Ciudad o ciudadanos en construcción


    Ciudad o ciudadanos en construcción

    De la edición impresa (Edición 323)

    No hay posibilidad de dar razones a partir de la lógica a eventos que se justifican en la sinrazón. Nadie cuerdo podría medírsele a explicar por qué, por ejemplo, entre los constructores que atienden las obras públicas en Medellín, un mes tiene 45 ó 50 días y un peso vale uno con cincuenta.

    Los últimos casos son claros y todos hemos tenido que padecerlos, la construcción de la Avenida El Poblado, la Doble Calzada a Las Palmas, la Avenida 34, por solo citar tres inmediatas. Presupuestada para tres meses la Avenida El Poblado va a ajustar seis y no se le ve fin. Las otras dos tiene igual cronograma. Cien frentes de trabajo abiertos, obreros de aquí para allá, cierre de vías y la explicación que se da deja insatisfecho a cualquiera: el invierno o las redes de Empresas Públicas.

    Se pregunta uno, si el retraso de todas las obras durante los últimos 50 años ha sido siempre a causa del invierno, ¿no debería contemplarse este factor en el cálculo inicial? El invierno no es nuevo, por lo mismo no puede ser una contingencia, o no de esta magnitud. Igual sucede con las redes subterráneas a cargo de Empresas Públicas. Cómo es posible que en vías relativamente nuevas, no exista claridad de esas redes. Acaso entonces eso explica las mil y una reparaciones. Tener que abrir en varios puntos para encontrar un tubo debería dar vergüenza, especialmente a una entidad que se precia de ser modelo empresarial para todo el mundo.

    No se trata de echarle la culpa a nadie por los retrasos y los sobrecostos, pero alguien debe ser culpable, o alguien debe haber hecho mal las cuentas, o acaso es que las cuentas y los presupuestos se manejan con la esperanza de que esta vez sí vamos a poder.

    Lo triste del caso es que las explicaciones terminan por ser tan vagas y tan laxas como los mismos atrasos. No es justificable que una obra logre los niveles de atraso y desorden que han tenido estas de El Poblado y volvemos aquí con un planteamiento sustancial y que podría servirle de ejemplo y ayuda a los encargados de las construcciones en el Municipio: los usuarios de las obras no tienen claro qué es lo que de verdad se está haciendo, cuándo se va a terminar y cuál es el alcance de las mismas. Esto lo podemos afirmar por las múltiples llamadas, cartas y comentarios que recibimos en esta redacción para hablar de las molestias con los trabajos, ya ni siquiera con la justificación o no de ellos.

    Estamos seguros, eso esperamos, de que estas obras al finalizar van a demostrar que efectivamente serán de gran calidad. Pero, entretanto, las molestias se podrían haber minimizado y la relación con los ciudadanos se hubiera podido mejorar. Un trabajo de la envergadura de estos, que además es piloto de otros, por todo Medellín, amerita un programa de comunicaciones más agresivo, acompañado por un trabajo de la Secretaría de Tránsito que haga cumplir las pocas normas de tránsito que una intervención como esas deja en pie.

    Obras públicas dejadas a su propia suerte y sin el acompañamiento de un programa de educación cívica no serán perdurables y se convertirán apenas en meros adornos de cuatro esquinas. La construcción de una cultura urbana no consiste en hacer calles y aceras, consiste en crear ciudadanos, los dolientes de esa urbe, los ojos de la ciudad.

    La pregunta entonces es ¿a quién le corresponde esa labor educativa? ¿Qué se quiere hacer: una ciudad de cemento o ciudadanos fuertes y ciudadanía responsable? Preguntas que quedan en el aire y a las que deberíamos buscarle respuesta.