Cuando en la ciudad llueve

La lluvia en sí es parte de nuestras vidas, habitemos donde habitemos. No debería ser traumática en la ciudad y quienes vivimos en ella tendríamos que adaptarnos mejor a sus efectos.

La lluvia cae con algo de sentido democrático, moja por igual, lo que cambia son las circunstancias de quien se moja. Por eso es distinta la lluvia en el campo y en la ciudad. En el campo, por lo general, la lluvia tiene más de promesa que de amenaza. Al contrario, tiende a ser menos idílica la lluvia en la ciudad.

La lluvia es un factor normal en los ecosistemas, se combina con los períodos secos para que los flujos de la vida no se trunquen. La lluvia es esperada para que los productos del campo crezcan y puedan ser cosechados. Claro, cuando ella pasa límites, genera inundaciones, avalanchas o deslizamientos. De alguna forma tiene más elementos positivos la lluvia, que negativos, en el campo. Además, las comunidades de todo el mundo fueron creando conocimiento para tratar los efectos negativos de la lluvia; el ejemplo está en nuestro propio país, con los canales de manejo de agua lluvia, de la cultura Zenú, en la gran planicie del río Magdalena, que lograron controlar los efectos negativos de las inundaciones periódicas.

No pasa lo mismo en la ciudad, ni para todos es igual la lluvia en ella; no la recibe igual el vendedor en la calle, que el oficinista, quien vive en una zona escarpada, que quien habita una zona plana. Contrario al campo, la lluvia no es tan bien esperada en la ciudad. No es que ella sea negativa, sino que sus efectos sobre la vida de la mismas, tienden a ser más traumáticos. La gran diferencia está en que la tierra blanda y su vegetación, permiten que el agua se infiltre y transite un lento camino hacia ríos o reservorios. En la ciudad, el agua tiende a correr o a concentrarse, por efecto del piso duro.  Sólo si se está en descanso, de noche, y eso si no vives en una ladera inestable, la lluvia en la ciudad es recibida con aires de poesía.

Lo primero es el efecto sobre la circulación. La lluvia vuelve más lento el tráfico, hace difícil el mismo, aumenta el riesgo de choques y, en los últimos años, tranca zonas, por ejemplo, aquí en Medellín, bajo puentes, donde los motociclistas se guarecen cerrando carriles para los demás. En algunas partes, por efecto de la falta de cultura, hay inundación de vías o inmuebles, dónde el alcantarillado se tapona por desechos y basuras. El peatón se moja, o lo mojan los carros al pasar rápido. En las zonas de ladera la gente se inquieta porque la lluvia puede desprender lodo y rocas. Hay más inquietud por los efectos de la lluvia en la ciudad, tanto por la normal, como por la que se vuelve crónica, que genera efectos muchas veces catastróficos.

La lluvia en sí es parte de nuestras vidas, habitemos donde habitemos. No debería ser traumática en la ciudad y quienes vivimos en ella tendríamos que adaptarnos mejor a sus efectos. La lluvia nos genera beneficios para la cobertura vegetal de la ciudad, el refrescamiento del ambiente, y, si acogiéramos nuevas prácticas ambientales como recogerla o construir los “techos verdes”, ayudaría a un mejor vivir.

Es cuestión de entender y actuar.

La lluvia que todo lo moja.

La lluvia que todo lo moja.

La lluvia para el peatón.

La lluvia para el peatón.

Unos se protegen, otros se estrechan.

Unos se protegen, otros se estrechan.

La lluvia a lo lejos.

La lluvia a lo lejos.

Piso duro no deja infiltrar el agua.

Piso duro no deja infiltrar el agua.

 

caminante-urbano

 

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