Palmitas cósmico, de tesoros, altares y arriería (crónica)

Palmitas aparece prendido a la cara oculta de las montañas que cierran el valle por el Occidente; es posible observarlo al salir del túnel que lleva a Santa Fe de Antioquia
Por Patricia Nieto
La imagen es la de un camino de casas coloridas unidas apenas con un hilo a la iglesia de frontis mostaza y torre blanca. El hilo es, en efecto, una vía asfaltada que sirve también como balcón para contemplar el lomo agreste de la cordillera central.


Privilegiado paisaje de atardecer veraniego que se regalan los vecinos: todas sus casas tienen palco de honor hacia la cordillera. Fotografía tomada por Róbinson Henao

El pueblo se llama San Sebastián de Palmitas y es el centro comercial, político y religioso de 7.800 medellinenses que viven de la agricultura, pueblan la tierra con los mismos apellidos, evitan abandonar sus fincas y en apariencia no guardan nostalgia por la ciudad que se extiende al otro lado de la cordillera. Una ciudad de la que no ven las luces titilantes en las noches y a la que no le tributan las aguas que nacen en sus breñas porque estas van directo al río Cauca.


Arrieros en la vereda La Volcana, una actividad que no fenece. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Este que sirve de mirador es el segundo caserío. Hace siglos el pueblo se fundó en la parte baja donde el clima es cálido, los cristianos están protegidos por San Sebastián y fue albergue para los que recorrían en mulas las largas distancias entre Medellín y el mar. Los segundos fundadores treparon la montaña para ofrecer posada a los que aprovecharían la carretera al mar que vio transitar los primeros carros a mediados del siglo XX.

Sesenta años después del traslado no hay posadas en San Sebastián de Palmitas. Al ser atravesado por dos grandes carreteras y un teleférico –la distancia con la zona urbana de Medellín es de apenas 14 kilómetros– nadie necesita descansar allí. Aunque es un placer ver la danza de la neblina sobre el pecho de la cordillera e imaginar que el sol se pone en medio de un universo blanco, vaporoso y límpido.


Sector de la vereda La Volcana, una de las siete del territorio. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Las grandes carreteras cambiaron bruscamente algunas cosas en esta vereda declarada corregimiento de Medellín en 1963 pero otras se transforman lentamente. Las familias conservan las tierras aunque han tenido que dividirlas en fincas de no más de cinco hectáreas. Los abuelos siembran caña y los nietos buscan empleos como oficinistas en la ciudad. Las abuelas cocinan y ordeñan y algunas nietas se van al centro de la ciudad en busca de una universidad. Los tíos se recrean en el sueño de vivir en galaxia pacífica donde no hay muertes violentas y los sobrinos compran motocicletas para viajar rápido y cruzar esa montaña que los aleja de la urbe.

¿De quién es la tierra?
En la pendiente de una montaña cortada por dos carreteras vive Aicardo Álvarez Cano desde hace 72 años. Nació en la casa de su abuelo Isaac que, según dice “fue brotado en esta tierra”. Continúa la afirmación con un cierre simultáneo de ojos y de labios como si quisiera poner punto final a las preguntas por el origen.


Aicardo Álvarez. Foto tomada por Camilo Castañeda

Para no perderse en divagaciones acerca de quiénes poblaron antes su montaña, o en especulaciones sobre una posible mezcla entre españoles e indígenas que diera origen a su clan, Aicardo recorre la casa. Se detiene justo donde dos pasillos forman una ele. A la izquierda, el bloque de habitaciones de tapias –una de ellas con recámara- techo de tejas de barro, cielo raso de cañabrava, piso de madera y nichos labrados en las paredes donde antes se entronizaban vírgenes y arcángeles. A la derecha, la cocina ya sin fogón de leña y aún con la banqueta donde los jornaleros se sientan a conversar después de trabajar en el cañaduzal; y al lado, una pequeña habitación -antes despensa- donde Aicardo hace la siesta, ve misa por televisión, escucha la radio y recuerda.


