Cuerpo glorioso

Cuando era pequeño y las ganas de jugar eran más fuertes que las necesidades fisiológicas, podía aguantar casi un día entero sin ir al baño, con tal de no perderme un minuto del juego del momento. Mi mamá salía cada tanto a recordarme que había que sacar el ratico para realizar las actividades propias del ser humano, que si no me iba a enfermar. ¿O que si creía que era cuerpo glorioso?

A uno le toma años darse cuenta de que ir al baño, además de quitarle la sensación desesperante de la necesidad urgente, le ayuda a cuidar la salud, pues el organismo no está preparado para pasar mucho tiempo sin salir de lo que ya no le es útil.

Es por esta razón que no se concibe ninguna construcción, pública o privada, en la que no se incluyan instalaciones sanitarias para hombres y para mujeres, incluso ahora se propone que sean mixtas.

Pero, por alguna razón que todavía me cuesta comprender, los diseñadores, constructores y dueños de los establecimientos decidieron que las personas con discapacidad, sí son realmente cuerpos gloriosos.

Es casi imposible encontrar baños adecuados con características de accesibilidad que permitan que las personas con discapacidad, en especial quienes usan ayudas ortopédicas como muletas, caminadores o sillas de ruedas, puedan utilizar estos vitales espacios con comodidad. De hecho, es imposible en la mayoría de los casos, que sencillamente puedan utilizarlos.

Aún siendo una obligación en la construcción, no se cumple este requisito. Ha cambiado un poco la situación en los últimos años, pues en megaespacios como centros comerciales o almacenes de cadena, ya se incluyen baños con características que permiten su uso. Pero aún no es una práctica común y son muy pocos los lugares donde una persona con discapacidad puede relajar sus esfínteres con tranquilidad.

Pensemos en restaurantes, bares o discotecas. Las ganas de ir al baño son directamente proporcionales al consumo de líquido, por lo tanto es inevitable la necesidad del uso de las instalaciones sanitarias al asistir a uno de estos lugares. Pero con muy pocas excepciones (contadas con los dedos de las manos), es inexistente un espacio adecuado en sitios de esparcimiento de este tipo.

Y así podríamos hablar de parques, estaderos, zonas comunes y hasta oficinas. Imaginen los lugares donde irían al baño y piensen si en esos sitios existen espacios accesibles.

En algunos casos, por falta de información y conocimiento, encontramos que se dieron a la tarea de crear retretes con supuesta accesibilidad, donde es evidente que estaban cumpliendo con una exigencia legal, pero en los que por el espacio y la ubicación de accesorios es imposible la utilización del mismo.

En algunas oportunidades los hacen bien hechos, pero los usan como cuarto de aseo o vestier de empleados o los mantienen bajo llave, la cual nunca está disponible cuando se requiere. En otras, no les ponen jabón o dispositivo para secarse las manos. Parece que lo del cuerpo glorioso abarca también la higiene.

En el aeropuerto de Barranquilla la semana pasada intenté ir al baño antes de subirme al avión (vehículo en el cual, cabe anotar, es imposible hacerlo) y cuál fue mi sorpresa al encontrar que tenía el símbolo de accesibilidad y unas barras, pero entrar y cerrar la puerta con la silla de ruedas no era compatible. Cuando le comuniqué a la funcionaria del terminal aéreo la dificultad me dijo: “No se preocupe señor, está programada una reforma del aeropuerto y ahí lo solucionamos”. Excelente, pensé. Solo tengo que aguantarme las ganas un par de años.

Hacer un baño accesible no es difícil, no es costoso, no requiere espacios exagerados y es una necesidad y una obligación. No somos cuerpos gloriosos y sí que somos un gran mercado que, si no encuentra comodidad y seguridad, no asiste a los sitios. Además, es Ley.

Y tú, ¿quieres ir al baño?