La dama y el maromero

Transversal Superior; cinco y cuarenta de la tarde; el día expira al occidente.

El semáforo cambia a rojo. La dama de treinta y seis detiene su BMW X5; queda de primera en la fila. Vidrios arriba, aire acondicionado a 18 grados. Pelo recién cepillado, gafas Gucci, ropa de boutique (no de almacén cualquiera). Le sube al volumen del equipo; suenan los primeros violines del Canon de Pachelbel.

En la acera, el maromero mete las antorchas al tarrito de combustible; las enciende. Camina hacia el frente de la camioneta. Mira a la dama… –esta me da mil—piensa. Se ajusta el blue jean; la camiseta se la quitó desde el medio día para mostrarse más y aumentar ingresos por “alguna vieja rica que se antoje”. Se sabe atractivo, se sabe sensual, se sabe macho brusco deseable. Pelo negro cogido en cola, sombra de barba, boca precisa, nariz recta, piel curtida por los tantos soles callejeros, cuerpo labrado a punta de trabajo mal pagado, cero grasa. Empieza su faena; uno, dos, tres, cuatro palos en llamas al aire.

La dama, inicialmente ocupada buscando en el celular quién le escribió en el WhatsApp, atraída por el fuego levanta su mirada y se concentra en el espectáculo circense. En principio observa las antorchas subiendo, bajando, girando… danzando para ella. Luego, casi por instinto, centra su mirada en el hombre que juega con candela. Detalla su cara de turista griego, estudia sus brazos ágiles, escudriña su pecho firme, delinea su abdomen marcado. Imagina lo que insinúa el blue jean.

El maromero, habituado a su arte, por momentos deja de mirar los palos y la mira a ella, que ya lo observa extasiada… –esta me da dos mil— se dice.  Gira un poco a la derecha para exhibir su “vista lateral”. Se acerca peligrosamente a la trompa del BM. Sabe que la dama ya es presa de su artilugio. –Esta vieja está caliente— piensa, mientras da una vuelta completa para exhibir el resto de la mercancía. Espalda ancha, bronceada; cadera grande, firme, “empujadora”. Las antorchas vuelan, como obedeciendo a Pachelbel.

Seducida, la de la BM entra en la función; ¡qué ricura de tipo! —piensa—. Se pone las Gucci sobre la cabeza; se acomoda en la silla, ajusta el aire a 15 grados. Suena el celular a través del altavoz del equipo: “llamada de esposo”, dice la máquina; “ignorar”, presiona ella en la pantalla. La presencia virtual del marido le genera taquicardia; se siente “pillada de pensamiento” pero, como en otras ocasiones, estar al borde de ser descubierta la excita más. Continúa su juego mental.

–Esta me da cinco— se dice el actor, sintiéndose dueño del tinglado, pero afanado por el inminente cambio de semáforo. Termina su acto; detiene uno a uno los palos en sus manos callosas y los apaga con fuertes soplidos. La luz cambia a verde. Suena el primer pito. El hombre se acerca a la ventana de la conductora, que no se abre. Suena el segundo pito.

La dama pone luces de parqueo y mueve la palanca a “P”. El hombre le pide bajar el vidrio. Suenan el tercero, el cuarto, el quinto pito, ya no puntuales, sino con rabia sostenida. El segundo carro de la fila pasa por el lado de la BM, pitando con furia; el tercero hace lo mismo, baja el vidrio y vomita un insulto. Los siguientes pasan pitando menos, suponiendo que algo le falló al vehículo detenido. –Vea, hasta las naves espaciales se varan— dice uno de los de la fila, pasando al lado montado en su Chevette 78.   –¿Será que ese tipo va a atracar a esa señora?— piensa una conductora sesentona, pero sigue su camino, pues “eso no es con ella”.

El maromero no entiende la situación, pues la dama, a pesar de mostrarse coqueta, no baja el vidrio. Con movimientos circulares de las manos y señalándole el frente de la BM, ella le hace entender que quiere ver de nuevo el show. Quiere estar segura de grabarlo bien en su mente, de imprimirlo, de tallarlo, de tatuarlo en su memoria, para recrearlo de nuevo una y mil veces en sus momentos de erótica intimidad.

