¿Interés social?

No estoy contra la ganancia de los privados, pero sí en contra de una vida en malas condiciones para los más pobres. Alguien debe atender esta situación, ya que lo que estamos “cultivando” en estos proyectos de “interés social”, son nuevas inequidades, más deterioro social y no una mejor calidad de vida para todos.

Caminando este valle metropolitano vimos un anuncio de “viviendas de interés social” y llegamos a él, para conocer el ofrecimiento. Mi esposa lloró y yo quedé con un dolor que espero entiendan en este post.

Lo que ofrecen hoy estos proyectos de viviendas de interés social, realizados por grandes constructoras particulares en municipios del Valle de Aburrá, como en el caso que les presento, son colmenas de 34 pisos, con áreas de entre 40 y 54 metros cuadrados en promedio, y unos 2.5 metros de altura. Yo, que mido 1,68 m., toqué una columna de techo con la punta de los dedos.

Los apartamentos tienen una, o dos alcobas, y se entregan en “obra negra”, es decir: sin baldosa, con el ladrillo a la vista, sólo uno de los dos baños habilitado, un mesón básico de cocina y un pequeño lavadero de ropa, poco espacio para un clóset o estantería, y menos para el secado de ropa. Por esas condiciones hay que pagar más de 100 millones de pesos durante 15 años, para lo que se puede acceder a “subsidios” del gobierno. La cuota mensual es aproximadamente de $1 millón, a la que hay que sumarle el costo de la administración de la unidad.

Un “cálculo de tendero” me indica que quienes construyen se ganan más del doble de lo invertido por cada apartamento y que quienes los compren tendrán que ganar más de cinco salarios mínimos legales vigentes por mes, para atender el pago del bien y garantizar un mínimo para todo lo demás: alimentación, salud, transporte, educación, recreación (¿?), y muchas otras cosas más.

No todos deben ser así, ojalá, pero imaginen viviendo en esas condiciones.

Esta “oferta” no fue siempre así. Mi primera vivienda de casado fue una “casa sin cuota inicial”, en Itagüí, construida por una empresa privada. Tenía cerca de 60 metros habilitados en dos niveles, el ladrillo estaba a la vista, había piso de baldosa y baño básico. Se podía ampliar a unos cien metros cuadrados. Vivimos bien hasta que el temor a la violencia callejera nos puso a buscar otros rumbos.

Lo que los constructores, y aún los gobernantes, aceptan como “espacio vital”, para los más pobres se ha venido constriñendo con el tiempo. Los apartamentos de Tricentenario, al norte de Medellín, construidos como alojamiento para los deportistas de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1978, tenían un promedio de 66 metros cuadrados y ya eran “pequeños”, para las familias de los que los habitaron con posterioridad. Los primeros apartamentos de Pajarito, en el occidente de Medellín, construidos para los juegos suramericanos en 2010, ya bajaban de los 60 metros cuadrados. Los espacios complementarios de servicios básicos y públicos, brillan por su ausencia en esos sectores.

Cuando uno trata estos temas, no falta quien, como “abogado del diablo”, traiga a colación que quienes ven en estos proyectos una opción, vienen de condiciones más difíciles. Sin embargo, creo que esta sociedad podría ofrecerles unas mejores posibilidades de espacio y complementarios, sin que dejen de ganar quienes construyen.

No estoy contra la ganancia de los privados, pero sí en contra de una vida en malas condiciones para los más pobres. Alguien debe atender esta situación, ya que lo que estamos “cultivando” en estos proyectos de “interés social”, son nuevas inequidades, más deterioro social y no una mejor calidad de vida para todos.

Los invito a que vean alguno de estos “proyectos” y después hablamos.

 

caminante-urbano

 

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