Arte y naturaleza, más allá del paisaje

Esta visión de las maravillosas pinturas tradicionales de paisajes puede manifestar la idea, tantas veces repetida, según la cual el hombre recibió la tierra para dominarla, explotarla y vivir de ella

/ Carlos Arturo Fernández U.

Las relaciones entre el arte y la naturaleza han ocupado una parte considerable en la producción de los artistas y en las reflexiones de los teóricos a lo largo de toda la historia. La tradición de la pintura de paisajes es una buena muestra de ello.

Parece obvio que se dé ese vínculo entre arte y naturaleza porque, por una parte, los artistas crean en lugares geográficos concretos que, de una manera u otra, acaban incidiendo en las obras que realizan. Pero, por otra parte y sobre todo, porque siempre hemos pensado que el arte es uno de los medios a través de los cuales el hombre entra en contacto con la realidad para analizarla e interpretarla. Y, por supuesto, una dimensión esencial de la realidad es, precisamente, el mundo que nos rodea. Por eso no es exagerado afirmar que no existe ningún arte que no lleve implícita la presencia y valoración de la naturaleza; y si no fuera porque el arte actual ha vuelto a encontrar uno de sus intereses fundamentales en el mundo natural, podría creerse que se trata de una afirmación obvia, intrascendente por su generalidad, sobre la cual no valdría la pena insistir.


Obras de Andy Goldsworthy, fotógrafo y escultor del Reino Unido

Pero también en este campo, nuestro tiempo vive una vertiginosa transformación cultural que no sólo posibilita entender otras maneras de relacionarnos con el mundo sino que, además, implica la apertura hacia nuevos terrenos en el desarrollo del arte y, en consecuencia, en todo lo que tiene que ver con él, desde la organización de los museos hasta la manera de relacionarnos con la producción de los artistas. Para entenderlo mejor, quizá convendría recordar un poco la historia.

La idea que predominó en el arte occidental, al menos en el desarrollo de la pintura de paisajes entre los siglos 17 y 20, fue la del artista que se encuentra frente a las maravillas del mundo natural y reproduce las apariencias de su belleza. Cabe agregar que la distancia que supone la obra de arte (un cuadro normalmente colgado del muro) nos permite ver y disfrutar tranquilamente de aquello que, en una experiencia directa, nos haría huir aterrados por la violencia de fenómenos naturales como tormentas o volcanes, por ejemplo. En realidad, frente a la pintura de un paisaje no nos preocupa tanto lo que ocurre en la naturaleza sino lo que pasa en el cuadro mismo: formas, colores, pinceladas, luces y sombras. En otras palabras, nos interesaba más el arte y sus manejos estéticos o, en el mejor de los casos, el sentimiento íntimo del artista o del observador, y no la naturaleza; nuestro problema era con el arte, no con el mundo: primero estaba el artista y sólo en un plano secundario la naturaleza que, con frecuencia, era una mera disculpa para su obra y su expresión personal. De una manera clara, esta visión de las maravillosas pinturas tradicionales de paisajes puede manifestar la idea, tantas veces repetida, según la cual el hombre recibió la tierra para dominarla, explotarla y vivir de ella.

Pero no siempre ni en todas partes a lo largo de la historia, ni en la vida práctica ni en el campo de las ideas y del arte, fue tan absoluta esta visión del dominio de la especie humana sobre el mundo material. Así, por ejemplo, hasta muy avanzado el siglo 19 los pensadores europeos afirman muchas veces que la belleza de la naturaleza es superior a la del arte, aunque se mantiene siempre clara la diferencia entre ambos campos porque el arte es, justamente, lo que no es natural sino creado por el hombre.

Fuera del contexto occidental, en el universo chino por ejemplo, se supera esa diferencia y se afirma que la naturaleza tiene un poder artístico fundamental, que va más allá de lo que jamás aceptó el arte europeo. En la cultura china, la naturaleza crea verdaderas obras de arte que, además, se reconocen expresamente como tales. Es claro el reconocimiento de un valor estético y artístico en muchas piedras extrañas que se encuentran al hacer una excavación y que, al contrario de lo que ocurre en occidente, no son destruidas con explosivos o descartadas, sino cuidadosamente recuperadas e instaladas sobre pedestales o en contextos expositivos; frente a ellas hay un proceso de valoración crítica que determina cuáles alcanzan los niveles del arte, que las hace dignas de ser vistas como esculturas auténticas, que se coleccionaron, se compraron y vendieron a lo largo de los siglos. Es frecuente que en medio de un jardín se ubiquen las rocas que fueron encontradas al excavar los lagos, que nunca faltan en un jardín chino; esas piedras son un aporte que el artista mayor, la naturaleza, hace a la belleza del lugar. Y esa idea se extiende a las montañas, a los bosques o los animales.

Aunque seguramente no puede afirmarse que una visión como la china sea hoy frecuente en el arte, sí vale la pena recordar que, en buena medida, como consecuencia de los movimientos y contactos entre oriente y occidente en el siglo 20, por desgracia muchas veces vinculados con la guerra, el pensamiento oriental ocupa hoy un espacio en nuestra manera de ver el mundo, mucho más amplio que en cualquier época anterior.

No es casual, en todo caso, que las prácticas artísticas contemporáneas estén hoy tan lejos del paisajismo tradicional; pero no porque encuentren que la naturaleza que nos rodea no sigue siendo maravillosamente bella sino, más bien, porque reconocemos su valor superior como creadora de nuestras posibilidades de vida. Por eso, más que una simple búsqueda de detalles hermosos, lo que ahora predomina es una mirada ética, que investiga sobre nuestra responsabilidad con un mundo que no recibimos para usufructuar y destruir, sino que es la casa común cuya protección debería ser una de las demostraciones más evidentes de nuestra condición humana.

Por supuesto, lo que vamos ganando es un enriquecimiento en nuestra manera de mirar el mundo y de vivir en él. Aunque eso implique grandes esfuerzos para el sistema del arte, para las prácticas de coleccionar y exhibir esas nuevas obras artísticas o para que cada uno de nosotros empiece a percibir cómo, muchas veces, el arte y la ecología parecen ocupar los mismos territorios.