Baudrillard

Curiosamente, a ninguna de esas instituciones académicas se le ha ocurrido, como sucede cada que hay un cadáver excelente, programar los consabidos ciclos de conferencias o seminarios en homenaje. Mucho antes de morirse Baudrillard era un muerto ya olvidado. Cómo estaría de desprestigiado (al igual que Lacan, que Foucault, que Derrida y todos esos franceses) que hasta había sido citado en la “Matrix” de los hermanos Wachowski como uno de los inspiradores de la cinta (reconozcamos que la primera parte fue excelente, contra los dos bodrios que siguieron después).

Luego de haber sido uno de los más brillantes teóricos de la crítica posmoderna de los “media” y la alienación contemporánea, Baudrillard, con una conciencia implacable de su significado, se había dedicado a hacer el payaso. “No sé quién soy, soy un simulacro de mí mismo”, fue su lema en los últimos años. El más lúcido artículo sobre este fantasma apareció en “The Guardian” de Londres por aquellos días de marzo, sin la retórica que se gastaron los reseñadores hispanoamericanos: allí aparece retratado en 30 líneas ese Baudrillard que había sostenido desvergonzadamente que la Guerra del Golfo Pérsico del 91 nunca había tenido lugar sino que había sido un puro montaje televisivo, un espectáculo planetario, un videojuego de grandes efectos, con los periodistas narrando en directo desde las torretas de los tanques, con esas cámaras de la CNN montadas en la punta de los misiles que iban hacia Bagdad (el mismo horror amplificado en la segunda guerra de Bush hijo, la que tumbó a Saddam). Pero el escándalo beato fue peor cuando declaró con admiración filosófica que el atentado del 11 de septiembre contra Nueva York había sido “El Último Evento, La Madre de todos los Acontecimientos”.

En los 70s Baudrillard había ganado renombre con su postulado de que la lucha de clases había sido ya sustituída por una mera “simulación” en lo que él denominaba la “era pos-industrial”, porque en un mundo donde la TV dictaba lo que era “real” ya no podría haber sino una “realidad virtual”: de ahí la idea de la “Matrix”: “… una Tierra muy cercana en el futuro donde la sociedad humana es una simulación diseñada por máquinas malignas para mantener a los humanos esclavizados…” La teoría no deja de ser fascinante y a lo mejor estamos en ello, en vista de lo que nos toca presenciar todos los días: locutores zombies y locutoras clonadas de la televisión (todas son igualiticas) muertos de la risa e invitando a la sección farandulesca después de anunciar la muerte cotidiana de 10 ó 20 de nuestros soldaditos en el monte. Decía Baudrillard: “La Matrix es justamente esa clase de películas que la misma Matrix puede producir para mantener la confusión”.

Ahí quedan como recuerdo todos esos libros suyos, “El sistema de los objetos”, “La sociedad del consumidor”, “El espejo de la producción”, “Olvidar a Foucault”, “De la seducción” (recomendable todavía), “Simulacro y simulación”, “El pacto lúcido o la inteligencia del Mal”, otros más, esas obras que él denominaba “puras teorías de ficción surrealista”. A los lectores más desocupados les recomendaría buscar en una librería de segunda el que para mí es su libro más poético: las “Cool memories”, diario de uno de sus viajes por los EEUU, repleto de imágenes deslumbrantes: el Baudrillard manipulador del lenguaje en estado puro.

Alguna vez el ensayista hizo un recital de poemas suyos en un bar de Las Vegas, vestido con un traje de lamé adornado todo con insignias espejeantes: hagan de cuenta un vestido daliniano. Baudrillard no se tomaba en serio a sí mismo, ni –se quejan los académicos- tampoco tomaba en serio “las cosas”: lo calificaban de “filósofo payaso”, como dijimos al principio, por darse el lujo de firmar aforismos tan tajantes como “La tarea del pensamiento radical, ya que el mundo se nos ha dado como ininteligible, es hacerlo mucho más ininteligible, más enigmático, más fabuloso”… El filósofo, que a principios de los setentas se había declarado “patafísico” o científico de soluciones imaginarias (como Perec, como Cortázar), hacia el final de sus días (a los 77 años) afirmó ser un “trasfini”: alguien que está situado más allá de todo, más allá del fin: “Siempre fue mi estrategia ir más allá del concepto, para ver qué sucede más allá”. Y remata el cronista: “Ahora quizá lo sabe…”

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