Doña Gula
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Empacando los sobraos

 
     
 

La segunda pidió que se lo frieran hasta quedar que se pudiese partir con los dedos 

 
     
 

No voy a negarlo: en mis tantos años de vida, yo también he cometido el pecado, pero hace mucho rato que no lo practico. La costumbre es universal, sin embargo, entre nosotros los paisas el asunto toma visos de tacañería extrema y me atrevo a creer que quienes lo practican con asidua frecuencia, realmente lo que ponen en práctica es su derecho de propiedad y lo hacen orondos argumentando toda clase de razones eufemísticas. Repito: hace muchos años que no hago esta solicitud -desde mi época de estudiante en otras latitudes- y hoy por hoy, cuando alguien que comparte mesa y manteles conmigo solicita este servicio, inmediatamente siento absoluta vergüenza, pues yo no tengo ni perro, ni gato, ni pajarito.

 
     
 
 
     
 

He traído este tema a colación porque estando sentada la semana pasada en un restaurante de comida colombiana de reconocido prestigio, en el largo rato que estuve disfrutando de sus especialidades fui testigo involuntaria de varias exigencias que en las mesas cercanas hicieron a los meseros al momento de estos proceder a levantar sus platos. La primera “perla” es de antonomasia, pues se trataba de tres amigas (cualquiera de ellas más robustas que yo) quienes habiendo solicitado frijoles y chicharrones y después de haber batallado cada una a su manera con las lonjas del marrano, las tres desaparecieron de sus bandejas la totalidad de lo ofrecido y seguramente por cuidar dentaduras o por no hacer muecas y maromas con los cueros entre sus manos, estos fue lo único que dejaron en sus platos. Pues bien, al momento de llegar el mesero a recoger, cada una dio instrucciones muy precisas para recuperar el manjar parcialmente degustado. La primera solicitó se lo empacaran muy cuidadosamente, procurando no se untara de carne en polvo; la segunda pidió que se lo frieran hasta quedar que se pudiese partir con los dedos, y la tercera solo dijo que se lo picaran en pedacitos bien pequeños.
Hora y media más tarde, en otra mesa aledaña una señora de avanzada edad -fascinada con las arepas de bola- pidió que le empacaran todas las arepas de los platos de su prole (hijos y nietos) incluyendo las mordidas y obviamente que no eran para las gallinitas de su casa, pues también pidió que le empacaran un poquito de hogao.
No habían pasado 20 minutos del asunto de las arepas de bola, cuando en la mesa frente a la nuestra un señor malhumorado, de esos que salen los domingos a almorzar con la esposa y el hijo único (sin cruzar una sola palabra en todo el almuerzo), ante la persistente oposición del niño en comerse la ensalada que acompañaba su plato, solicitó llevarla para que el parvulito se la comiera en las horas de la noche… sin lugar a dudas era para el papá.
Ahora bien, este cuadro de costumbres lo voy a completar describiendo otra frecuente ocurrencia en el mundo de los restaurantes, que si bien nada tiene que ver con la “empacada de las sobras”, de todas formas nos muestra el espíritu práctico del comensal paisa.
Yo estaba convencida de que aquella tarde ya lo había visto todo, sin embargo, este fue el remate de mi observación: se trataba de cinco adultos -tres señores y dos señoras- quienes argumentando achaques de edad (no de bolsillo) solicitaron tres sancochos en cinco platos y remataron con un postre para todos con cuatro cucharas… uno de ellos se estaba cuidando del dulce. Una vez finalizaron y salieron del lugar, comenté con el mesero el asunto y se me destapó en anécdotas de todo tipo. El asunto me hizo pensar que seguramente esto que estoy comentando acontece en muchas otras partes del mundo; no en vano los gringos que son tan pragmáticos han institucionalizado la “Doggie Bagg”. Adoro mi gente, adoro nuestras costumbres, adoro nuestra comida, pero esto de llevarnos las sobras para la casa no va conmigo. 

 
 
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