El aniversario de la amistad

Somos seres históricos, obsesionados por fechar cualquier acontecimiento para que después de unos ciclos lo celebremos. No me opongo a esas tendencias humanas en las cuales estamos inmersos por el límite que nos imponen el tiempo y el espacio. Pero para qué recordamos con exactitud el día, la hora, el lugar, el clima que estaba haciendo… hasta qué llevábamos puesto cuando fue el primer encuentro, el primer beso que nos dimos con cada uno de nuestros ‘amores de la vida’. ¿Por qué, entonces, no logramos darle el mismo valor al día que supimos que ese persona, iba a ser nuestro amigo/amiga hasta que la vida lo permitiese?

Recuerdo las muchas veces que con mis amigas del colegio nos sentábamos en los descansos a ayudarle a alguna a hacer la carta -muy elaborada por cierto- del primer mes con el novio. Teníamos 15 años, apenas nos hacíamos una idea sobre qué era el amor, pero sabíamos que mes a mes el detalle implicaba una celebración: salir a comer, un helado, un regalo. Nos emocionábamos con las historias con que llegaba cada una después del fin de semana.

Pero cuando se trataba de celebrarnos el día en que nos conocimos, el día en que sin darnos cuenta ya éramos íntimas, el día en que uno sin palabras, pero jugando, le hace una de las promesas más significativas a alguien: ser un amigo de por vida, ninguna proponía escribirnos una carta, comprarnos un regalo o salir a un lugar especial. Somos tan inconscientes de la trascendencia del rol del amigo que simplemente pasamos por alto esa fecha tan trascendental para nuestras vidas. ¡La obviamos! ¡Nos debería dar pena!

Entonces nos escudamos en las fechas establecidas para llegar a un intento de celebración: Amor y Amistad, San Valentín o llámese como se llame. Pero las intenciones genuinas se esfuman por el precio que le imponen a esos encuentros. En últimas, la amistad se queda sin un festejo valioso.

Lolas, los amores pasan junto a todos los esfuerzos hechos por conmemorar ese primer beso, en cambio, las amigas se encargan de acompañarnos en todas las tusas y en esos momentos es que nos debemos una botella de vino, la rajada del siglo y una noche entera para brindar por esos años de amistad incondicional. No esperemos que sean esas fechas ‘especiales’, establecidas por fines sobre todo consumistas, para darle las gracias a la vida por traernos personas destinadas a acompañarnos siempre: para ayudarnos a superar las crisis, a reírnos de los dramas, a querernos… por enseñarnos el valor de lo pequeño. Salud y amén por esas amistades.

Por: Lola Mulata

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