Beatriz González: comedia y tragedia

Beatriz González: comedia y tragedia
“Los grandes coleccionistas de mi obra están en Medellín, siento que aquí mi pintura hizo eco.” Dice Beatriz González. Tal vez el eco reside en la historia de dolor y tragedia de la ciudad, características que definen, en gran medida, la obra de la maestra.


Beatriz González en la exposición La comedia y la tragedia. Retrospectiva de 1948 a 2010 en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

La tragedia, a partir del punto crítico que fue la toma del Palacio de Justicia, marcó un hito en su trabajo. Es ahí cuando Beatriz se da cuenta que no puede andar riéndose de figuras públicas, y empieza abrir los ojos para ver la angustia colombiana.“Quizá hay otro corte en mi trabajo, que sería con la Constituyente, en el sentido que trabajaba algo político y de ahí viene un momento de cosas dolorosas y etnográficas”.
Pero muchos dirían que el dolor ha estado presente en toda su trayectoria, incluso en medio de la burla y la ironía, sin robarle nunca el placer por la pintura. A pesar de que evidentemente, pintar sea un gusto, Beatriz se pone a tono: “yo quiero que la gente intuya que estoy sufriendo, no pretendo acabar con la violencia ni aleccionar a nadie, pero quiero comunicar ese sufrimiento”. Para lograrlo, el proceso creativo ha implicado impregnarse de noticias. Solían ser fotografías mal impresas, con chorriones de tinta, intervenidas con tachones en la desnudez o con flechas que indicaban la información más importante. “Esa intervención, esa pobreza de tinta y de los sistemas de 1960, no se compara con las fotografías perfectas de hoy, que son casi obras de arte. Lo que me gustaba en ese entonces era la imagen torpe”. Esa misma torpeza la inspiró con las primeras fotografías a color: corridas y con unos bordes de colores en los que se “podía ver el arcoíris”.
Ahora mezcla imágenes de prensa en una especie de collage, y a veces, cuando va por la calle, encuentra objetos y personajes que le llaman la atención. De alguna manera empezó a inventar el contenido y a intervenir la fuente de su obra, a pintar desde la imagen viva. De alguna manera ahora ocupa el lugar del reportero gráfico.
Esas creaciones de Beatriz se han exhibido por el mundo y, además de otras galerías y museos internacionales, el Museo de Arte Moderno de Nueva York ha adquirido sus obras, lo cual la hace reflexionar sobre esa idea de ser una pintora provinciana. “En el MOMA ni siquiera saben quién es Turbay, pero ven algo en la pintura”. Así, la obra colombiana no puede reducirse a sus límites geográficos. “Yo pienso mucho en Tomás Carrasquilla, traducido al alemán. Cuando uno lo lee, entiende hasta el hablado paisa y eso lo hacen porque la gente encuentra ingredientes universales.”
La obra, universal o de provincia, también la ha plasmado en piezas icónicas tridimensionales, muebles y objetos, llevándola a lo doméstico. Una mesa, una cama o un paragüero, son los marcos, como los coloniales o los del siglo 18, que en el caso de Beatriz, abrazan las pinturas con humor: jugadores de cartas pintados en un mesa, la muerte del justo pintada en una cama. “Era un chiste conceptual. Me divertía, tenia mucho humor… todavía lo tengo”.

Una retrospectiva, un auto examen
Los colores se han atenuado con la presencia del dolor. Con la serie del presidente Turbay se siente satisfecha. Se ve sí misma como “una artista comprometida, que quería denunciar a ese personaje”.
Pero sobre todo, releyendo el diario que hizo durante la creación del Guernica, llegó a la conclusión de que estaba loca. “Quería que fuera un diario técnico pero uno lee ahí que entra y sale Marta Traba, voy a un té, después pinto hasta las 3:00 a.m. o llego triste de Bucaramanga porque mi padre se está muriendo”.
Al preguntarle cuál cree que sea la obra con la que vaya a ser recordada, dice que Los suicidas, indudablemente, y la serie de Yolanda Izquierdo. Al preguntarle si esas mismas son sus predilectas, contesta decididamente: “¡No! Tengo muchas y es difícil escoger… de pronto el Cristo de Montserrat… me gusta verlo.”