización comunitaria.

En la década de 1980, el crecimiento obligó a incorporar al perímetro urbano a los núcleos poblados de Pradito y El Vergel, pero fue la construcción de las urbanizaciones Aragón y Rosaleda, en la vereda San José (límites con Itagüí), la que advirtió que los campos serían invadidos por la maquinaria del progreso.


Domingo en el parque principal de San  Antonio de Prado. Foto tomada por Róbinson Henao el 2 de agosto de 2015

En los años 90 la vida siguió cambiando, en especial por la construcción de El Limonar, 2.670 viviendas de interés social a donde el Municipio llevó a damnificados de tragedias en Villatina y El Pinar, en el otro extremo de la ciudad. Luego trasladó a gente de La Iguaná, desplazados por la violencia y viudas de policías asesinados.

El Municipio les dio unas casas pequeñitas, pero no los acompañó para construir una comunidad. Eran personas de distintas procedencias y culturas que quedaron a su suerte y eso detonó los conflictos, la violencia y la inseguridad. Todo eso, en el período más duro para Medellín por la época de terror que instauró el narcotráfico.

Las dos enfermedades del abuelo, volvieron: la política con los primos Gabriel Jaime Rico (ahora aspirante a la Alcaldía de Medellín) y Héctor —el ciclista— quien una vez se lanzó fallidamente al Concejo Municipal y todavía sigue trabajando para campañas electorales. El periodismo regresó con quien les escribe.

Los hijos de los primos, el cambio total

La siguiente generación, la quinta, ya en el siglo 21, tiene mayoría de mujeres: Laura, Evelyn, Manuela, Samantha y Jerónimo. A las dos primeras, las únicas que viven en Prado, les tocó una comunidad distinta, un corregimiento atiborrado de inquilinos que llegaron a los edificios que crecieron donde antes había viejas casonas con solar, a las 30 urbanizaciones que coparon antiguas fincas, entre comercios y carros por aquí y allá.


Al fondo, el Cerro del Padre Amaya. Más cerca se observa la torre de la iglesia principal de San Antonio de Prado. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 2 de agosto de 2015

Como Medellín ya no tenía para donde crecer se desdobló hacia los corregimientos de San Antonio de Prado y San Cristóbal. En 17 años (de 1988 a 2005) la población se cuadruplicó: pasó de 22 mil a 72 mil habitantes. Entonces nacieron otros barrios, centralidades y los nuevos pobladores trajeron una identidad que chocó con el ser tradicional de los habitantes rurales y de aquellos del núcleo urbano de siempre.

A esta generación le tocó padecer males jamás vistos allí: asesinato de jóvenes, fronteras invisibles y ajusticiamientos por parte de la Policía. Pese a tener zonas montañosas y boscosas, las veredas más lejanas nunca sufrieron la guerrilla, aunque de vez en cuando salía por el alto del Chuscal. Tampoco fue porque los alzados en armas no quisieran, sino porque lo impidió un cordón paramilitar que operó en los vecinos Armenia, Heliconia y Ebéjico, al que se atribuye la muerte y desaparición de muchas personas.

Pero en los últimos años también han visto cosas que mantienen la esperanza: la bella biblioteca, la red de bandas de música, la Corporación Casa de la Cultura, la emisora y el periódico Ciudad Rural, la nueva carretera por El Vergel hasta Ditaires, centros educativos, la ampliación del hospital, organizaciones sociales de cuanta cosa existe, grupos culturales, equipos deportivos… entre ellos el de baloncesto, en el cual sigue jugando la prima Ángela con la misma pasión de su época del colegio.

Para esta generación sigue siendo un orgullo que en el parque principal esté, junto al de Simón Bolívar, un busto del abuelo que fue político y periodista, Manuel J. Betancur, y que el liceo más viejo lleve su nombre.


