Después de haber cumplido los 40, a Manuel le dolía todo. Por eso luego de dos añitos de cuarentitis había tenido la triste oportunidad de conocer a casi todos los especialistas de la ciudad. Entre los males propios de esa dolorosa edad y su prolífica imaginación de empleado dependiente, de los que les siguen pagando estando enfermos, no terminaba de quejarse de tantos achaques. Finalmente por una dolencia ortopédica, seguramente causada por exceso de trabajo, según él, fue hospitalizado en una bella clínica de la ciudad. Pieza para él solo, hermosa vista, baño privado, sala de estar, neverita y otras comodidades de un hotel en la Pintada. Estaba en su jugo, pensaba. Para mejorar su situación, cada ratico entraba una enfermera distinta; están todas bonitas y buenas, pensaba Manuel, emocionado con tantas atenciones que él devolvía con flores, delicias del Repostero, manzanas y uvas, traídas por la familia, que él aprovechaba y repartía entre tantas mamitas.
 
Llegada la primera noche, como a las 7, entró una de ellas con un escote descomunal, probablemente fabricado en la misma clínica y una sonrisa pepsodent perfecta, arrastrando el carrito fatídico: Llegó su cena.dijo maliciosa la mamacita de turno y salió como rayo antes de que Manuel pudiera al menos destapar el plástico que cubría el desafortunado menú. Para empezar una sopita que inmediatamente le trajo a su memoria la comida de las monjitas del semi-internado del kinder de los Jesuitas, en donde se comía pagando promesas sólo por supervivencia. La vio y ni la probó. Pasó al seco. Que horror. Carne en polvo, literalmente, puré de papas o engrudo frío, insípido y con capa de viejo encima, arroz frío y reseco de recalentado. A mi me va a dar algo, esto debe ser dieta blanda y mi problema es en los huesos, llamá la enfermera… Sin embargo, su esposa tan prudente como siempre, más bien escondió la comida y le dio unos palitos de queso con Hit light que le calmaron la ira del hambre, mientras le clavaron la droga para dormir.
Después de tener pesadillas toda la noche con la comida del semi- internado de los jesuitas, Manuel se despertó con ganas de comer. A eso de las 7 de la mañana, entró otra buenura con el carrito de turno. Salió como entró, seguramente con mucha pena del paciente. Café con leche helado, al mejor estilo japonés, lo consoló su mujer. Panes que ya eran tostadas por lo viejos, quesito oloroso y aguado, mermelada de promoción y para rematar huevos fríos recocidos y cauchosos. Por supuesto, su mujer guardó todo para que pensaran que se lo había comido. Ese día no comió más esperando la intervención quirúrgica. Al entrar a cirugía luego de la vigilia obligatoria, el dolor de cabeza por no comer y no poderse fumar su cigarrillito, era insoportable.
Cuando despertaba de la anestesia, soñó con los corazones de alcachofa rellenos con riñones al jerez de La Provincia y creyó que había llegado al cielo, hasta que vio la cara de sus verdugos médicos, sonriendo por el éxito de la operación, o quizá por la dieta que le esperaba. Y era cierto. Esa noche el menú postoperatorio fue de película de terror: Consomé de caldo de cubo concentrado frío con tres hojitas marchitas de perejil crespo, del que solo sirve para fotos, gelatina de frambuesa con ligero sabor a chicle mascado, dos galletas de soda reblandecidas y una tajada de quesito que el juró era la misma que no se había comido al desayuno. Por supuesto no comió y al amanecer lo acusaba el dolor de cabeza y claro las nauseas y dolores típicos de la gastritis por hambre. Por eso no pudo desayunar tampoco. Cuando llegó el almuerzo estaban tan malucos, él y el almuerzo que vomitó. Su debilidad crecía y los médicos se empezaron a preocupar. Le aumentaron el suero y las drogas y claro como lo vieron tan enfermo del estómago le recetaron ahí si una rigurosa dieta blanda. A partir de ahí, Manuel, cada vez que le iban a traer la comida, se hacía traer el cura hermano de su suegro para que le pusieran los oleos y no comía, seguro de que lo estaban tratando de envenenar, o bien su esposa estaba confabulada con los médicos para que rebajara esos kilos de más de la cuarentitis. Finalmente, Manuel muere de hambre, mientras sigue soñando con los corazones de alcachofa de La Provincia. Ahí está la Virgen. El diagnóstico médico fue obvio: Trastornos postoperatorios propios de la edad.