Cocina, campo y madera

 
 
 

Cocina, campo y madera

Una casa de piedra con una terraza cercana a un pequeño lago

 

Llegamos a la 1:00 p.m. y salimos a las 6:00 p.m. Fue una tarde sibarita. Hermoso sitio, plácida atmósfera, deliciosa tertulia y excelente comida. Su nombre no alcanza a describir el encanto real que se vive en sus mesas. No pretendo decir que está equivocado, pues coincide con su filosofía y estilo. Al frente de sus fogones se encuentra su propietario, Santiago Uribe de Bedout, un chef empírico, pero apasionado por el oficio como el más profesional de la comarca.

Éramos 8 personas, seis de ellas amantes de la buena mesa y quienes desde hace algunos años visitamos y disfrutamos todo nuevo sitio que se aparece en nuestra ciudad y sus entornos; los otros dos eran chefs profesionales a quienes invitamos para que con nosotros conocieran este lugar y su original manera de mercadear y presentar su cocina. El restaurante está ubicado a pocos kilómetros de Don Diego por la carretera a Llanogrande, desviándose de ésta para entrar por un pequeño camino que conduce a un imperturbable bosque de pinos en donde mimetizada aparece una casa de piedra con una terraza cercana a un pequeño lago.

Desde hacía varios meses estábamos planeando visitar este lugar y por lo tanto nuestras expectativas eran todas. Santiago nos recibió como el mejor anfitrión, advirtiéndonos que por ser quienes éramos (en la reservación yo le había pasado los nombres de 6 de mis compañeros) tenía los nervios alborotados; pero más se confundió cuando se enteró de que los dos que completaban el grupo de 8 eran chefs profesionales. Como todo aquel que hace su oficio con pasión, Santiago se sobró y con su espontánea manera de ser y de comunicar sin secreto alguno cada uno de sus platos, nos conquistó.

Ya lo he escrito 100 veces: la mejor salsa que hay es el hambre, pero en esta ocasión cada uno de los platos que yo había escogido en el menú de su hoja web, resultó ser un auténtico manjar por sus sabores precisos y bien equilibrados, y con porción y presentación impecable. Este fue nuestro menú: iniciamos con una sopa de tomate y albahaca, reducida en vino Malbec y acompañada de crutones de queso costeño apanado. Mis amigos, que sí saben de vino, seleccionaron para los primeros platos una botella de Lurton Malbec, la cual se convirtió en una segunda para acompañar nuestro siguiente plato: rollitos de morcilla (especie de spring rolls) en salsa de cítricos y chiles dulces, acompañados de guacamole en mandarina y cilantro. Llegó la tercera botella y con ella un tercer plato consistente en canastillas de pancitos al horno de leña, rellenos de aceitunas con anchoas y chorizo español.

Las bocas y dentaduras de mis contertulios ya estaban moradas cuando anunciaron el plato fuerte: se trataba de un mixto de carne y pollo, es decir, primero salió una punta de anca en horno de leña (la cual recibió los más altos elogios por su punto, color y perfecto sabor) cuyo único adobo era la sal y venía acompañada de criollitas y cebollas caramelizadas. Luego vino un hermoso plato con el pollo en costra de sal, marinado en soya, jengibre naranja y ruibarbo y servido por Santiago de manera espectacular pues cual herrero de la Edad Media procede a romper con piedra y martillo la costra referida. A todas estas, mis amigos enólogos, ya habían cambiado de vino y para este mixto se habían matriculado en un Lurton Pinot Gris del cual dieron cuenta de cuatro botellas, es decir, le dedicaron dos al asado de res y dos a la costra salobre del pollo.

Para finalizar, Santiago nos encantó con un postre denominado Pasión de Merengue cubierto de ganash de chocolate Santander en salsa de moras y frambuesas silvestres. Comenzaba a caer el sol y las ganas de una siesta para aquel banquete se apoderaron de todo el mundo. Cada uno salió en busca de su propia casa; días más tarde me enteré de que a todos nos duró la siesta y la placidez de la comida hasta el desayuno del día siguiente.

En la tarjeta promocional del restaurante se lee: “Cocina, Campo & Madera es una propuesta de un solo grupo, un restaurante de una sola mesa donde la magia del bosque, las velas, la chimenea, platos elaborados artesanalmente en horno de leña y una atención personalizada, harán de esta experiencia algo inolvidable”. Para mí no es un texto más de orden publicitario… es verdad de Perogrullo.