Mientras viajaba en el avión a Cuba, me imaginaba con tener frente a mí un plato con una langosta inmensa, como las que había comido en Cartagena o en Manta
/ Álvaro Navarro

En Buenos Aires, como parte de un almuerzo o una cena en un restaurante, va a ser difícil encontrar una langosta fresca y más o menos sucederá lo mismo si desea langostinos u ostiones para ser hechos en casa. Si busca mucho, los encontrará congelados en algunas pescaderías exclusivas o en los mercados del barrio chino. Por eso, mientras viajaba en el avión hacia Cuba, me imaginaba con tener frente a mí un plato con una langosta inmensa, comparable con las que había comido en Cartagena de Indias o en Manta, en Ecuador.

Cuando mi esposa me dijo sobre encontrarnos a cenar un día con Rigoberto y Marilyn, desde hace varios años nuestros amigos cubanos, me pareció encantador. Solo puse una condición: que fuera en un muy buen restaurante donde haya langosta.

Y así fue. El día señalado, ellos pasaron a buscarnos en el hotel y ante la pregunta de “¿a dónde iremos?”, con una amplia sonrisa dijeron: “Vamos a ir a un restaurante de unos amigos que, estamos seguros, les va a encantar. Se llama Starbien”, y como se verá más adelante, mejor no podríamos haber estado.

Starbien está localizado en lo que fue una casa familiar en una calle tranquila del barrio de Vedado (en el número 205 de la calle 29, entre B y C). Se trata de una casa de dos plantas construida a mediados del siglo pasado para albergar a una familia de clase media. Recibe a sus clientes en una de sus dos terrazas, una en el primer piso y otra en el segundo, o en una sala comedor o en varias habitaciones. En todas ellas los comensales reciben, por parte del personal, una cuidada y muy amable atención. La casa me hizo recordar viviendas similares en el barrio Manga, en Cartagena, en El Prado, en Barranquilla, o en algunos barrios de Medellín.

El restaurante está abierto para almuerzos y cenas todos los días y generalmente está lleno de comensales provenientes de los cuatro puntos cardinales de la Tierra. La carta es muy amplia y conjuga la comida tradicional de la isla con platos provenientes de las cocinas de España, Francia e Italia. Entrar a su menú es abrir la puerta a las indecisiones, porque la oferta es tan apetitosa que la definición de lo que se desea probar hará parte de una ardua tarea.

Al final, nuestra mesa de cuatro se decidió por empezar con jugos naturales, limonadas, mojitos y daiquiris, que sirvieron para acompañar estas deliciosas entradas: fritura de malanga acompañada de sirope de guayaba y uvas, pimientos del piquillo caribeños, carpaccio de mariscos y eperlá.

Como platos principales nos dirigimos a la ropa vieja, al cordero estofado, cocinado lentamente durante cuatro horas, al rissoto de hongos y a la langosta gratinada que yo andaba buscando, cada uno de ellos acompañado de su respectiva guarnición de las cuales destaco especialmente el imbatible arroz pilaff.

Como postres compartimos la tarta cubana (cheesecake con cascos de guayaba) y el helado de la casa con frutas tropicales. En lugar de vino o cerveza acompañamos los platos principales con el imbatible Ron Santiago, de 11 años. Con mi amigo Rigoberto concluimos el almuerzo con café, humeantes cigarros y otra ronda del inefable Santiago.

La Habana tiene otros restaurantes afamados, pero el ambiente, la atención y la calidad de la comida de Starbien ¡nos hizo sentir que estábamos en las puertas del paraíso!
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Buenos Aires, agosto de 2015.
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