LA BUENA MESA
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María Adelaida Moreno

La tradición familiar sembró en ella la inquietud por la gastronomía, pues sus padres están al frente del reconocido Café Le Gris, y además se ha preparado a través de cursos sobre los más diversos temas relacionados con el mundo de la buena mesa. La carrera de diseño gráfico que estudió y ejerció durante diez años le ha servido para lograr que en cada uno de los platos que prepara la comida entre realmente por los ojos, mientras que el área administrativa del mismo diseño, en la que trabajó durante cinco años, le fue útil en el momento de montar La Provincia, su restaurante de cocina mediterránea. Su paladar se desvía hacia Italia, y particularmente hacia todas las formas del rizoto, cuando tiene que definir un plato o una cocina que le atraigan particularmente, aunque disfruta con casi cualquier manjar, como el sushi, otro de sus favoritos. Es casada y madre de dos hijas, familia con la que comparte sus momentos de ocio. En época de vacaciones, algunas veces, todos se dedican a la cocina. Es una convencida de las virtudes del trabajo en grupo, y siempre ha pensado que cuando uno actúa de esta manera es más fuerte que todo.

Esta chef sugiere: Congrio napolitano



Anita Botero

Es casada y madre de dos hijos. Su primera carrera fue el Derecho, pero jamás ejerció esa profesión porque una vez terminó sus estudios se marcho a Europa a aprender gastronomía. En una de las escuelas más prestigiosas del mundo en la materia, la Cordon Bleu, obtuvo el título de cheff profesional grado A, la máxima distinción que otorgan allí. Luego regresó a Colombia donde tuvo una escuela de gastronomía, y posteriormente una empresa de catering. Hace 7 años abrió su restaurante, La Cafetiére de Anita, en el que se nota la formación francesa que adquirió en el viejo continente, pues los platos que allí se sirven son inspirados en la cocina de ese país. Lo que más le gusta cocinar son las entradas, porque cree que son claves para generar expectativa sobre lo que vendrá después, y la repostería, pues sostiene que un buen postre ayuda a que el recuerdo de la comida sea memorable. A la hora de comer su paladar no tiene límites: disfruta por igual desde la comida gourmet hasta la más típica y casera. Una de sus aficiones es viajar para conocer la gastronomía de diferentes países. También le gustan los perros (tiene 6), y se dedica a la costura en sus ratos libres. Su gran pasión, aparte de la cocina, son sus dos hijos.

Esta chef propone: Canasticas de pasta phyllo rellenas con tomates acaramelados

Lea las culumnas de Anita Botero en la sección La Buena Mesa 



Adiós al mecato criollo

De la edición impresa (Edición 322)

Durante mis años de joven revolucionaria fui muy recatada en la utilización del término “imperialismo”, termino que se le endilgaba a toda acción proveniente del Norte asumida entre nosotros bien por la vía de la alienación, bien por la vía de la imposición. Hoy el imperialismo ha caído en desuso lingüístico, pero eufemísticamente hablando su homólogo es “globalización”, el cual se utiliza indistintamente por mentes parlantes de izquierda y de derecha sin ninguna frontera conceptual para su utilización. En otras palabras la globalización se metió en todas partes, y nuestra cocina, y más aún nuestros hábitos alimentarios, están sufriendo sus embates. Sin lugar a dudas -y sobre todo en el último siglo- las aspectos culturales que determinan los cambios generacionales siempre se han materializado de manera contundente en asuntos tales como el vestido, la música, el lenguaje y la sexualidad; pero es desde mediados del siglo 20 que un osado cuarteto de recetas foráneas empieza a abrir la brecha conducente al desarraigo de nuestro mecato criollo: sán-duche, perro caliente, hamburguesa y pizza, las cuales en un principio son recibidas con honores, pero con el correr del tiempo y sin proponérselo se convierten en las responsables de una alienación gastronómica que hoy tiende a borrar completamente las raíces de nuestro fogón.

Aquí el cliente no tiene la razón, la pierde  
Al César lo que es del César. Este restaurante es un fenómeno. Su montaje cuenta con una creatividad casi única en el mundo.


