Cocorná

Me reafirmo en la necesidad de trabajar en una Medicina que atienda al ser humano como totalidad. Tenemos tiempo y espacio para escuchar las historias de los pacientes, historias que están llenas de dolor
/ Jorge Vega Bravo

Llevo seis años visitando a los habitantes de Cocorná para realizar una consulta especial durante un día, periódicamente. Una tarde en nuestro consultorio, una señora de Cocorná nos hizo notar que se nos presentaban alrededor de 100 personas de ese municipio y me planteó la posibilidad de programar servicios regulares.

Las señoras Rosalba Martínez y Yadira Gómez organizaron la consulta en casa de la segunda los primeros años y ahora en casa de doña María del Socorro, madre de la primera, y allí empezó una relación que ha venido creciendo.

Cocorná es un pueblo del oriente de Antioquia, que quizás tomó su nombre del cacique Cocorná, líder aborigen de estos territorios cuando llegaron los conquistadores. Otros sostienen que lo tomó de la expresión Pantogora Cocozna, que en su lengua significa tierra de animales. Está a 1.300 metros sobre el nivel del mar y tiene 210 kilómetros cuadrados, 70 veredas y 15.000 habitantes –4.000 en la cabecera municipal–. Se reconoce por su riqueza hídrica, con hermosos ríos y cascadas que son el deleite de los visitantes.

Viajar a Cocorná es un alivio para el alma y una linda pausa en el ritmo cotidiano de trabajo. Los 80 kilómetros que lo separan de Medellín, cada vez se hacen más cómodos de transitar por el excelente estado de la autopista Medellín-Bogotá, cuya doble calzada llega hasta Marinilla. Ahora está en proceso de construcción el trayecto Marinilla-Santuario.

Haciendo la consulta en esta población, recuerdo mis experiencias del año rural en Vigía del Fuerte y me reafirmo en la necesidad de trabajar en una Medicina que atienda al ser humano como totalidad. Tenemos tiempo y espacio para escuchar las historias de los pacientes; historias que están llenas de dolor, con remanentes de la violencia y el desplazamiento ocasionados por la época en que la lucha armada se metió al corazón del municipio y a muchas de sus alejadas veredas. Me impactan las historias de las maestras que trabajan con verdadero sentido de servicio en las lejanas escuelas rurales y que cargan con los numerosos problemas que traen la desigualdad y la falta de oportunidad para muchas familias de la región. Historias de vida que solo necesitan ser escuchadas para iniciar un proceso de conciencia que conduzca a la transformación. Aquí palpamos el pulso de la vida que palpita de manera transparente. Aquí reafirmamos el papel de la enfermedad como túnel, como reto para el desarrollo.

También veo con asombro otro grupo que vive en equilibrio, con su casa en el pueblo y su terruño en la zona rural, donde trabajan la tierra y consiguen un sustento digno. He encontrado en Cocorná verdaderos maestros, sabios natos que viven la existencia de manera tranquila y armoniosa, lejos de los afanes del consumo, con un profundo respeto por la tierra y sus congéneres.

El encuentro con la gente de Cocorná nos enriquece y nos llena de esperanza. Gracias a todos, gracias a Rosalba y a Yadira, a Gloria, a doña María, a Blanca Margarita, primera paciente de Cocorná que nos visitó en la consulta.

Regreso de Cocorná con el alma expandida, con frutos de la tierra y con la certeza de que la sencilla iniciativa de servicio de estas personas se convirtió en una realidad que no necesitó ni estudios ni compleja infraestructura y ha sido un apoyo para los seres humanos de esta región.
opinion@vivirenelpoblado