Casa de muñecos

Las funciones de títeres están a la orden del día en el histórico cementerio medellinense, y por más que los entusiastas defensores de los espectáculos culturales aplaudan la atrevida originalidad de tal proyecto, yo prefiero pensar, como si tuviera 30 años más de los que tengo, que la novedad no deja de ser necia en un lugar donde, justamente, lo que se busca es que haya un eterno estancamiento. O, jugando a que tengo 15 años menos, diré: Parce, ¿ya no hay suficientes muñecos allá?

No sé a quién se le metió en la cabeza que un cementerio tenía que ser un lugar feliz y, enarbolando esa equívoca bandera, llevó hasta allí actores, muñecos de trapo, poetas y yo no sé cuánta quincallería carnavalesca. Me imagino que debe tratarse de alguno de esos ilusos que sueña con que algún día, en medio de gorritos y serpentinas, la muerte va a figurársenos un episodio aceptable. Al cementerio se va a llorar y a sentirse miserable, pues hasta de eso tiene necesidad el heterogéneo ser humano. Desde hace milenios el hombre ha enterrado a sus muertos en medio de profundas crisis sentimentales, y la anónima pero lúcida mente de la historia fue haciendo que, los lugares en que debía llevarse a cabo ese penoso ritual, fueran espacios silenciosos y sombríos en que pudieran ejecutarse del modo más eficiente los símbolos que es necesario manipular ante la muerte. Pero, ¿se imagina usted, amigo lector? Hoy en día, al lado de una familia compungida que llora el deceso inmundo de una jovencita de quince años, una cuadrilla de trabajadorcitos de la cultura divierte a un puñado de ociosos representando El enfermo imaginario de Molière, bufonesco hasta la médula.

No es el cementerio el lugar que haya que publicitar y al que haya que atraer visitantes con dudosos señuelos, como si se tratara de un circo, un zoológico o un bingo de beneficencia. La sola rutina sagrada de una ciudad siempre ha hecho lo suyo, y mucho antes de que llegaran los reformistas animadores de cementerio: cada día de la madre o del padre, cada 2 de noviembre, cada 31 de diciembre o cada que quién sabe qué conmemoración familiar lo pide, allá está el cementerio atiborrado de gente silenciosa y melancólica, de gente que piensa en sus amadísimos cadáveres y que no necesita, para nada, que payasos de ninguna especie salgan a escena. Se dirá que, con todo ese espectáculo aspaventoso, lo que se quiere es acercar a la gente para que conozca el patrimonio cultural del ciudad. Pero, ¡ah!, los recorridos y costumbres individuales de cada doliente ya aseguran esa comunión con la historia: por visitar a sus sobrinos muertos, mi suegra ha podido conocer el cementerio hasta su última maceta, y fue ella quien me habló de la tumba de Carlos E. Restrepo, del mausoleo de la familia Ángel y del lugar donde provisionalmente estuvieron los huesos del “Zorzal criollo”.

Las ánimas en pena, los fantasmas de sábana blanca y los fuegos fatuos acabarán por irse de San Pedro, espantados por tanto Pinocho advenedizo. Con seguridad, así ya no va a valer la pena morirse.

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