Avenida Agripina Montes del Valle

Llama la atención el nutrido batallón de mujeres incluido en la iniciativa del Concejo: Cacica Dabeiba, Cacica Arazaba, María Centeno, Simona Duque, Luzmila Acosta de Ochoa, María Martínez de Nisser, María Cano, Judith Márquez Montoya, Jesusita Vallejo, Luz Castro de Gutiérrez, Blanca Isaza de Jaramillo Meza y Benedikta Zur Nieden de Echavarría Misas. Indias, patriotas, sindicalistas, científicas, artistas y matronas de la beneficencia son estas nuevas habitantes de las rúas medellinenses, y oscilan entre la celebridad de la valiente María Cano -recordada también en la razón social de una universidad de Boston (Medellín, Colombia) y por el cotidiano uso irónico del título de “Flor del Trabajo” que le adjudicara un congreso obrero- y el franco anonimato de una Luzmila Acosta de Ochoa.

No deja de ser paradójico que el homenaje tenga lugar durante la administración de un alcalde matemático, pues algunos de los nombres femeninos entran en reemplazo de contundentes y límpidos guarismos que, según me parece, eran ya entrañables en la memoria urbana. Me refiero a la Avenida 33, desde ahora “María Cano”; la 70, hoy en día “Judith Márquez Montoya”, y la 80, bautizada en este siglo 21 como “Jesusita Vallejo”. Interesante reto el que asumen estas corajudas señoras de obligarnos a usar sus nombres para referirnos cotidianamente a las calles supradichas; más tarde o más temprano llegará el día en que lo logren, por más que ahora parezca imposible decir, por ejemplo, que la Clínica Las Américas queda en toda la Jesusita -mejor: entre ésta y Judith- o que siguiendo a María Cano va uno a dar a la Iglesia Santa Gema.

La historia de la Conquista y de la Colonia tiene lo suyo: Arazaba y Dabeiba, dos cacicas feroces y semi legendarias, asesina de españoles la una y candidata a diosa de la naturaleza la otra; y una matrona minera no menos fantasmagórica que las aborígenes, María Centeno, protagonista de incontables leyendas del norte de Antioquia en que aparece pactando con el Diablo. Como quien dice, tres advocaciones como para no transitar sus calles bien entrada la noche. Pero no les van a la zaga las ferocísimas mujeres republicanas María Martínez de Nisser, soldado en las guerras de la Independencia de Antioquia, y Simona Duque, generala de sus 7 hijos varones, a quienes obligó a alistarse en los ejércitos libertadores; oportunísimo resulta el homenaje a esta desprendida madre, hasta hoy relegada al nombre de un parque bogotano que tapaba con bruma su origen marinillo.

El siglo 20 enarbola sus mujeres científicas y humanistas: la siquiatra Luzmila Acosta, la fundadora de hospitales Luz Castro, la mecenas de bibliotecas Benedikta Zur Nieden de Echavarría y, muy especialmente, la poetisa Blanca Isaza de Jaramillo Meza. Con la designación del nombre de nuestra “Gabriela Mistral” a cambio de aquel, insípido, de “Transversal Inferior”, el Municipio se pone a tono con los homenajes que la Nación ha hecho a otros poetas -Núñez, Silva e Isaacs-, inmortalizados en ese otro bien público que es el codiciado papel moneda. Inmediatamente siento la nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue: el nombramiento, como patrona de alguna calle, de la gran poetisa paisa del siglo 19, Agripina Montes del Valle; su mérito no es menor: fue quien, entre una multitud de poetas bigotudos, mejor le cantó al referente oficial de la poesía de su época, el Salto del Tequendama. La juglar nació en Salamina, pero entonces eran ésas tierras antioqueñas, y distaban menos de nuestra ciudad que la Alemania en que vio la luz la celebrada Benedikta Zür Nieden de Echavarría Misas, Virgen de la Transversal Intermedia. Si lo único que hace falta para acordarse de Agripina es el espacio, yo, sin dudarlo un segundo, cedo la calle 29 en que crecí.

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