Los infaltables billares, sitio de obligada concurrencia para los contertulios de siempre. Fotografía tomada por Róbinson Henao

La finca 115, donde nacen las aguas de San Sebastián de Palmitas, eran del abuelo Isaac Álvarez y de la abuela Agripina Ortiz. Esa tierra era el mundo entero, parece decir Aicardo. En ella: bosques, nacimientos, nubes, cielo, brisas, viento, lluvias y oro. Dice oro y se levanta de un brinco para mostrar la portezuela que conduce al zarzo, ese espacio que queda entre el techo de tejas y el cielo raso, donde se acostumbra guardar los aperos de las mulas y el pesebre. Levanta el brazo y señala esa oscuridad y dice que ahí, arriba, uno de sus tíos encontró una olla cuando la familia reunía los corotos para huir de la furia de los conservadores; y en ella, tantas libras esterlinas que las cogía a puñados y le alcanzaron para comprar tierras en San Cristóbal, San Jerónimo y Sopetrán después de La Violencia.


Registro de actividades típicas en la única calle de la población. Fotografía tomada por Róbinson Henao

El oro se les fue de las manos a Aicardo, a sus 12 hermanos (y a decenas de primos) que no tuvieron la suerte de toparlo. Nélida, Amparo, Consuelo, Marta, Gloria, Fabiola, Nohelia, Mario, Roberto, Raúl, Hernán y Luis Fernando heredaron lo que de esa primera inmensidad correspondió a José Álvarez y a Bernanda Cano, sus padres. Y cada uno a su modo, creó de nuevo el mundo ahí en su montaña.

Pero el mundo para Aicardo era Agua Bendita, la finca donde vio la luz. Entonces en 1972 comprobó que estaba casi abandonada y preguntó: ¿De quién es Agua Bendita? Entre boletas, ventas de palabra y escrituras logró dar con los propietarios que, por supuesto, llevaban uno de sus apellidos y, sin vacilar, ofreció. Por 350 mil pesos compró seis hectáreas que hoy dan doscientas cargas de caña al año y sostienen la vida de un muleto, una vaca, veinte marranos y un perro.


Así luce la calle principal del corregimiento, a la vera del templo; sitio obligado para la vida social y comercial. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Agua Bendita -se llama así porque un sacerdote sediento encontró un chorrito de agua en el camino real que atraviesa la finca, se inclinó, bebió y la bendijo- es hoy uno de los 1.650 predios en los que está partida esa gran montaña que se llama San Sebastián de Palmitas. Allí es donde algunos viejos como Aicardo –más conocido como Carepalo– logran mantener el 93 % del territorio dedicado a cosechar café, caña de azúcar, hortalizas, legumbres y frutas dulces como mangos, naranjas y pomas. Allí es donde se aferran a la tierra los que no quieren que a sus potreros les saquen metros cúbicos para cavar piscinas; allí es donde el 89 % de los nacidos se queda hasta envejecer.


Vereda La Aldea, la cuna cargada de historia del corregimiento. Fotografía tomada por Róbinson Henao

No solo somos cuerpo
Cuando cae la tarde y no hay neblina, las montañas del occidente de Medellín se tiñen se azul. A Alirio Álvarez le gusta mirar ese color extraño que lo lleva a preguntarse por las relaciones entre el centro de la tierra, los hombres que la habitan y el espacio exterior no conocido. Cuando Alirio dice tierra, dice lo comprendido entre San Cristóbal y San Antonio de Prado, Bello y Ebéjico; es decir las 5.885 hectáreas de San Sebastián de Palmitas.


Alirio Álvarez. Foto tomada por Camilo Castañeda

Ese es el planeta que Alirio ha recorrido caminando desde cuando era un niño recién llegado, con sus nueve hermanos, a la tierra de sus padres. De su boca brotan descripciones y explicaciones para ese mundo que mira con obsesión. “Como ve, nuestra tierra es bastante quebrada”, señala la cara occidental de la cordillera Central de Los Andes y refiere que el paisaje corresponde a formaciones asociadas a los sistemas rocosos llamados Altavista, Romeral y Quebrada Grande que hacen parte de los suelos de Medellín. Entonces explica que algunas pendientes son del 60 % lo que hace muy difícil recorrerlas. Pero él las ha caminado, las ha interrogado y les ha copiado alguna sabiduría.


