Boquitas pintadas

No solo una violación o una golpiza destruyen una vida, es a lo que me refiero; están la falta de oportunidades, el confinamiento, la subvaloración, la esclavitud disimulada, la inequidad…

/ Etcétera. Adriana Mejía

Las hermanas Mirabal fueron asesinadas (1960), en República Dominicana, por órdenes del dictador Leonidas Trujillo; un 25 de noviembre que, a partir de 1981, fue instituido como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En Colombia la conmemoración tuvo lugar el martes de la semana pasada y, en muchos otros países, el activismo se extendió por una semana. Poco, muy poco, si se tienen en cuenta las cifras de maltrato intrafamiliar que manejan instituciones dedicadas a combatir este flagelo que repercute de manera directa en el deterioro de las sociedades.

La OMS revela que, al día de hoy, el 35 por ciento de las mujeres del mundo ha sufrido violencia de la pareja, la expareja o de terceros en algún momento de su vida. ¡La tercera parte de la población femenina mundial! ¿Y? Se dice pronto, estamos de acuerdo; y se actúa lento. Tal vez por eso lanzamos un “qué horror” y seguimos como si nada. Sobre todo si, por fortuna, no hacemos parte de ese porcentaje.

La Corporación Sisma Mujer, apoyada en datos suministrados por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, ha establecido tres grupos de violencia a los que estamos expuestas las mujeres colombianas: la cotidiana (hogares, instituciones educativas, trabajos), la del conflicto armado (conflicto, posconflicto, desplazamiento) y la que sufren defensoras de los derechos humanos. Hasta ahí pura academia, en las tres categorías somos expertos. Mas cuando se conoce que el año pasado, cada once minutos una mujer fue agredida por su pareja o expareja; cada media hora, alguna fue objeto de violencia sexual; y, a día de hoy, de cada diez víctimas, nueve son mujeres, no tenemos que ser investigadores sociales para darnos una idea de la magnitud del problema. Porque el verdadero iceberg navega bajo superficie. Tan silencioso como destructor.

Para ser más gráfica aún, es muy probable que mientras usted lee esta columna, al menos una mujer –adulta o niña–, ha sido, es o será agredida de alguna manera en el país; incluso, en el vecindario. Y digo de alguna manera porque los hechos violentos, empaquetados en pétalos de rosa, sí que existen. Son más solapados y menos visibles pero, igual, dejan huellas imborrables. No solo una violación o una golpiza destruyen una vida, es a lo que me refiero; están la falta de oportunidades, el confinamiento, la subvaloración, la esclavitud disimulada, la inequidad… Algunas realidades que, en sí mismas, ni siquiera constituyen prueba para una denuncia. Son culturales, así se disculpan.

No resulta fácil, a propósito, llevar a feliz término una denuncia, las comisarías de policía están llenas de intentos inconclusos. Por muchas razones. Porque las víctimas son objeto de burlas, porque se sienten culpables, porque son amenazadas, porque los procesos son largos y dispendiosos, porque –por lo general– los agresores se mimetizan en la impunidad, porque el acompañamiento que requieren para no claudicar es muy escaso, porque los culpables van por ascensor y las leyes por escaleras… De ahí que la OMS insista en algo en lo que coinciden todas las instituciones, fundaciones y colectivos que aquí se dedican a brindar apoyo a las mujeres maltratadas: el día en que salga a la luz la nuez del problema, quedaremos mudos de espanto, entretanto la lucha por erradicarlo no sea producto de la decisión de varias voluntades: la política, la económica y la social. Y como cimiento de este trípode, la causa de siempre: la mala educación.

Etcétera: Que cada quien haga lo que quiera, yo es que prefiero a los hombres sin maquillaje. Agradezco a los que se dejaron embadurnar de carmín frente a las cámaras –así fuera por el vitrinazo– en señal de solidaridad. Pero me pregunto: ¿Cuántas agresiones habría mientras tanto? En la batalla que libramos hombres y mujeres contra el maltrato, más allá de “boquitas pintadas” –tan bien que lucen en la obra del argentino Manuel Puig– se requiere de coraje, decisión y persistencia.
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