 –Esta me da veinte— se dice orgulloso el hombre del fuego, mientras camina hacia la acera a remojar y encender sus juguetes. “Llamada de esposo”, dice de nuevo la máquina, otra vez ignorada.

El semáforo cambia a rojo; queda casi un minuto. La de la BM se acomoda el brasier y se dispone a deleitarse con su función privada; macho y fuego, solo para ella. Le sube a Pachelbel, se suelta un botón de la camisa, se acaricia una pierna bajo la falda, se humedece el índice con la lengua. El maromero inicia su exhibición, demasiado cerca del carro. Una, dos, tres, cuatro antorchas inician su aleteo. Un giro de media vuelta del hombre… –¡qué nalga!— piensa ella. Un movimiento de cintura… –¡qué chocolatina!   Un temple de brazos… ¡qué bíceps! Una mano intencional que roza el pubis… ¡ay!

 –Esta me da cincuenta—sueña él, excediéndose al límite. Lanza más alto las antorchas, mueve su cuerpo como sierpe, templa cual acero cada fibra de su ser.

Pasan los segundos. Ella, delirante, deja ir a otros mundos su mente libidinosa: lo abraza, lo besa, lo recorre, lo amasa, lo tumba, lo carga, lo vuelve un juguete de tienda para adultos. Lo perfuma de Dolce&Gabbana, lo unta de aceites en The Body Shop, lo monta en una Ducati, lo viste de Prada, lo manosea en Venecia, lo muerde en Dubai, lo maltrata en La Coruña.

El Canon llega al clímax; las cuerdas alcanzan el éxtasis. Extrema belleza, perfección que augura un no muy buen final.

Confiado de su total dominio sobre las antorchas, el maromero las descuida y fija unos segundos la mirada en su víctima; se deleita viéndola morderse el labio inferior.

Usualmente su acto le permite distraerse uno, quizá dos segundos, pero no tres. Una de las antorchas, en su libre albedrío, se estrella brutalmente contra el azul nacarado del capó de la BM.

Se precipita el fin de la función; el dulce sueño se vuelve amarga realidad:

Con el vidrio aún arriba, la dama grita: –¡animaaal; me va a matar mi marido! (nadie la oye). El maromero apaga las antorchas e intenta limpiar el capó. “Llamada de esposo”, “ignorar”. El semáforo pasa a verde; suena el primer pito. Se oyen las risas de los de una moto del lado. Suena el segundo pito. El maromero camina hacia la puerta de la BM. El vidrio baja. Tercer pito. Risas de los de otra moto. De nuevo grita la dama, insultando al maromero: –¡brutoooo!; ¿es que no sabés manejar esos verracos palos?. Defensa del insultado: –usté me dijo que repitiera, madre–. Respuesta de ella, más ofendida aún: –¿madre?… ¿me ves arrugas o qué, cabrón?– Cara del maromero cerca a cara de dama: aroma de Dolce&Gabbana convertido en hedor de petróleo quemado, aceite de The Body Shop convertido en pegote agrio de tres días; aliento de príncipe encantado convertido en tufo de amanecido; mujer amante, generosa y dulce, convertida en zorra ricachona avara; miradas de idilio y pasión convertidas en miramientos despectivos llenos de odio clasista. El Canon convertido en reguetón.

Cuarto, quinto… décimo pito; carros pasando por el lado; insultos. “Llamada de esposo”, “ignorar”.  Maromero que intenta salvar “algo”: –al menos deme mil, doña–. Ella, cada vez peor, llorando de furia: –¡que no me digás doña, pendejo!–

Vidrio subiendo, palanca a “D”; acelerador al máximo, llantas rastrillando, maromero quitándose para no ser atropellado, cruce peligroso en rojo, freno de carros que iban arrancando en el sentido contrario de la vía, dama inconsolable.

Maromero gritando, insultando y manoteando, perdiéndose en el retrovisor de la BM.

Llamada de esposo”, “ignorar”.

 

 

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