Aspecto de las fincas que rodean el sector central. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Para Alirio, que es artista y lector, no basta decir que el Cerro del Padre Amaya, a 3.100 metros sobre el nivel mar, es la fuente de agua más importante de la región; ni que la cuchilla de Las Baldías, a 3.200, tiene características de páramo y le da vida a frailejones; ni que el Alto de Urquita llega a 3.150, y es fuente de aguas como La Miserenga, La Volcana y La Legía; ni que la Peña de don Félix, El Chuscal –llamado el Machu Picchu antioqueño por la energía cósmica que le advierten–, el alto de La Frisola, el morro de La Potrera y otros muchos son lugares fantásticos porque producen nacimientos de agua en el 13 % de los predios; ni que son en conjunto bosques alto-andinos con gran potencial científico.


>>El “Mercado de Paula” y sus variados y muy eficientes servicios. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Para Alirio, llamado Camarada desde sus años escolares, hay algo más poderoso: entre El Boquerón, la puerta entre San Cristóbal y San Sebastián de Palmitas, y el Cerro del Padre Amaya: hay un portal extraterrestre en el que muchos campesinos han tenido avistamientos asombrosos. A él le sucedió. “Una madrugada salí del colegio donde trabajaba como vigilante y levanté la mirada. Eran las 4 y 30. Una luz entre amarilla y naranjada se acercó, se detuvo unas fracciones de segundo y luego se alejó a una velocidad similar a la de un avión supersónico. Se ocultó por el páramo de Las Baldías”, ese día Alirio comprobó “que creer es dudar”, dice, y se dedicó al estudio de la Gnosis.

Descubrió que otros personajes en San Sebastián de Palmitas tienen su misma sensibilidad: un amigo tuvo la sensación de que en el cerro de La Popa había sucedido un amanecer repentino que iluminó todo el ganado; una maestra vio un cuerpo volador sobre el tanque del agua; y alguien más vio, en La Miserenga, un objeto con cuerpo de águila, cola de pescado y hélice de helicóptero que le pareció extraordinario.

Alirio, que conoce las cimas de las montañas (como aquella donde se ve una gallina con sus huevos y polluelos de oro macizo), los tres cañones más profundos formados por las quebradas La Frisola, La Volcana y La Sucia, los kilómetros de caminos ancestrales marcados por los pasos de las mulas, el azul éter que tiñe las montañas al atardecer, y la luminosidad especial de las naves visitantes, asegura a sus 56 años: “Los hombres no estamos solos en el mundo; el portal extraterrestre de San Sebastián de Palmitas posee una energía favorable para que estos seres pueden entrar en comunicación telepática con nosotros y nos visiten; no somos solo cuerpo terrenal, somos alma, somos espíritu, somos trascendentes.


Desde la parte superior del corregimiento, en las noches, es posible deleitarse mirando la vía que conduce del casco urbano a la carretera. Fotografía tomada por Róbinson Henao

La aldea del santo
Decenas de anturios rojos marcan el pasillo por donde Dora Ospina sale de su casa. Hace sonar las llaves con las que abrirá la capilla donde reposa San Sebastián, el secreto mejor guardado de Palmitas. Apenas se acerca a la puerta de madera y el manojo de llaves se convierte en sonajero, centenares de palomas aturden con sus zureos. Cuando las dos alas de la puerta se abren, la luz deja ver las baldosas que forman flores rojas, verdes y negras sobre el piso hasta la base misma del altar. Allí, detrás de un tablón que sirve de mesa de ara, en lugar de Jesús crucificado está Sebastián herido. Es un muchacho joven, delgado, rosado, sin barbas y cubierto por un faldón desde la cintura hasta la mitad de los muslos. Tiene sangre en los pómulos y en los brazos. Además, tres lanzas le hieren pecho, abdomen y pierna.


>>Dora Ospina. Foto tomada por Camilo Castañeda

Dora lo contempla en su nicho de madera pintado de rosa y dorado, y trata de componer las flores de plástico que lo honran. De San Sebastián se sabe que nació en Francia en el año 256 y que luego ingresó al ejército italiano. Allí se negó a participar en los sacrificios paganos. Entonces, descubierto como cristiano, fue atado a un poste y atacado con saetas. Esa vez se salvó, pero luego, fue azotado hasta la muerte cuando apenas tenía 32 años.

