La Mujer Esqueleto

Hace una semana un imbécil me dijo que el libro que yo estaba leyendo era el gran cliché que quedaba de los años 70. El libro es Las mujeres que corren con los lobos y se publicó por primera vez en 1992. ¿Sí ve? Un imbécil. Además imbécil porque me cae al hígado la gente que dice que algo es un cliché. El único cliché en esta vida es decir que algo es un cliché. La mamá de los clichés es abrir la bocota para decir que cualquier cosa es un cliché. En fin, dejándole claro al imbécil lo imbécil que es, hablemos del libro. O mejor dicho, de un partecita del libro.

Lo primero es que es genial, pero no me pareció fácil de leer. La autora, Clarissa Pinkola Estés, es una mujer brillante y no tiene tiempo de hacernos muchos favores desmenuzando sus ideas. Pero el caso es que aunque sea necesaria más de una lectura del texto, creo que todas las mujeres deberían leerlo y no necesariamente de principio a fin; por capítulos aleatorios, por necesidades, como una Biblia o como un libro de consulta sobre nuestra naturaleza salvaje y a veces reprimida, está bastante bien.

Pero una de las cosas del libro que más me llamó la atención (no lo he terminado así que digamos que por ahora es la que más) es el cuento o mito inuit (comunidad indígena del ártico) de la mujer esqueleto. Oh sorpresa cuando encontré en Google, al querer saber más sobre este mito, que es uno de los cuentos que más impacta a las lectoras del libro (seamos honestos, poquitos hombres lo leen) y uno de los más buscados y recordados del libro. Lo voy a dejar aquí para la que quiera leerlo y no tenga el libro. Y también una animación hermosa que encontré en Vimeo para la que le da lochita leer todo el rollo.

“Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba qué era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superficie del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.

Un día vino un pescador que no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas. El anzuelo de pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja toráxica de la Mujer Esqueleto. El pescador pensó: “He pescado uno muy gordo!”. Ya estaba calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo podría verse libre de la tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el enorme peso que colgaba de su anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estremecer su kayak, pues la que estaba debajo trataba también de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba en el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.

El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio como su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.

“Oh, no!”, gritó el hombre mientras el corazón le caía, poco a poco, hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de su cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Oh, no!”, volvió a gritar, golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara el kayak, ella no se apartaba de su espalda.

“¡Ayyyyyyyy!” gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr, pero el cadáver de la mujer esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido del sedal. El hombre corrió sobre la roca y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada, y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus grandes botas de piel de foca.

La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de sí. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin comer nada. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se introdujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando, permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí; a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.

Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio ahí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de su caja toráxica, y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no podría explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara haya suavizado las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos, y hablando con dulzura, empezó a desengancharla del sedal. Finalmente cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le puso los huesos en orden, tal como hubieran tenido que estar en un ser humano. Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en sus pieles, no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.

El hombre sintió que le entraba sueño, se deslizó bajo las pieles a dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen, se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre.

La Mujer Esqueleto vio el brillo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre crujir de huesos y acercó su boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.

Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujo su mano bajo las pieles y le sacó el corazón, ése que palpitaba como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: “Pom pom… pom pom”. Mientras lo golpeaba, se puso a cantar: “Carne carne, carne carne”. Y cuánto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y unas rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer. Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el corazón a su cuerpo y así fue como ambos se despertaron, abrazados el uno en el otro, enredados el uno en el otro después de pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.

La gente que recuerda la razón de su mala suerte, dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que eso es verdad y que eso es todo lo que se sabe” – Clarissa Pinkola Estés. Mujeres que corren con los lobos.

Ese mito está en el capítulo 5: “Cuando el corazón es un cazador solitario”, y la premisa de Clarissa es que esta historia invita a reflexionar sobre el ciclo vida-muerte-vida (en la muerte siempre se gesta nueva vida ) en todos los aspectos de nuestro mundo, pero particularmente en el amor. De hecho, si uno quiere, puede entender la leyenda inuit como la fatalidad del rechazo o del desamor (muerte) seguido por el hundimiento anestesiante y ensimismado de la soledad o soltería, que por más irreverente, determinada, poco preparada o desinteresada que sea, está destinada a toparse nuevamente con el amor (la muerte, que pronto será vida, es atrapada en un anzuelo por azar). Ese renacimiento de la mujer esqueleto se fundamenta en la nutrición y cuidado emocional (reorganizar ese esqueleto, proveer la oportunidad para comer y tomar), la empatía por el dolor del otro pues todos venimos cargando maletas emocionales (la lágrima del pescador), en la confianza del otro (el pescador logra dormir frente a ella superando sus miedos) y finalmente en el amor (con el tambor del cazador pero ella misma cantando, pidiendo la carne de su cuerpo y todo lo que necesita para renacer).

No sé, uno puede entender cada microdato de cada historia a su antojo. El padre que empuja a su hija por el acantilado al mar ha sido interpretado como símbolo de un padre abusivo, o como un amor anterior al cazador (el ex, para que seamos claros), o como un hombre o padre que impulsa a la mujer a su destino y a su razón de ser, y otro sinnúmero de teorías. Entonces no importa lo que analice Pinkola Estés en su libro ni yo en un blog… Lo que importa, a mi modo de ver, es que esas leyendas están llenas de sabiduría reconfortante y son terapéuticas a manera individual, por eso lo que importa aún más es lo que uno piensa y lo que uno ve de su propia vida en esa historia. No me diga que cuando la leyó no le vio la cara a esa mujer esqueleto en su mente y no era usted.

 

María Camila Vásquez

 

5 thoughts on “La Mujer Esqueleto

  1. Creo que la persona que opino que el libro era cliché, seguramente no lo leyo y si asi lo hizo le falto capacidad de análisis para pide entenderlo; efectivamente es un libro denso y no es para todo el mundo; lástima; para mi, es la verdadera Biblia; se debe leer despacio para darse tiempo de reflexionar y sacar las verdaderas respuestas que cada uno tiene en el fondo de su mente.
    Magistral obra!.

    1. Hola María José, estoy de acuerdo en todo! es una obra magistral pero densa… yo tengo que leer varios pasajes varias veces y se ha convertido para mí absolutamente en una Biblia… seguro este personaje no lo leyó… (era un hombre, cosa que normalmente no importaría pero en este caso creo que sí jajaja)… Gracias por leer! Un abrazo enorme.

    1. Hola Viviana! Gracias por leer y por tus palabras! Estoy en Twitter como @macamilavasquez pero la verdad no no soy muy buena trinando… como que me quedó grande esa red social jajaja… Un abrazo

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