ÁLVARO NAVARRO MESA
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Memorables los daiquirís, los mojitos y los jugos de frutas frescas, pero insuperables los rones cubanos de tres, siete, diez, once y más años de añejamiento
/ Álvaro Navarro
Visitar Cuba era una de mis tareas pendientes. Logré cumplirla en mayo, cuando acompañé a mi esposa, quien había sido invitada a participar como artista en la duodécima Bienal de La Habana, dentro de las actividades programadas en La Academia San Alejandro. Mi primera impresión, y que todavía guardo, es que realicé un inolvidable viaje en el tiempo.

Por lo que vi y percibí, La Habana está detenida en aquellos años en que estudiaba ingeniería en Medellín. Fue maravilloso reencontrar, en estado impecable, hermosos carros de esa época, los que trajeron a mi memoria hechos y eventos de mi ya larga vida. Ford, Chevrolet, Buick, Pontiac, Mercury, Cadillac, Dodge, Plymouth y Chrysler que por esos años caminaban por nuestras calles en Prado y Laureles y que los fines de semana viajaban con sus dueños a fincas en El Poblado, Envigado, Sabaneta, la Estrella y Caldas; o hacia Rionegro, El Retiro o La Ceja para los más aventureros.

Pero la detención en el tiempo se observa también en casas y edificios, algunos mejor cuidados que otros, pero todos de baja altura. Solo pude ver una gran torre en las cercanías del Hotel Nacional, que, según me dijeron, también es de la época anterior a la revolución. Estas imágenes, acompañadas de la calidez y la amabilidad de los habaneros, hicieron de este viaje uno de los mejores de mi vida.

Nuestro hotel estaba localizado en la zona de Vedado, a dos cuadras del imponente Hotel Nacional de Cuba, declarado hoy como patrimonio histórico de ese país. Su enorme edificio, una combinación ecléctica de diferentes estilos arquitectónicos –desde reminiscencias árabes, hispano morunas, Neoclásico y Neocolonial–, fue construido a finales de los años 20 del siglo pasado e inaugurado el 30 de diciembre de 1930.

Traspasar el impactante lobby y abrir la puerta hacia el patio posterior generalmente va acompañado de un “¡Oh!” o de alguna exclamación parecida: ante nuestros ojos tuvimos una amplia galería amoblada con cómodos sofás y sillones de mimbre. Caminando unos pasos más allá, se encuentra un extenso jardín arbolado que también cuenta con mesas y un bar, y que balconea sobre el inmenso Atlántico. Una vista y ambiente imperdible, y los reyes de este jardín son una o dos parejas de pavos reales que circulan por entre las mesas, reclamando con sus graznidos un poco de pan.

Pasé varios días apoltronado en uno de estos sofás, leyendo a ratos, en otros mirando hacia el horizonte, fumando lentamente un habano y disfrutando siempre de la amabilidad e impecable atención del personal del hotel. Memorables los daiquirís, los mojitos y los jugos de frutas frescas, pero insuperables los rones cubanos de tres, siete, diez, once y más años de añejamiento. Mis favoritos fueron el Ron Santiago de once años o el Selección de Maestros de Havana Club, para ser tomados solos, en copa de brandy o cognac. El bar de la galería ofrece una selección limitada de pasantes y sandwichs, el más recomendable es el cubano con jamón, queso y carne desmechada de marrano.

El Comedor de Aguiar, el restaurante de lujo del hotel, ocupa un salón imponente cubierto con un impresionante techo artesonado. Su carta refleja la comida francesa de los años 60 del siglo pasado y entre las estrellas de su magnífica cocina están los camarones flambeados, la langosta thermidor, el Filete Mignon con salsa de champignones, el Chateaubriand con salsa bearnesa o algunas delicias de la cocina cubana como la ropa vieja con moros y tostones o el cordero estofado a la hierba buena. Para terminar, son recomendables unos creppes Suzzete cocidos y flambeados al lado de la mesa o los famosos helados Copelia. Mientras cenábamos, Ada Martín, la famosa pianista y compositora cubana, deleitaba a la concurrencia con hermosos danzones y otras canciones.
Espero poder regresar más de una vez a La Habana y a su Hotel Nacional.
Si desea puede escribirme a
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Buenos Aires, julio de 2015
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