Del San Sebastián local se sabe menos, dice Dora. El pueblito, de techos de paja y paredes de bahareque, fue fundado en 1742 con su nombre, lo que quiere decir que ya se conocía la leyenda. Algunos dicen que un cuadro con la imagen de Sebastián apareció en un solar, debajo de un palo de mango, cuando apenas se juntaban las primeras familias que luego se volvieron tradiciones: Montoya, Suárez, Álvarez, Cano, Ospina, Pulgarín. Otras dicen que algún viajero la perdió, que un indígena la abandonó o que fue encontrada entre las alforjas de un arriero que murió al llegar allí con su mulada. En cualquier caso, las primeras familias le construyeron una capilla de paja –que, según cuenta Dora, se quemó- y en torno a él se formó un caserío con carnicero, panadero, matarife, curandero y partera. San Sebastián de La Aldea, al estar sobre el camino ancestral que unía el cañón del río Cauca con el valle del río Aburrá, se convirtió en punto de encuentro de los viajeros durante los siglos XVIII y XIX.


>>El templo de San Sebastián, eje de la vida espiritual de la comunidad. Fotografía tomada por Róbinson Henao

“San Sebastián ha sido siempre nuestro patrono y nadie lo sacará de aquí porque ni él mismo se quiere ir” advierte Dora, mientras muestra el deterioro de la capilla que es considerada patrimonial. Ella no necesita abrir ventanas pues algunas paredes de madera rota dejan pasar la luz, el agua y decenas de palomas que arman sus nidos en los techos y en los orificios de las tapias. “Qué pesar de la capilla”, dice. A veces a Dora, que además de sacristana es la secretaria de la acción comunal desde hace 38 años (apenas tenía 12 cuando la nombraron) ni le provoca tocar las campanas para llamar a misa a los ochocientos habitantes de La Aldea. El abandono comenzó cuando la mayoría del pueblo se fue a poblar San Sebastián de Palmitas, quinientos metros más arriba, atraída por la construcción de la carretera al mar. Y allá levantaron capilla y parque. Y más tarde escuela y colegio; y después, centro de salud y estación de policía.

Desde entonces, 1955 cuando se inauguró la carretera, el comercio dejó de pasar por La Aldea, tierra templada, y se concentró en Palmitas, casi siempre cubierto de neblina. La Aldea dejó de ser el centro y se convirtió casi en una vereda más como Urquita, La Suiza, La Sucia, La Frisola, La Potrera – Miserenga o La Volcana – Guayabala. Por el santo, La Aldea conserva el honor. Cuentan que cuando el pueblo se trasladó a Palmitas y un grupo de vecinos lo levantó, se hizo tan pasado que no lograron llevarlo más allá del Alto de don Abel. Entonces, como el santo se quedó, también permanecieron familias como la de Dora, descendiente de arrieros y de paneleros, que hoy suman más de 118 herederos repartidos por todo el corregimiento.


Otro aspecto de la vía principal del poblado: frente al templo parroquial, una tradicional y colorida vivienda. Fotografía tomada por Róbinson Henao


>>John Fredy Cano. Foto tomada por Camilo Castañeda

La historia sí tiene fin
Por las venas de John Fredy Cano corre sangre de arriero. Eso dice antes de recordar que primero aprendió a caminar entre mulas que a patear una pelota. Hace cuarenta años, cuando él todavía estaba en la edad del tetero, a los niños de San Sebastián de Palmitas los arrullaban en el cañaduzal, en la molienda o al lado de la mulada que comía melaza, pasto y agua. A él le gustaba ver cómo los hombres mojaban los lomos de las bestias antes de echarles la carga, y cómo a una palmada en la pierna ellas respondían levantando la mano para que les limaran los cascos y les cambiaran la herradura.

Más tarde, cuando ya tenía cuaderno y lápiz, Josia –como ya lo apodaban– se entretenía viendo los modales prácticos de su papá José Antonio: arreglaba los negocios de palabra, calculaba el precio de una finca con solo echarle un vistazo, instruía a los arrieros en el modo de cargar madera, ladrillos, cemento o panela, soltaba un hijueputa sostenido si una de las bestias se ranchaba de la sombra de un árbol cuando no era la hora del descanso, y se metía los fajos de billetes al bolsillo como si fueran un pañuelo.

