Autorretrato

     
     
    Publicado en la edición 400, octubre 18 de 2009
     
         
     
     
     
    Autorretrato
     
     
    Cuando la representación realista parece capaz de ser más real que nuestras visiones habituales y cotidianas, es como si atravesáramos unas fronteras peligrosas y ya no supiéramos si vemos o soñamos
     
         
     
     
         
     
    Por Carlos Arturo Fernández U.
     
     
    Las acuarelas de Luis Alfonso Ramírez (Medellín, 1950) tienen un efecto extraño y paradójico. Por una parte, se ubican en un contexto de figuración realista, exacta, casi extrema, que se hace más impactante cuando se recuerda que se trata de trabajos a la acuarela. Pero, al mismo tiempo, esa exactitud produce una sensación de extrañeza y desasosiego, que, justamente, tiene que ver con el temor de que se rompan los límites de lo real. En efecto, cuando la representación realista parece capaz de ser más real que nuestras visiones habituales y cotidianas, es como si atravesáramos unas fronteras peligrosas y ya no supiéramos si vemos o soñamos.
    “Autorretrato”, de 1979, de 36 por 36 centímetros, aunque no lo parezca, es, en efecto, una acuarela. En realidad, forzando los procesos técnicos de ese tipo de pintura, Luis Alfonso Ramírez logra la creación de masas densas de color que, sin embargo, conservan la limpieza del medio acuoso y que, a pesar de sus dimensiones, tienen la exactitud de las más exquisitas miniaturas.
    Pero puede indicarse un contraste adicional que contribuye a elevar el clima de extrañeza de estas obras: si los temas tratados fueran históricos, religiosos o mitológicos, quizá parecerían más naturales y no producirían el mismo impacto; pero, desarrollados con esas búsquedas técnicas de perfección clásica, los trabajos de Luis Alfonso Ramírez se vuelcan sobre temas urbanos contemporáneos, como en este caso, o mezclan personajes y escenarios tradicionales con elementos actuales.
    En última instancia, los temas y las formas de las obras de Luis Alfonso Ramírez están cargados de llamadas directas o sesgadas a la historia del arte, a maestros como Zurbarán o Sánchez Cotán. Pero, sobre todo, sobresalen las referencias a Caravaggio; sin embargo, mientras que en éste predominan el gesto de la decisión y el proceso de la acción, en Luis Alfonso Ramírez aparece una quietud total que, por supuesto, viene a reforzar la atmósfera sugerente de estos trabajos.
    De hecho, este “Autorretrato” no tiene la finalidad de desarrollar un estudio psicológico, como corresponde a la tradición de ese género de pintura, sino que parece mejor la imagen del artista reflejada en un espejo, como simple constatación de la realidad. De hecho, “Autorretrato” pertenece a una serie que el artista define como “trampas”. A partir de esa estrategia se puede interpretar que aquí no se plantea un análisis de personalidad sino la formulación de un pensamiento estético que viene a recordarnos que, más allá de cualquier representación o del realismo de una imagen, la obra de arte se presenta, ante todo, como imagen y manifestación del propio artista y como reflexión acerca de los problemas del arte mismo.