El parque lineal del amor… y del sabor

De la edición impresa (Edición 321)

{mosimage}No me cabe la menor duda para afirmar: El Retiro es uno de los pueblos de Antioquia que posee una de las más bellas carreteras de entrada a su cabecera municipal. A diferencia de muchos otros municipios, en el caso de El Retiro una vez se llega a la glorieta de La Fe, la carretera que lleva al visitante en dirección a la plaza principal del pueblo es un hermoso camino que permite divisar a lado y lado arborizadas laderas, ríos y quebradas que evocan el más clásico almanaque de paisaje regional. Se trata de un recorrido en donde el último de ellos es en línea recta y sobre el cual desde hace muchos años la municipalidad ha adecuado pequeños kioscos, los cuales durante todos los días de semana se encuentran disponibles para el uso y disfrute de cualquier cristiano; cada uno con su propio asadero y suficientes canecas de basura circundantes. Este último kilómetro paralelo a remansos de agua y árboles longevos lo llaman “el parque lineal del amor”.


Un petit déjeuner paisa parisino

De la edición impresa (Edición 320) 

Pertenezco a la privilegiada generación de Mayo del 68 y del festival de Ancón. Guardo en mi memoria los desayunos que en calidad de estudiante disfrutaba en cada una de las dos ciudades. Las veces que visité la Ciudad Luz, casi siempre desayuné en cercanías del Palacio de Versalles; en Medellín lo hacía dos o tres veces por semana en el Salón Versalles de Junín. Si bien existía una gran diferencia de sabores, la verdad, el menú mañanero era el mismo en las dos partes: café, croissanes, mantequilla y mermelada. Hoy después de muchos años traigo a colación estos recuerdos porque de manera espontánea me he visto sentada en un lugar que si bien pertenece totalmente a nuestro mundo paisa, su entorno me transporta -guardadas las proporciones- a mis desayunos parisinos.

Las mujeres que se fueron
Me encanta Santander.


Aguapanela bendita y dulce de macho

De la edición impresa (Edición 319)

Ni yo misma lo podía creer. Me he puesto a revisar mis archivos de estas crónicas y jamás le había dedicado una línea a Doña Panela. Mejor dicho, quince años sin pararle bolas a uno de los bastimentos más importantes de nuestro recetario, el cual hace presencia entre nuestras pailas y calderos desde mediados del siglo XVI cuando la caña fue traída por los españoles y sembrada por nuestros parientes africanos. ¿Qué tal la cocina antioqueña sin esta caña?; me niego a imaginar nuestro diario transcurrir sin azúcar, sin ron, sin aguardiente… sin panela. Así es la vida, todo aquello que nos es tan obvio y cotidiano, pasa desapercibido entre nosotros. Ya mismo me propongo sacarme el clavo para reivindicarme con este producto, el cual a quienes le sacamos especial provecho, no nos puede faltar ni en el mercado, ni en la cocina.


Yoga ibérico

De la edición impresa (Edición 318)

Con el respeto que me merece esta disciplina mental y esperando no herir susceptibilidades en quienes lo practican con absoluta pasión y beneficio, voy a referirme a una práctica de reposición de energía y espíritu anímico que nada tiene que ver con el respetable yoga de origen hindú, pero que al final de cuentas quienes la practicamos lo hacemos con resultados análogos… me refiero a la placentera siesta, asunto totalmente subestimado por la gastronomía, pero tan importante como los vinos, las salsas, los jamones y los quesos. Es un hecho, en asuntos de gastronomía no todas sus reflexiones son alrededor de la comida. La gastronomía también se ocupa de asuntos exógenos tales como el tabaco, la propina y la siesta. Sobre los dos primeros ya me he referido en crónicas anteriores, razón por la cual hoy me entrometeré con la polémica siesta.

Cebame un mate cochengo
Esta joya me la mandó mi amigo Julio Riechert desde la entrañable Villa Yanquín a orillas del río Limay, en la mismísima Patagonia argentina,

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