BAILATE UN TANGO, RICARDO

Bandoneón, estamos citados a presenciar un duelo que sucedió en el pasado. Y resta advertir que debes dejar de lado el modelo de los duelos de capa y espada, porque este es uno con cortes, puente macho y media luna. Que no son lances de esgrima, son pasos de tango. Y mira quiénes bailaron este duelo de tango: el escritor Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra, con Carlos de la Púa, autor de La crencha engrasada.

Pues bien, este episodio tiene banda sonora propia, porque Ulyses Petit de Murat -escritor también- compuso la letra de un tango en el que se cuenta lo que pasó: (Bailate un tango, Ricardo), y el conocido director de orquesta Juan D’Arienzo le puso música. Entonces, mi invitación es a pedirte que leas esta letra y luego me digas: ¿qué tango hay que cantar?

Bailate un tango, Ricardo

“Le saco orilla a mi vida para arrimarla a tu muerte.
Total la vida es la suerte que se da por el retardo
medio haragán de la muerte y yo estoy ya que me ardo
por gritar fuerte, fuerte, bailate un tango, Ricardo.

(Ricardo Güiraldes baila y el ángel del recuerdo lo acompaña
se manda una media luna y un intenso puente macho
rubricando Buenos Aires de arrabal de pampa y tango.

¡Bailate un tango, Ricardo! Miralo quien te lo grita
pues no es ninguna pavada, ese muchacho es el bardo,
el de La crencha engrasada. De la Púa ahora te invita,
¡bailate un tango, Ricardo! (…)”

Esta historia del duelo de tango te la va a narrar el mismo Ulyses Petit de Murat, hablando de una reunión en el local de la revista Martín Fierro  “…ante la alegría de Borges, que veía revivir los orilleros de sus tiempos palermitanos, Carlos de la Púa desafió a bailar un tango con corte a Ricardo que ya en 1911, cuando el tango los enojaba a Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez y Enrique Larreta, lo bailaba de maravilla en París y le había dedicado un poema en El cencerro de cristal. Debe de ser porque Ricardo estaba profundamente enfermo que el Malevo lo batió con el siguiente y elaborado corte (no aprendido, precisamente en Versalles): al hacer el cuatro o la media luna procedía a la habitual lustrada del zapato en el pantalón; pero luego, ante la delirante aprobación del auditorio, sin perder la recta compostura de su posición milonguera, procedía a mandar lejos, uno tras otro, esos mismos zapatos. El primero lo sacaba a punta de zapato, el otro, a punta de medias y, como si tal cosa, garifo (1), serio y triunfal, seguía bailando como si no lo afectara para nada el cambio de nivel, de nuevo listo a sacarle viruta al piso, como decían alardeando de su sabiduría, los bailarines porteños de la época del Cachafaz”. (2)

No sé si entendiste este desafío, pero la verdad es que así pasó a la historia, y descifrar todo lo que nos cuenta Ulyses, nos llevaría a hablar con los bailarines que tenemos en Medellín -que pudieran igualar al Cachafaz– para que nos demuestren estos movimientos.

No quiero pasar por alto a Ulyses Petit de Murat, escritor, y sobresaliente guionista del cine argentino, catalogado como el más fecundo de todos. Colaboró con la revista El hogar, perteneció a la revista Martín Fierro e ingresó en el diario Crítica, además de muchas colaboraciones en otros medios impresos.

Como ya en días pasados había hablado de Carlos de la Púa -autor del libro La crencha engrasada-, hoy voy a contar algo del escritor Ricardo Güiraldes, porque fue a él a quien le dedicaron esta pieza que da nombre a la columna.

Por razones de época, estoy muy distante de él, 1886-1927, fechas de su nacimiento y muerte. Pero por motivos afectivos lo siento cercano y esa proximidad se debe a su temprana muerte, 41 años, se debe también a su generosidad con los amigos, a su natural cortesía, a la hipótesis de muchos de aventurarse a decir que fue él quien llevó el tango a París. También por su libro Don Segundo Sombra, lugar que da al gaucho el trato y el status de un ser doméstico, – inspirado tal vez en Segundo Ramírez un trabajador de su hacienda en San Antonio de Areco-, por sus libros Pampa, Rosaura y, en fin, por tantas cosas insospechadas que ahora sería inútil enumerar.

Ricardo murió en París, y sus restos fueron trasladados a la estancia de su padre. El féretro fue recibido por una cuadrilla considerable de gauchos y por muchos amigos. Jorge Luis Borges le dedicó un poema bellísimo y lo termina así: “… Tuyo, Ricardo, ahora es el abierto/campo de ayer, el alba de los potros”.

Me he puesto a pensar, bandoneón, que hoy deberías decirme: ¿qué tango hay que bailar?

  1. Garifo: Del lunfardo. Persona de tipo simpático y airoso. Orondo, animado, contento.
  2. El Cachafaz: fue un bailarín que se llamó Ovidio José Bianquet. Alias (Benito). Murió en 1942 a la edad de 57 años. Es considerado una leyenda.

 

 

 

 

 

 

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