Por ambicionar plata, John Fredy dejó la escuela apenas terminó el tercer grado y a los doce años se hizo arriero. Comió tierra, por no decir que otra cosa, y tomó cerveza en cuanta fonda conoció en las 5.885 hectáreas de San Sebastián de Palmitas. Recorrió las trochas estrechas, escarpadas, pedregosas como ayudante de fleteros de hortalizas, frutas, café, caña. John Fredy se hizo hombre entre los arrieros que dominaban la cordillera agreste. Y, dos años después, antes de cumplir 15, compró a Muleta por 105 mil pesos.


La riqueza agrícola se exhibe en la parte baja de la vereda Urquita. Fotografía tomada por Róbinson Henao

En un abrir y cerrar de ojos, Fredy arriaba dieciocho mulas de su propiedad por la cordillera entre Bello, San Félix, San Antonio de Prado, San Jerónimo, San Cristóbal y Ebéjico. “Para eso hay que ser un arriero fino de los saben que es arretranca, tapapinche, perrero, turega, requinte, sangrero, remuda, repuntera… y de los que entienden cuando hay que decirle princesita o cuando toca soltarle la vulgaridad para que se mueva. De los que saben que a una mula no se le pega”.


>>Una invitación a la frescura, por cuenta de la quebrada La Volcana. Fotografía tomada por Róbinson Henao

Una vez montaña adentro, la recua es la familia del arriero. Por eso, en viajes peligrosos a John Fredy el miedo se le encaja en la cintura. Ir de La Sucia a El Morrón o a Ebéjico le quita el sueño al arriero más osado. Son caminos pedregosos, estrechos, empinados o pantanosos y si una mula se cae solo puede sostenerse con el hocico. A veces se quiebran la mandíbula o pierden los dientes o ruedan por la pendiente. Eso le pasó a La Pochocha que se fracturó la columna y fue sacrificada en medio de la trocha, con un golpe de martillo en la base el oído, a la vista de los arrieros que lloraban como si fuera una de su especie.

John Fredy trabaja entre las trochas en semana y los sábados sube a la cabecera de San Sebastián de Palmitas. Con él llega Oreja de Tijera, Muñeco, Flaco, Gurre, Negro, Niña, Cholina, Amarilla, Petrolio y Plomo, cargadas con la panela que el mismo John Fredy muele y hornea en La Arrinconada, la finca donde se hizo grande. Una vez descarga, abre su oficina que no es más que una libreta donde dibuja cuatro columnas: número de bolsas, número de pares, estado de la cuenta entre caña entregada y panela vendida, y, en la última a la derecha, el apodo del cliente.

La libreta es el único respaldo para los negocios que se hacen de palabra. Cuando la libreta se moje en un aguacero y cuando John Fredy no esté para recordar cómo se hacían las cosas, la casa de los arrieros de San Sebastián de Palmitas estará en ruinas. Lo que no acabó el túnel de Occidente, ni el teleférico, ni acabará la doble calzada que anuncian, lo van a cambiar para siempre los precios del mercado en Medellín. “Hace treinta años, explica John Fredy, una caja con once kilos de tomate se vendía a siete mil pesos; hoy, por los mismos tomates nos pagan los mismos siete mil”. Hace una pausa y pregunta: ¿Usted cree que puedo pedirles a los dos hijos míos que sean arrieros como yo? Por eso le digo: Lo de mi familia que es el campo, la travesía, el río, la roca, la carga, la mula, termina cuando yo me muera”.Con asistencia de Lina Martínez y Camilo Castañeda


Vía que comunica el sector central con la carretera entre Medellín y Santa Fe de Antioquia. Fotografía tomada por Róbinson Henao



La cronista

Patricia Nieto es Doctora en Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata. Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Antioquia; comunicadora social – periodista y profesora titular. Libros: El sudor de tu frente (1998), Llanto en el Paraíso (2008), Los Escogidos, 2012, entre otros. En 2006 inauguró la serie de talleres de escritura De su puño y letra, con víctimas del conflicto armado. Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí de la Agencia Prensa Latina (1992), Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (1996), entre otros.