Invitación a la fiesta

Hoy, cuando anuncian, del 9 al 18 de septiembre, la décima Fiesta del libro en Medellín, hay que invitar a que nadie se pierda su oferta. Las fiestas del libro son promoción de la lectura, descubrimiento, reconocimiento de nuevos formatos, encuentro, asombro y muchas cosas más. Son fiestas por la combinación alegre de la palabra, impresa, hablada o “digital”, con la ciudad que la acoge y con quienes la expresan.

Si leer es también recorrer diversos mundos, buscar los libros fue también una forma de conocer parte de la ciudad. A comienzos de la década de los 70 del siglo XX conocí la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (a la que hay que dedicarle otra columna) y comencé a leer allí y posteriormente a llevar los libros a casa, haciendo el rito de entrega y nuevo préstamo. Sergio Restrepo, el director del Teatro Pablo Tobón Uribe, motivó por estos días el recuerdo cuando buscó en Twitter a quienes tuvieran todavía el carnet de “la piloto”, en cartulina verde, a máquina, y plastificado.

Caminaba en busca de los libros que me llevaban a nuevos mundos y hacía familiar para mis pasos un corredor básico de la ciudad: las calles Ayacucho y Colombia y sus alrededores, de oriente a occidente y viceversa. Los libros se convertían en una fiesta que renacía cada quince días con un nuevo recorrido.

En los ochenta, mi nueva fuente de libros fue la Biblioteca central de la Universidad de Antioquia. A veces hacía el recorrido de ida o regreso entre el barrio Buenos Aires y la ciudad universitaria, por corredores que me inventaba por el Centro, incluyendo el emblemático Prado. Buscar los libros en la Universidad me llevaba a la fiesta del encuentro y del descubrimiento de sitios para la música, el arte, el teatro y el cine.

Desde esa misma época ya hacían parte de los recorridos urbanos, especialmente en el Centro, las librerías, especialmente la del gran Alberto Aguirre. La fiesta de los libros era allí la celebración de la novedad y de la tradición, de la discusión y la solidaridad. Mirar sus vitrinas, preguntar por un título, preguntar en las tiendas de “usados”, fue también una forma de recorrer y conocer la ciudad.

Creo que fue por los noventa cuando comenzaron, o se consolidaron, las ferias del libro en Medellín, un poco a remedo de las de Bogotá. Recorrer la ciudad para ir a ellas, transitarlas para conocer nuevos mundos, se convirtió en rito anual. A principios de este siglo, una controversia de propiedad de marca, llevó a la alcaldía a llamar “fiesta”, a la feria del libro; un cambio de nombre feliz, que consolidó lo que como alegría y celebración eran el libro y su entorno. Las fiestas del libro en Medellín pasaron rápidamente del viejo Palacio de Exposiciones al renovado Jardín Botánico, logrando que el encuentro con los textos se hiciera tal vez en el espacio más amable que tiene la ciudad. Se consolidó así la Fiesta de libro y la cultura, para recordar cada año que allí está la lectura, para conocer y reconocer.

Hoy, cuando anuncian, del 9 al 18 de septiembre, la décima Fiesta del libro en Medellín, hay que invitar a que nadie se pierda su oferta. Las fiestas del libro son promoción de la lectura, descubrimiento, reconocimiento de nuevos formatos, encuentro, asombro y muchas cosas más. Son fiestas por la combinación alegre de la palabra, impresa, hablada o “digital”, con la ciudad que la acoge y con quienes la expresan.

No se la puede perder.

Fiesta del libro es encuentro de palabra y ciudad.

Fiesta del libro es encuentro de palabra y ciudad.

Lectura y ciudad; conocer nuevos mundos.

Lectura y ciudad; conocer nuevos mundos.

Lectura y recorrido de ciudad.

Lectura y recorrido de ciudad.

Lectura y nuevos formatos.

Lectura y nuevos formatos.

La lectura y la vida.

La lectura y la vida.

 

caminante-urbano

 

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