Fotografía tomada desde la Metropolitana, vía que comunica a Prado con La Estrella e Itagüí por el sector de Ditaires. Al fondo, la iglesia principal. Foto Róbinson Henao. Agosto 4 de 2015

Celeste y el futuro que llega

No ha cumplido tres años y Celeste ya habla como una lorita: “Este año entró al jardín y ha sido un cambio total”, dice su mamá, Laura, quien la tuvo cuando apenas iniciaba su carrera de Ingeniería de Procesos en la Universidad Eafit.

La chiquita es un sol, tiene un rostro redondo, pelo crespo y recién nacida sus ojos eran como aceitunas negras. Hasta ahora, es la última de nuestra estirpe que sigue en Prado, la sexta generación allí. ¿Cómo será el corregimiento que le tocará vivir?
“Prado tiene 103 urbanizaciones aprobadas por curaduría para ser construidas. ¿Dónde vamos a tenerlas?”, se pregunta Esmeralda Cardona, integrante de la Junta Administradora Local. Tanto como el espacio físico, le preocupa que quienes llegarán requerirán equipamientos urbanos que no se tienen: “Les hablan de iglesias, centros de salud, colegios, vías… Eso les prometen los constructores, pero no lo hacen ellos”.

“Tenemos suelos inestables porque estamos en la reserva de Romeral, que está llena de fuentes de agua, y aún así se están sobrecargando los terrenos con un peso que quién sabe cuánto aguantarán. La laguna que teníamos en Potrerito se perdió y no se sabe la causa, si por inestabilidad de los suelos, filtraciones o qué”, afirma.

También le preocupa que los recién llegados tomaron la quebrada Doña María y Romeral como sitios de recreación sin ningún orden, lo que pone en riesgo los bosques, fauna y flora de ese pulmón verde no de Prado, sino de todo el Valle de Aburrá.

Por eso reclama educación y construcción de relaciones de arraigo que generen identidad con el territorio y con los demás pobladores, con los que siempre lo han habitado y con los campesinos de las áreas rurales. Y que haya educación y empleo, pues así evitarán nuevos problemas sociales.


Quebrada Doña María. Fotografía tomada por Jorge Obando (1894-1982). Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

Esmeralda Cardona dice que el Plan de Desarrollo del corregimiento tiene siete grandes líneas, pero que serán nada sin la participación de la comunidad. Menos mal tienen una sociedad civil compuesta por unas 150 organizaciones, entre ellas su Junta Administradora, las 36 juntas de acción comunal; las mesas ambientales, de movilidad, espacio público, derechos humanos; y grupos diversos que trabajan por este corregimiento con cara de pueblo, vida de ciudad y desafíos nunca imaginados por los antiguos habitantes, por nuestros antepasados.

De nuestra familia, ¿qué más decir? Que los chismes buenos de los Betancures a los que pertenezco quizá se contarán generaciones después, cuando algún descendiente caiga presa de una o de las dos enfermedades que dejó el abuelo. Quién sabe qué irán a escribir sobre nosotros, qué pensarán cuando oigan nuestras historias y se rían de las truculencias que nos ocurrieron, ocurren o habrán de ocurrir. Qué importa, al fin y al cabo así es la vida, sea en San Antonio de Prado o en cualquier otro rincón del mundo.



El cronista

Juan Gonzalo Betancur Betancur. Comunicador social – periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. En la actualidad, es profesor e investigador adscrito al Departamento de Humanidades de la Universidad Eafit, donde dicta cursos de periodismo en la carrera de Comunicación Social.

Es magíster en Estudios Humanísticos y tiene especializaciones en Análisis Político y del Estado, y en Comunicación y Conflictos Armados, de la Universidad Complutense (Madrid).

Trabajó como periodista durante una década en el periódico El Colombiano, donde fue editor de sección; fue cofundador y director del periódico 15, de Bucaramanga; y editor de fin de semana del diario La Prensa, de Panamá.

Es coautor del libro Los olvidados – Resistencia cultural en Colombia, junto al fotógrafo catalán Kim Manresa. En Eafit trabaja en proyectos de periodismo digital sobre memoria histórica, lenguas nativas de Colombia y el río Magdalena.