Cocacoleros, maduren. Para la gaseosa ya tuvimos años en el recreo, la cancha, las piñatas. Y no es que la abandonen, ustedes verán. Es que se permitan otro nivel de disfrute, que el Lambrusco sabrá dar
/ Juan Felipe Quintero

Cocacoleros hasta la médula y desde chiquitos, cuando les sirven un vino, un tinto de sabor potente como el Cabernet Sauvignon, también uno de intensidad media como el Merlot, o la amabilidad en pasta que presenta el Pinot Noir, o un blanco de buena acidez como el Sauvignon Blanc, no pasan del “está rico, gracias”, aunque al segundo trago la copa quede abandonada a su suerte.

Cocacoleros de sangre negra con burbujitas, han llevado todo tipo de platos de la que pudo ser una experiencia gastronómica deliciosa a un choque invasivo de dulce que termina por arruinar inspiración y arte del cocinero. Lo hicieron con paella, sushi, fondue, parrilla, ceviche, salmón, pizza, pollo apanado, arroz chaufa, magret de pato, hamburguesa, comida de carretera…

Cocacoleros consagrados, prefirieron la bebida de niño a moverse por el amplio mundo de placer que abre la uva en gustos y aromas, entonces hicieron destapar, y lo siguen haciendo, colombianas, pepsis, manzanas, cuatros, premios.

Cocacoleros, es tiempo de que el paladar crezca. Maduren. Para la gaseosa ya tuvimos años de dedicación. En el recreo, la cancha, las piñatas y la mesa. Y no es que la abandonen, ustedes verán. Es que se permitan otro nivel de disfrute, que el vino sabrá dar.

Porque el vino, en efecto, es la intensidad y la potencia de un Cabernet Sauvignon. Un caballo. Y ahí cerca están el Syrah, el Tannat, el Tempranillo. Tintos. Y ásperos. No obstante, el mundo de la uva va más allá de la bebida que saca muecas por “amarga”. Sí es líder en ventas en Colombia (de cada 100 botellas que se venden, 57 son tintas), pero tiene más para ofrecerle al paladar.

Por esencia somos dulzones. Nos levantaron entre aguapanela, jugos de fruta, el bocadillo de la mazamorra, postres de todos los tipos y es en ese renglón donde hay un tipo de vino que sigue ganando adeptos. Es el Lambrusco, italiano y, abierta la botella, con sus solo 8 grados de alcohol, ofrece notas que rozan los recuerdos cocacoleros.

Entra en la categoría de los espumantes, que el año pasado creció en ventas en Colombia un 20 por ciento y está a un punto de equilibrar a los blancos, por siempre a la zaga de los tintos.
Daniel Calle, de Vinos Nobles, impulsor del Lambrusco en Colombia lo define como una bebida fresca, que privilegia los ingredientes sobre los procesos. Le pedí que nos antoje con armonías con comidas y así se inspiró: “El rosado va con ensalada capresse, el blanco con antipasto o una buena foccacia y el tinto con pizza”.

Luis Fernando Valencia, de Dislicores, destaca su origen, de la Emilia Romaña, su carácter espumoso y sus notas a medio camino entre secas y dulces, afrutadas, ligeras, buenas para tapear.
Puro sabor para la mesa. Pero sabor a bebida y a comida, no la invasión por parte de uno solo de los dos. Dicho a la brava, ¡maduren!; dicho de otro modo, denle mejor gusto a su paladar.
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